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228- Los ángeles del progreso. Por Beatus ille

Llegaron en uno de aquellos automóviles grandes y negros como los ataúdes de los ricos. Era entonces nuestro pueblo un lugar tan perdido que hasta el cartero y el cura se olvidaban de él a menudo. A lo mejor es eso lo que nos hizo así: algo descreídos y bastante desinteresados por lo que pasa en el mundo que no es éste de adobe y pastos, acostumbrados a creer en los signos del cielo y a preocuparnos por si a Matías, el Mocosflojos, se le curaba el constipado que todos los años le pillaba en la época de la siega. Fue precisamente él el que primero los vio llegar desde la cumbre, atravesando el camino, entonces de tierra, que lleva directamente a la plaza, dejando tras del automóvil una nube de polvo amarillo que a Matías le recordó a los caballos bajando la ladera para huir del hielo. De primeras, pensó que sería el Señor Obispo, ya que recordaba que don Alfredo, el cura, había dicho en cierta ocasión que Su Eminencia vendría cualquier día a castigar nuestro poco temor de Dios: “initium sapientiae timor domini est”, solía declamar desde el púlpito. Incluso hizo que Augusto, el alcalde, colgara por todo el pueblo carteles en los que se podían leer esas palabras. De hecho, en la escuela los niños practicaban caligrafía copiando la cita latina una y otra vez, con alguna variante, ya que Braulio, el Milmundos, se había empeñado en que no podía ser “timor” sino timón, que era el volante de los barcos, como él había visto cuando hizo la mili en la marina. Y aunque no fuera así, muchos lo creían, pues Braulio había viajado, decía él, por todas las costas de los cinco continentes y sabía más que nadie. Pero todo eso fue antes de que Matías, el Mocosflojos, llegara corriendo a la cantina y, tras sorber el agüilla que su nariz destilaba, resopló, tomó aire dos o tres veces y dijo:

        —Viene el obispo.

        Entonces, Augusto, el alcalde, salió corriendo al Ayuntamiento a ocupar su despacho, que habitualmente instalaba en la tasca. “Si pasa el Obispo por aquí, decidle que estoy en la Casa Consistorial”. Viendo la precipitación del afanoso edil, el dueño de la tasca, Roque, el Y-mañana-qué, al que llamábamos así porque ésa era su respuesta cuando le pedíamos que nos fiara, nos dijo que sería muy pobre la impresión que se llevaría el Señor Obispo si nos veía a todos en el bar y que a lo mejor por ese motivo le cerraban el negocio, que los hombres de Dios y los de las tascas no suelen llevarse bien, por más que Jesús brindara con vino en la última cena, y que nos fuéramos todos a la calle a recibir a Su Eminencia, que él iba a cerrar. Como el bar del Y-mañana-qué estaba en la plaza, nos sentamos en el banco que hay bajo el olmo esperando a que llegara el hombre más insigne que había pisado nuestra tierra.

        —Por allí viene, ya casi está aquí.

        Precedido por la arena del camino, llegó el automóvil, brillante y oscuro. Fue frenando lentamente mientras nuestras bocas se abrían con la admiración descarada de los palurdos.

        La puerta del conductor se abrió primero. Vimos cómo un hombre alto, vestido de un negro hermético, bajaba del coche, lo rodeaba y abría la puerta a su acompañante. Del lado derecho del coche bajó alguien cuya estampa ninguno de nosotros ha perdido a pesar de las nieves del tiempo. Rubia y esbelta, foto viva de un sueño, hada sensual de fantasías urbanas, vestía unos pantalones de un plástico que se le ceñía a la carne como una segunda piel y una chaqueta que a duras penas contenía el desborde de sus pechos.

        —Joder, cómo está la Obispa.

        Dijo Matías y sorbió sus mocos.

        El hombre y la mujer miraron la plaza del pueblo como si acabaran de salir del túnel del tiempo. Enseguida fueron llegando los demás vecinos, que habían oído el ruido del coche y los rumores de la llegada del Señor Obispo. Conforme todos se acercaban, crecían conjeturas y dudas sobre quiénes serían aquellas dos personas de ojos velados por cristales oscuros que lo miraban todo con tanta curiosidad y complacencia. Al fin, los dos forasteros se acercaron hasta el banco donde estábamos sentados. Fue ella la que habló primero. Los susurros cesaron de golpe.

        —¿Dónde podríamos ver al alcalde?

        Su voz sonaba pulida, como trillada de paja, y nos llegaba envuelta en el aroma del deseo.

        —Les está esperando en el Ayuntamiento —dijo Pedrolo, que se llamaba Pedro, pero que por romper piedras con la cabeza tenía tal apodo.

        —¿Nos espera? —replicó el hombre, con esa misma voz de agua limpia.

        —Claro, ya nos avisó don Alfredo, el cura.

        —No entiendo —dijo la mujer.

        —Venga, señorita, nosotros los acompañamos.

Y aquélla fue la primera procesión que se celebró en nuestro pueblo, la de los dos forasteros llevados en cortejo por todos los vecinos hasta el despacho de Augusto, el alcalde. Cuando hubieron entrado en el Ayuntamiento, esperamos en la puerta, ansiosos, expectantes. Pero las horas iban pasando y decidimos continuar la espera en la tasca del Y-mañana-qué, que había sustituido de golpe el temor al Obispo por un afán nuevo de pulcritud y educación. “No deis esos golpes en la mesa, coño”. “No eructéis, burros”.  Y eso que aquella tarde estaba haciendo más dinero que en un mes, pues hasta las mujeres esperaban allí las explicaciones de Augusto.

        Los cuchicheos y susurros corrían de un lado a otro en una marea de ilusiones y miedos.

        —Esa pelandusca ha venido a llevarse a nuestros maridos.

        —Pues él, menudo hombre, ya podía llevarnos a alguna.

        —Qué alto, y qué bien plantao, seguro que no huele a establo.

        Decían las mujeres, perdiendo su recato, virtud que siempre tuvieron por sagrada.

—Ésa debe de ser la querida del alcalde, de cuando viajó a la capital.

—Más quisiera el Augusto. Esa hembra es de otro mundo.

—Así deben de ser los ángeles de los que habla don Alfredo.

—Mejor que sea diablo.

Confesaban los hombres recreando en palabras cada detalle del cuerpo que habían visto.

Braulio, el Milmundos, se subió a una silla y habló.

—Escuchadme, yo os diré a qué han venido esos dos, que yo he viajado por todos los continentes. Esos dos han venido a comprar el petróleo del pueblo. Nos haremos todos ricos.

—¿Petróleo? ¿Pero qué dices, Milmundos?

—Ya lo veréis. Nuestro pueblo tiene petróleo, yo lo he visto en la charca de la cumbre. Allí está, no hay más que recogerlo a cubos.

“Claro, el petróleo, claro”, se oía en cada mesa. “Y para qué vale eso”, “pues para qué va a ser, para todo”

Poco a poco, opiniones y conjeturas se volvían certezas, y las ilusiones ahogaban temores y recelos. Por eso, cuando al fin el alcalde entró en el bar acompañado de los dos extraños, todos los recibimos con aplausos y vivas. Augusto, entonces, se subió a una silla. Tenía en los ojos un brillo fanático y contagioso. Todos nos callamos. El hombre y la mujer se pusieron uno a cada lado de nuestro alcalde. La imagen de aquellos dos forasteros iba calando a través de cada pupila que los miraba, filtrándose por los ojos y dejando en el fondo de cada uno el deseo de, algún día, tener esa piel, esas manos, esa ropa, esa belleza pulcra y como de otro mundo.

—Ya sé que todos queréis saber por qué el señor y la señorita han llegado a este humilde pueblo que es el nuestro —empezó a decir Augusto, con una pasión que nunca le habíamos visto, que parecía brotarle de un manantial remoto, extraño y fascinante—. Pues os lo voy a decir. Han venido a rescatarnos de nuestro atraso, a enseñarnos todos los avances que no conocemos: maquinas, aparatos, prodigios que ni imaginamos; felicidad y prosperidad para todos. En poco tiempo, seremos otras personas, todos tendremos todo lo que queramos, se acabó preocuparse por la lluvia y las heladas, ya no habrá enfermedades, ni cansancio, ni aburrimiento. La vida será otra. Nuestros nuevos amigos, queridos vecinos, han venido a traernos el futuro.

Al acabar Augusto su discurso, todos aplaudimos y chillamos con furor, henchidos de ilusión, dando gracias al cielo por habernos enviado a los ángeles de la prosperidad. Cuando salimos de la tasca, el sol iluminaba nuestra vieja plaza con desgana.

Camiones, coches brillantes, gente de voces pulidas, incluso el Señor Obispo; el futuro no tardó en llegar. Quiso el cielo otorgar a nuestro pueblo la bendición de la nieve; ése era el petróleo que el Milmundos había imaginado.

        La vida corre ahora con otro ritmo que ya no es el del banco bajo el olmo ni el de la tasca del Y-mañana-qué. El tiempo es más estrecho y las palabras escasas. Caras y voces copiadas se renuevan cada año. Y yo, encogido y miedoso, me escondo en mi casa, cierro los ojos y veo la imagen del futuro: rubia y esbelta, foto viva de un sueño, vestida de una piel tan negra y brillante como los ataúdes de los ricos.