Necesito contarlo ahora. Ahora que soy una anciana respetable y porque no quiero llevarme a la tumba esta historia. Porque si yo muero nadie podrá recordarla y es necesario Eva que no se olvide, que nadie olvide y menos vos querida Eva, que entre el montón de traiciones, engaños, intrigas, vendettas y felonías que yo sé que has hecho en tu vida haya siempre un sitio para ésta, de hace mucho tiempo, cuando eras joven y bonita, una delicada e infernal pelirroja con pecas y ojos cafés. Ahora sé que puede ser, puede ser que en ese entonces no lo sospecharas pero tus ojos adolescentes miraban asombrados, con un dejo de desprecio y envidia, el mundo desafinado de la reina coja.
Necesito contarlo ahora aunque yo sé Eva, yo sé que has hecho muchas cosas non sanctas en tu vida (bah! como todas las Evas), porque vos no debes y nunca podrás olvidarte de aquella mujer, aquella reina coja que un día tuvo la certeza y para siempre abrió grandes los ojos.
La reina coja solía buscar refugio en la cocina (su aséptico trono). Arrastrando su figura lamentable de esposa cornuda se amparaba allí, y era entonces que emitía largos quejidos que pretendían ser algunas canzonetas escuchadas en la infancia.
Sí, Eva, podría decir que cuando vos entraste a trabajar en el sector, todos advirtieron ese halo atrevido que parecía trascender de tus maneras, de tu voz, la descortesía juvenil de saberlo todo y al mismo tiempo esa inocencia que trataba de ocultar cuánto no.
La primera vez que vos llegaste al hogar de tu jefe ya llevabas algún tiempo en la empresa. Sí, además Eva, ya eras la amante del viejo y entonces increíblemente él te invitó, para presentarte a su familia. ¿Qué disfraz perverso lo empujó al viejo a enfrentar a las dos mujeres? Hubo una primera y una segunda y muchas veces más, y ellas toleraron y participaron del juego macabro. Por esos extraños vericuetos del alma femenina, la reina coja siguió aceptando que el viejo te invitara, y quizás por los mismos instintos vos, Eva, le seguías el juego, aunque puede ser que no lo sospecharas.
Yo sé Eva que, para tus adentros, no podías dejar de llamarla así: la reina coja. Yo sé Eva, era evidente que la mirabas con un dejo de desprecio y envidia, pero sentías atracción por volver y volver con regalos para ella y para los chicos y te complicabas en sus charlas ¿intrascendentes?
– Io servía acá cerca, en la casa de buoni paisano de mi Cosenza ¿Lei sabe siñorina? Lui, mío marito, es de Catanzaro y cuando nos conocimos yo ayudaba dal pescivendolo de la feria, Lui me sacó del puesto y me trajo a la casa de la mamma, es ahora que le pongo la cipolla ¿vio siñorina? ¿Lei non cocina, non siñorina? Claro, Lei trabaja en la oficina. ..
– …Io me chiamo Rosina, Rosa María por la mía mamma y Giovana por la nona, la que quedó en Cosenza, pero Lui me chiama Rosa, Rosa, Rosa, Lui repite y repite mi nombre, tantas veces, de todas las maneras, que io le digo que lo va a gastar
– A mí también – dijiste sin reparar, quiero creer, en tu torpeza.
– Io – repitió la reina coja – mi chiamo Rosina.
Ésa fue la primera visita. Necesito contarlo ahora porque yo sé Eva que vos insistías en que él te volviera a invitar, también eran cosas del viejo, claro, después que salían del bar hacia el hotel o cuando desde el hotel él te acercaba a una parada de colectivo. Jamás te alcanzó hasta la casa de tus padres, para que no los vieran, por cuidarse decía él.
Acaso fue por el peso de aquellas miradas furtivas durante las horas de oficina. O quizás fue otra cosa lo que hizo que los demás sospecharan…
– Me parece que éstos … – dijo alguien
Y Rosa debió de haber adivinado. Sí, debió de haber adivinado desde el comienzo, desde que te vio entrar con tu figurita adolescente y tu carita encendida y turbada. Yo sé que vos sabías, Eva, sabías que detrás de la reina coja había una mujer solitaria y tirana, con la tiranía de los discapacitados, una mujer que se asustaba cuando el marido, ya sin deseo, se le acercaba .Y yo sé que lo pensabas con un dejo de desprecio y envidia.
¿Estará también incapacitada para gozar?, solías pensar Eva.
– Este tipo es un degenerado – decían los hombres de la oficina, y agregaban en voz baja y con envidia– mirá que llevarla a la casa.
– Pobre Rosa ¿te fijaste?, está envejecida.
Quizás no era cierto, quizás era sólo una apreciación despectiva “por la buena de Rosa”. Quizás Rosa era sólo la misma Rosa, chata y simple. Sencilla y buena, dirían mis tías viejas. Para vos Eva, que la mirabas con un dejo de desprecio y envidia, era la Rosa estúpida, la Rosa que se consolaba “después de todo yo soy la esposa” o “conmigo tiene los hijos que adora” o “Eva no es más que una de esas muchachas que andan por ahí, tontamente, con la cabeza loca”.
Hasta que brotaba la otra Rosa. Más humana, más fémina, diría yo. Sí, también es cierto, es posible que Rosa a veces pensara cosas locas, increíbles y tremendas acerca de cómo matarte, sí a vos, a Eva; por ejemplo podría envenenarte con los bombones caseros que tanto te gustaban, ¡quién iba sospechar de Rosa! quién podía culpar a “la buena de Rosa” si Rosa eliminaba de este mundo a ese corazón vacío que la estaba vaciando a ella, “a la poveretta Rosina” como decía de sí misma
Al parecer Rosa, resignada, nunca se animó a hablar con nadie, ni siquiera con su madre o su hermana. Ahora comprendo que hubiera sido como publicar su humillación. Como si hiciera una apuesta perdida de antemano. Como si delatara su espanto, porque yo creo que Rosa… en algunos momentos… si se decidía a matarte a vos, a Eva…
Eran esos momentos lamparones de crueldad, y seguramente Rosa se regocijaba imaginándote a vos, a Eva, retorcerte ferozmente. Creo que sería entonces cuando Rosa caía de rodillas frente a la virgencita en el jardín y rezaba, rezaba mucho para alejar esos sentimientos embrutecidos que ni siquiera se atrevía a repetir en el confesionario. Seguro que en el refugio de su hogar rezaba fervientemente y se abrazaba a sus hijitos llorando, arrepentida y se decía que él no la iba a abandonar, que finalmente él elegiría a la madre de sus hijos, a ella, que él se quedaría con Rosina.
Imagino que alguna vez Rosa se atrevía a apostarse que sí, que se atrevería – como se atrevió la tarde en que preparó aquella receta de la que solía hablar, aquella receta de chocolate con dulce de leche y un poco, no mucho, sólo algunos granitos de veneno para lauchas, y luego supongo que pasó los bomboncitos por coco rallado y los escondió en un rincón del clipper de las verduras, donde sólo ella hurgaba (y ahí los encontró la policía) y creo que se santiguó y pensó “son para Lei siñorina Eva, para los que son como Lei, los que nacieron para dañar a los otros, a los poverettos como io”.
Imagino que Rosa se prometió que los dejaría allí y que cuando vos Eva, vinieras a visitarlos el Domingo de Ramos… Claro que había peligro para los chicos. Debía alejarlos y supongo que llamó a Martina, su hermana mayor, para que en Semana Santa llevara a los primitos al Tigre, como solía hacerlo todos los años, pero quizás la mayor tenía otros planes. ¡Pobre reina coja! Se debe haber sentido abandonada hasta por su hermana. Debe haber pensado “en la sua mamma”, pero temía que “la mamma” se apareciera el Jueves Santo con bolso y todo y se plantara allí y no se moviera en todo el fin de semana, como solía hacer cuando sospechaba que algo no andaba bien “con su intuición de mamma” como solía decir. Y solía tener razón.
Necesito contarlo ahora porque yo sé Eva, yo sé porque ese principio de año te habías inscripto en un curso nocturno de computación. Yo sé, Eva, que querías cambiar de trabajo y por necesidad de perfeccionarte también, pero también sé que habías comenzado a confesarte a vos misma que estabas saturada de la situación, y te lo planteabas con la saña y la desconsideración por el dolor del otro que se suele dar cuando se agota la pasión o lo que haya sido… Y el miedo. No tenías experiencia en “colgar la galleta” y no estabas segura de cómo iba a tomarlo “el viejo”, como empezaste a llamarlo, con un dejo de desprecio. .
Y quiero recordártelo ahora, Eva, porque entre todas las formas que podrías haber elegido fue como al principio, el mismo juego tortuoso, procaz. Con el primer anónimo te fuiste hasta el límite de la ciudad, a una estafeta desconocida y lo enviaste. Le siguieron otros, menos ambiguos, más precisos. Yo sé Eva, con cuánta inclemencia escribiste aquella carta (sin adivinar que sería la póstuma), una carta perfumada con el frasquito barato que compraste a último momento, sí, como último juego donde en nombre de ser una amiga común escribiste “te ruego a vos, reina coja, tu perdón” y agregaste que “la otra, antes de destrozar tu hogar, ya mismo viajaba a su pueblo natal y nunca más volvería”.
Yo sé, Eva, que fue hastío. También sé que había concluido una etapa de la adolescencia. Yo sé que debutar con un hombre casado que debía cuidarte y cuidarse era más seguro. Y quiero recordártelo ahora Eva, porque yo sé que había aparecido otro. Pero también quiero que no se te olvide la mirada envenenada de Rosa, sus ojos abiertos y espantados de su propia audacia cuando finalmente quedaron clavados en sus hijitos y porque no quiero que se te olvide cómo, con su patética cojera Rosa nos extendió la rama de olivo bendecida y cayó delante nuestro, mortalmente envenenada, aquel Domingo de Ramos.