Recuerdo que no sentía envidia cuando me hablaba de su novia. A las mujeres no nos suele gustar que alaben a otras en nuestra presencia. Quizá no me importaba porque, aunque Iván tenía los mismos años que yo, lo había acogido desde su llegada a la oficina como a un hermano. Al contrario, escuchaba todos aquellos halagos con una sonrisa en los labios, mientras me recreaba en mi propia felicidad. Recuerdo que hace exactamente ocho años de esto, y lo sé porque son los mismos que cumplirá mi hija pequeña en agosto. Por aquel entonces mi médico me había confirmado que el bebé que esperaba sería niña, “cómprale los pendientes” me recomendó entusiasmada la enfermera, y yo me pasaba el día entero en un ensueño pensando en vestiditos rosa y lazos para el pelo de mi princesa.
Martina, la novia de Iván, era lo más parecido a la mujer perfecta. Licenciada en Derecho, premio extraordinario de fin de carrera, doctorada summa cum laude; aún no había cumplido los treinta años y ya era Juez, muy competente según sus propios compañeros y con una carrera por delante de lo más prometedora. Recuerdo que era bajita y rubia natural. Mona —no la belleza que mi compañero de trabajo creía—, pero sí de rasgos dulces y agradables a la vista. Según Iván, tenía además un gusto perfecto, tanto para la ropa como para los complementos. Era la pareja mejor avenida del mundo y, aunque vivían en ciudades diferentes por causa de sus trabajos respectivos, aprovechaban los fines de semana para no separarse ni un segundo; convertidos en auténticos siameses, compartían los mismos gustos en cine, teatro, música, y en general en todo lo que fuese cultura y ocio.
Quizá las cosas empezaron a cambiar cuando en nuestra oficina hubo un importante recorte de personal. Como Iván había sido el último en llegar, fue entonces el primero en irse. Lo sentí mucho, le había cogido aprecio en los apenas dos años que pasamos juntos; pero él, con su incorregible optimismo, me anunció que esta era su oportunidad, que se iba a vivir con Martina y que seguro encontraría un buen trabajo en su ciudad.
Durante meses perdimos el contacto, hasta que en Navidad se acercó a la oficina a felicitarnos las fiestas a los compañeros. En un aparte, me comentó que se sentía feliz, que las cosas con Martina iban de fábula y que ni siquiera los problemas que le daba últimamente su diabetes lograban apagar su optimismo. Trabajaba de camarero, parece ser que lo que sobraban en la ciudad eran graduados sociales; tampoco de eso se quejaba; Iván no veía el vaso medio lleno, para él siempre estaba a rebosar.
Pasó otro año en el que no tuvimos apenas oportunidad de hablar, y de nuevo llegaron las fiestas y la visita de Iván. Esta vez supe que algo había ocurrido. Su sonrisa, siempre tan franca, se notaba apagada, sus hombros ligeramente hundidos. Aprovechó la hora del café para quedarse a solas conmigo y desahogarse. Martina lo había abandonado. Apenas unos días antes le pidió que hiciera las maletas y se fuese del piso.
–Fue a una despedida de soltera de una amiga –me contó, sus ojos azules oscurecidos por las ojeras–. Allí conoció a un tío, muy alto, muy guapo, con mucha pasta, con un cochazo. ¡Yo qué sé! El caso es que el muy cabrón le ha llenado la cabeza de pájaros, y ahora ella dice que necesita tiempo, que tiene que replantearse las cosas.
Me dijo muchas más cosas aquella mañana, cosas que nunca he repetido a nadie. Lo que se habían dicho, lo que él la había llamado, palabras impensables en la boca de la persona más amable, más dulce que nunca he conocido. También hubo mucho que no dijo, pero que supe leer entre líneas. Que a Martina comenzaba a subírsele el éxito profesional a la cabeza; que ya no se sentía a gusto con un novio, un simple diplomado en graduado social, y encima trabajaba de camarero. Además estaba lo de su enfermedad, la posibilidad de que sus hijos, si es que los pudieran tener, la heredasen. Eran muchos factores en contra, los dos lo sabíamos y a su favor sólo contaba su grandísimo corazón, rendido a sus pies, un corazón que Martina no había tenido pudor alguno en pisotear con sus elegantes zapatos de piel.
Le llevó casi dos años recomponer los pedazos de aquel órgano destrozado. El pegamento se llamaba Begoña. El día que llegó con ella a la oficina, para presentármela, crucé los dedos rezando para que no fuera un calco de la otra. Si se había buscado una sustituta, alguien que se la recordase y que cubriese el vacío que Martina dejó en su vida, temía no poder disimular mi decepción. Por suerte no fue así.
Begoña era una chica alta, de larga melena morena y curvas generosas; algo tímida y muy risueña; no es que me cayera fenomenal al principio, pero viendo la sonrisa de adoración con la que Iván la contemplaba, el recelo se me pasó al momento. Se habían conocido en el nuevo trabajo de mi antiguo compañero, en una asesoría fiscal, donde compartían labores y miradas cómplices. No había sido un flechazo —mejor, pensé— sino un sentimiento que va creciendo y de repente te sorprende cuando te das cuenta de que ya no podrías vivir sin ver cada mañana la sonrisa de quien se te sienta enfrente durante siete horas al día.
Han pasado cuatro años más. Asistí, con mi marido y mis dos hijos, a la boda de Iván y Begoña, un fiestón por todo lo alto al que invitaron a todos sus familiares, amigos y conocidos; menos a Martina, desde luego. Iván me dice que se la ha cruzado alguna vez, y que ya no le impresiona; sus heridas han cicatrizado bien y no necesitaban más cirugía que el nacimiento, hace unos meses de su primer hijo. En cuanto a ella, parece ser que aquel príncipe azul que la deslumbró fue sólo una ilusión, desde entonces enlaza breves romances sin final feliz que la han cambiado, hasta el punto de que ha perdido buena parte de sus amigos y en los juzgados la conocen con sobrenombres no muy halagadores.
En algún rincón de mi desván, lleno de polvo, supongo, guardo un ejemplar de un libro que publicó al poco de iniciarse en la carrera judicial, una pedantería sobre la judicatura desde el punto de vista de una recién llegada. Un ladrillo que, por supuesto, nunca llegué a leer, pero que Iván me regaló con buena intención aunque poco acierto en cuanto a mis gustos. Sí leí, por supuesto, la cursi dedicatoria del principio: “Para Iván, el amor de mi vida. Junto a ti envejecer será la mayor felicidad.”. Si yo fuera una persona agria, podría despotricar contra lo poco que dura el amor eterno. Por suerte, no lo soy. Y mi querido Iván, el hombre más enamorado que nunca he visto (por segunda vez en su vida), tampoco.