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221-Las cenizas del jarrón. Por Rómulo Danetti

El jarrón se meció por tres segundos antes de fracturarse en millares de pedazos al azotarse contra el piso. Junto a sus trozos esparcidos por el suelo, se mezclaban los restos cenicientos de una mujer fallecida hace más de dos décadas, aún cuando el muchacho que vio –  y lamentó la caída- no era más que un niño de pecho. Y todo por culpa de una despreciable paloma que, envalentonada por el festín que constituían las migajas de un desayuno sobre la mesa, había osado a invadir la aparentemente vacía morada humana. Para suerte del sucio plumífero, la ira del joven no afloró en él hasta que vio como su accidentado aleteo pudo encontrar una fuga salvadora en el agujero de la ventana. Mientras el ave se alejaba suspendida en el aire, como burlándose del hombre, el arrebato más exacerbado se apoderaba de éste, al ver como un polvo gris llamado abuela yacía irremediablemente derramado sobre el opaco suelo de madera. Los rojos ojos del muchacho se hincharon y sobre sus párpados se posó una tensión extrema conteniendo a duras penas el brote de una lágrima; sus fauces se abrieron furiosamente, maldiciendo a la paloma atrevida y a toda su parentela, desde su madre hasta su lejana prima estandarte de la paz. Al cabo de unos minutos de histeria un balde de hielo detuvo sus imprecaciones y lo introdujo a una angustiante calma semejante al críptico silencio que anida en los camposantos al caer la noche. De un cementerio, precisamente, venían sus padres. De un funeral en una ciudad remotísima, que marcaba los límites más australes de la República. La pena seguramente los embargaría por un par de semanas más, afectándolo a él también, y aunque el fallecido le fuera ajeno, su partida de este mundo – el único que él concebía- dejaría su estela fúnebre en los rostros y muros de su casa por al menos un par de semanas. La mano diestra del joven tomó un puñado de cenizas y lo apretó tenazmente tratando de impregnarla en su piel. Pero el consuelo no se hallaba en tratar de sujetar mediante el contacto de las cenizas los escasos recuerdos que creía tener de su abuela sino en alivianar y secar lo más rápido posible los pesados ojos húmedos de su madre. Según lo estipulado el avión aterrizaría en dos horas en la ciudad, lo que le permitiría tener unas tres horas a lo sumo como marco de acción. De su abuela no sabía mucho, mas si sabía que el jarrón no era un ejemplar de porcelana de la dinastía Ming y que alguna vez su padre se sintió estafado al comprarlo, previo examen de vitrina,  en algún centro comercial. “Es exactamente el mismo jarrón que compré hace dos décadas… pero ahora los caraduras lo venden como baratija”, había dicho su padre en tono airado durante alguna cena mientras sorbía una cazuela de pollo. Súbitamente sus manos comenzaron a temblar en señal de que soslayando sus nervios existía solución; un ocultamiento, una mentira, una falta a la verdad pero sin duda alguna un sedante para el hondo pesar de sus padres. Con pulso tembloroso se acercó raudamente al refrigerador, cogió tres hielos y los depositó en un vaso chato. Luego salió de la cocina y volvió a cruzar su umbral con una botella de whisky en la mano; la abrió con un movimiento  parsimonioso  y contó hasta tres mentalmente… todo de un sorbo. Después de la primera y única arcada sintió un fuego raspándole la garganta y quemando en tan sólo segundos el temporal mal de parkinson que lo aquejaba. De un oscuro rincón del cuartucho de las herramientas sustrajo una brocha y con ella y la ayuda de una pequeña pala depositó a su abuela hecha polvo en un plato de greda. Enseguida tomó el trozo más grande del jarrón y la tapa que milagrosamente había resultado indemne a la tragedia. Los demás trozos inservibles fueron a dar al tacho del vecino. Ahora sólo era cuestión de ir a algún centro comercial que albergara a las gemelas de la cerámica destruida. Al mismo tiempo en que corría con todas sus fuerzas fue descartando las tiendas más lejanas e improbables de haber sido visitadas por su padre; su respiración se aceleraba y la sangre aumentaba su caudal a medida que se acercaba a la arteria principal en donde se situaba el paradero indicado. Sólo faltaban dos cuadras cuando un redondo goterón tocó resbaladizamente su sien izquierda. Dobló en la esquina y de pronto rugió estentóreamente el cielo, las nubes se deshicieron en agua faltando una cuadra para la parada del bus; el vehículo estaba frenando, el muchacho corrió desesperado cual bisonte escapando del león y, empapado hasta los huesos, fue el último pasajero en subirse a la micro[1] [1]. “Sí, – dijo para sus adentros- o es al que voy o no es ninguno”. Con la adrenalina aún moviéndole los pies, el viaje de media hora no fue más que un parpadeo. Frente a él se situaba el colosal centro del comercio que le permitiría obviar un sufrimiento, pequeño opinaría un tercero, pero totalmente de sobra para sus padres. Las puertas automáticas le abrieron el paso y su mirada dejó escapar un brillo fugaz al divisar la tienda de baratijas para el hogar y su luminoso letrero distintivo. Entró a la tienda; era Alí Babá cruzando el umbral de la cueva de los cuarenta ladrones. Camino ágil al pasillo de las cerámicas y al llegar ahí un grumo amargo de saliva bajó por su tráquea. Sobre un estante vacio colgaba un aviso de oferta: Jarrones Chinos, ¡Última piezas! ¡¡ A sólo 2990!! Extremadamente asustado, y con un incipiente sudor frío aguándole la espalda, preguntó a un esmirriado vendedor si es que quedaban más jarrones en la bodega. El vendedor, confuso al oír la voz quebrada del muchacho, le indicó que se acababan de llevar el último y que no llegarían más dentro de una semana. Los músculos del joven se cristalizaron y creyó sentir que un martillazo le hundía la frente, penetrando el gélido metal hasta el centro de su viscoso cerebro. El nervioso vendedor, boquiabierto y propietario un rostro que prendía una imbécil expresión, optó por escabullirse velozmente de tan extraño cliente. Pasaba la gente, pasaba como un ganado descarriado frente a la desazón del muchacho. Sentado en una banca vacía veía como una verdad inverosímil dañaría el corazón de su madre sufriente. Tristeza, más dolor porque sí, porque sí, porque la cabrona paloma había invadido su casa con su dañino aletear miedoso. Decidió volver a ella; al menos estaría presente cuando sus padres arribasen y vieran como las cenizas de su abuela estaban colmando un plato para el pastel de choclo. Pero de súbito algo captó la mirada afligida del muchacho. Por lo menos algo de risa tenía que tener su amarga jornada; al menos una sonrisa le ofrecía este día al poner a su alcance la caminata de una vieja ridícula, ataviada de un corto y juvenil vestido rosado, que llevaba un chiguagua en uno de sus brazos. Para mayor jocosidad, sus patas largas le hacían ver como una garza senil recién fugada del zoológico que trataba de adquirir forma humana y confundirse en medio de la afluencia multitudinaria. Rió a boca suelta al ver metamorfosis tan graciosa, captando la atención de la gente con su carcajada solitaria. La vieja extravagante también se volteó y el muchacho pudo ver cómo del brazo libre de la cadena del perro colgaba una bolsa que traslucía ¡La tapa de un jarrón!… Jubiloso brincó desde el banco hacia la anciana estrambótica, rogándole una venta del jarrón. “Pero, por qué lo quiere tanto, mijito”, inquirió la mujer, produciendo como reacción que el joven le contase la pura y santa verdad con lujo y detalles. “Es tuyo, mijito, ni me lo pagues – su voz gargajeo levemente-… Lo necesitas más que yo. Para que tu abuela siga descansando en paz”. Sin dudarlo el joven tomó el jarrón y lo aferró como una madre aferra al hijo que acaba de salir de su vientre. La vieja se despidió cortésmente, le habló a su inmóvil perro ratonil, y dio media vuelta encaminándose a su casa con la conciencia tranquila, pues, ya había hecho su buena acción del día. El joven, feliz y aliviado, observó cómo se alejaba su peculiar salvadora y se dispuso a volver al hogar siempre bien agarrado a su jarrón chino. El retorno fue sereno; le sobraría una media hora, incluso, una vez que llenase el jarrón de cenizas mortuorias. Al llegar a la esquina de su casa se contentó al divisar un sol encumbrado en lo más alto del firmamento que disipaba cualquier indicio de borrasca. Avanzó a tranco firme y seguro, introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Un olor a vainilla le suscitó una breve extrañez. Cerró la puerta y se dirigió a la cocina para arribar a su umbral y ver cómo su madre y padre yacían sentados en la mesa, rodeando las cenizas de su abuela. El jarrón se soltó de sus manos quebrándose en mil pedazos contra el inclemente piso de baldosas. Un silencio vició el aire. Tras un prolongado velo de mutismo, el gesto de su padre dejó a un lado la severidad y su rostro esbozó una sonrisa lastimera. “Hijo, ahora que estás grande puedes saber algunas cosas”, afirmó en lánguido tono paternal; su madre sollozó livianamente, pero fue un sollozo mínimo, casi tan ingrávido que la única lágrima se evaporó antes de reventar contra el piso. El muchacho estaba flotando, su inquietud se sostenía en una tabla en medio de un vehemente mar de dudas. Continuó el padre, “Hijo, no venimos de un entierro común. Fuimos a un reconocimiento de osamentas. No encontramos a tu abuela, pero se nos informó que su paradero final es casi seguro. Un teniente confesó”. El mar tormentoso de dudas arreciaba su oleaje y la corriente golpeaba con fuerza su rostro pantanoso. Su madre suspiraba entrecortadamente; a pesar de sus ojeras parecía atravesarla una sensación de alivio. Luego de un corto silencio, ella tomó la palabra: “No quisimos decirte, no queríamos que el odio penetrara en tu cuerpo inocente, llenándolo de agria cicuta. En realidad jamás perdonaré a los asesinos de mi madre, mas el dolor que sentía no se va a acabar si mato a esos cerdos. Todavía queda mucho… por hacer en los tribunales… – su madre seguía hablando apagadamente y brotaban lágrimas fugitivas de su testimonio-  pero finalmente, hijo, y eso es un alivio gigante, una certeza terrible pero infinitamente mejor que una incertidumbre igual de siniestra; finalmente sabremos a dónde podemos arrojar nuestro dolor. Es casi seguro. Ya no tendré que desparramar claveles en monumentos; ahora plantaré una flor y la regaré con una lágrima postrera.” Con dichas palabras su madre finalizó su discurso, secó con un pañuelo la única gota restante de dolor y se puso de pie. Su padre y él acudieron a ella y se fundieron en un largo abrazo. El océano de dudas seguía ahí pero la tormenta se deslizaba hacia puertos remotos. Quedaba mucho por hablar. De rondón, el último cabo de la tormenta tocó su cabeza, generando una pregunta obvia: ¿Y de quién son esas cenizas, papá? Su madre sonrió en triste ademán y adelantándose a la réplica del padre, respondió: “Son cenizas de tabaco…”.

 


[1] [2] Forma de referirse al bus en Chile.