- 7 Certamen de Narrativa Breve 2010 - https://www.canal-literatura.com/7certamen -

199- Autis, otro mundo. Por Guillem

De un momento a otro me cambiarán el paquete. No saben que me gusta sentir ésta tibieza entre las piernas. Después la que dice ser mi madre me abrazará y yo como siempre me sentiré incómodo, no soporto que me agarren, gritaré, se apartará de mí y abrirá la cajita de música, eso si me gusta, me calma, estaría todo  el día escuchándola. También me agrada que me acaricien las cejas y la parte de atrás de la cabeza y  me gustan los sonidos suaves y los colores que los acompañan.  

  Hoy entra mucha luz por la ventana. Mi habitación tiene ciento cincuenta y  cuatro baldosas enteras  y once partidas en un tercio mas tres que van a la puerta, pero no sabría definir el color de ellas. 

 Cuando me den el desayuno alinearé mis maderas de colores una tras otras, no pueden salirse de la línea, si no caerían al vacío, al laberinto. 

 Más tarde me sacarán a pasear. Me sujetarán con esa cinta gris al asiento del coche y me darán, para que no proteste, ese tamborcito cogido a un palo que lleva unas bolitas atadas a una cuerda que lo golpean haciendo sonidos que me entretienen. Son sonidos de color azul grisáceo y si giro muy fuerte a veces el sonido es casi azul oscuro. 

  Luego me llevarán al parque. Me gusta… y no me gusta. Me gusta cuando conozco mi camino, mis veintitrés pasos. No hay paso veinticuatro, solo laberinto. Si hay paso veinticuatro necesito una mano que me saque de los colores a los que no estoy habituado, de los ruidos que me molestan y necesito una mano, una mano, una mano… 

 Cuando estoy en el parque me entretengo con el verde de las plantas, el verde, el verde…  

  Escucho el agua de una fuente y también me gusta, y  suena como cristalitos que no se rompen, y brillan como cristalitos redondos y alargados. Nunca la he visto, pero la imagino, debe estar detrás del paso veinticuatro o antes del primero, en el laberinto, pero sé que no debo pasar ni empezar antes sin una mano que me lleve.En los pasos trece, catorce y quince hay flores de colores y están alineadas como mis maderas. Quizás tampoco quieran entrar en el caos exterior. Una vez un pájaro se enredó entre ellas y la mujer que me da la mano en el parque, que no es la que dice que es mi madre, que es la que dice que me cuida, lo pudo coger porque era pequeño y  no volaba bien y me lo dio con cierta precaución temiendo que lo estrujara como hago con lo que me desagrada. Pero fue una sensación distinta, agradable, nueva. Sentí palpitar algo en el pájaro, sentí el calor de su cuerpo, la suavidad de sus plumas y me lo acerqué a la mejilla y al oído, y otra vez a la mejilla, y otra vez al oído, y otra vez al mejilla… la mujer que me lleva al parque me lo quitó de las manos con delicadeza pero con temor y me dio el tambor de las bolitas que me entretienen. 

Un día en los pasos dieciocho y diecinueve había un charco. Me dio miedo. Mi recorrido cambiaba. No era mi camino y no tenía una mano al lado,  sin embargo estaba en el paso dieciocho de mi sendero. Me oriné de miedo, cerré los ojos, apreté los puños hundiendo las uñas en las palmas de las manos, quise gritar pero de mi garganta salieron las notas de mi caja de música y continué, no se cómo, hasta el paso veinte y todo volvió a ser normal. 

En el paso veinte, en el suelo,  hay una tapa de hierro negra, negra, negra… pero la conozco, estoy cerca del paso veintitrés.  

    En el paso veintidós la mujer que me cuida me dará un yogur y pastillas, a la fuerza claro. Yo he de llegar al paso veintitrés y cuando esté cerca del laberinto entonces que venga y que me de lo que quiera, yo me lo tomaré todo, sin rechistar, pero en el paso veintidós ni te acerques, es mi ruta, mi camino, mis colores, mis sonidos, mi mundo.  

   Un día, en el paso quince, se me acercó un perro y su dueño lo apartó de mí, pero me gustaba el color de su pelo dorado, dorado, dorado… cuando se fue lancé un grito y me tiré al suelo poniendo las piernas rígidas y girando las muñecas como molinillos, la mujer que me cuida se abalanzó sobre mí para sujetarme y le pidió  al hombre del perro que me dejara tocarlo. El hombre se acercó sujetando al animal. Toqué su pelo y puse mi mejilla en su lomo y murmuré la sintonía de mi cajita de música. El animal me dio un lametón y yo me reí. Esto sorprendió mucho a la mujer que me lleva al parque y me estrechó muy fuerte, lo que motivó que yo volviera a gritar y a ponerme tenso. Me soltó enseguida y yo seguí abrazado al perro dorado, dorado, dorado… 

A veces en casa, si salgo de mi habitación, caigo en el laberinto y me pierdo y no sé nada y no siento nada y no sé si soy y necesito sentir y me muevo y me golpeo en la cabeza porque suena algo dentro de mi y no me encuentro tan solo y cada golpe es un sonido que me hace compañía y alguien vendrá. Pero si viene alguien que no me agarre, que no me abrace, que me indique el camino de mi habitación y alinearémis maderas de colores porque ellas no caminan, las debo ordenar yo, las debo cuidar yo.  

 Cuando ya las tengo seguras y  ordenadas en línea recta, juego con la rueda de mi coche amarillo que es negra y rueda ella sola,- me gusta mucho el color negro y me acuerdo de la tapa de hierro del parque-. Las otras también ruedan, pero me gusta que ruede la de la izquierda de atrás. Solo esa. Las otras no, Las otras quietas. Solo la de la izquierda de atrás. El coche panza arriba y girando la rueda izquierda de la parte trasera. Eso necesito.  

Un día, jugando, me corté en un dedo y salió sangre roja, roja, roja. Y puse rojo  en el cojín, en las sábanas, en el pijama, en la cara, en las maderas de colores que alineo y cuando me vieron, inmediatamente me pusieron la mano en el grifo y seguía cayendo sangre que al mezclarse con el agua se hacía rosada como las flores del parque.  

 Me vendaron la mano,  yo me perdí una vez mas  en el laberinto, pero esta vez ellaberinto estaba en mi habitación, en un rincón donde yo me había sentado con mis movimientos repetidos hacia delante y hacia atrás que descargan mi rabia.  

 Miré mi mano vendada y sentí no poder hacer mis giros de molinillo con ella, intenté quitarme la venda pero fue inútil el esfuerzo. Me dieron pastillas y me acordé del pájaro y del perro dorado y de la tapa negra, y de las flores alineadas como mis maderas y de una nube blanca y gris que vi algún día desde mi habitación… 

   Cuando me acuestan y me duermo con el sonido  de mi cajita de música, puedo hablar con la que dice que es mi madre y con la mujer que me lleva al parque y les puedo mirar a los ojos y veo el color de sus pupilas y me río con ellas.   

Corro por el jardín y las dos mujeres me siguen y a veces hasta puedo volar por encima del laberinto. Y el laberinto es otro jardín mas grande que no da miedo, con gente que no me mira como la gente del parque y que yo si que miro sus ropas y  sus zapatos. Y no alineo las maderas, hago con ellas paredes altas que después destruyo desparramándolas por el suelo. Y el orden es el desorden. Y no me importa la gente nueva. Y no me importan los sonidos distintos a los que no meacostumbro. Pero de pronto suena la cajita de música otra vez. Entra la mujer que me llama hijo, me da el beso que me molesta, me cambia el paquete y todo vuelve a ser igual.  

 Llueve. La calle está gris, gris, gris…  

 Hoy no habrá parque.   

Alinearé mis maderas de colores una detrás de otra sin sacarlas de su camino para que no caigan en el laberinto de las maderas. Después me meteré en el cuadro que tengo colgado en la pared que se asemeja mucho al parque. En el cuadro no tengo camino pero me deslizo por el río que hay pintado de color azul, azul, azul, azul,…