Lúgubre, sucio, oscuro… ¿fue siempre así? Las calles estaban vacías, no había nada que hiciera recordar que en algún momento allí había habido vida. ¿Dónde estaban las voces y las risas? ¿Y el ruido de los coches? ¿Dónde estaba el tráfico? Pero, lo más importante, ¿dónde estaba el sonido del palpitar de los corazones de la gente? Habían pasado horas, días, pero por fin se escuchó algo que rompió la monotonía: “clac, clac, clac…”. Una figura que estaba a escasos metros había hecho rebotar una lata contra el suelo.
No puedo entender por qué, y menos aún cómo ha podido ocurrir de esta manera. ¿De qué sirve todo el avance tecnológico que hemos desarrollado con el paso de los años. Se supone que los seres humanos son seres racionales, pero somos incapaces de luchar contra los problemas cuando de verdad nos encontramos con uno, el más importante. ¿Dónde están ahora aquellos que se creían capaces de salvar el mundo? Todos escondidos; uno por uno han ido tragándose sus palabras y escabulléndose en cualquier agujero, con la esperanza de salir vivos si ocurre algún milagro. Paparruchas. Todo fueron paparruchas.
La delgada figura, casi esquelética, se acercó a la puerta de un supermercado. Como todos los demás, los cristales estaban rotos y esparcidos por la entrada, los estantes volcados y llenos de escombro. Rebuscaba entre las cajas cualquier envoltorio que llevara restos de algo nutritivo, capaz de darle energía. El pie le falló y cayó al suelo. Haciendo un último esfuerzo consiguió levantarse, coger de entre los escombros lo que en su momento fue una pieza de fruta y continuó su camino por la carretera.
Al principio nadie lo creyó, se tomó a broma, un nuevo apocalipsis… las redes sociales estaban llenas de fotos con tiras cómicas respecto a la noticia. Conforme pasó el tiempo la cosa cambió, nadie esperaba que pudiera ser verdad, pero tampoco oficialmente se decía lo contrario. Entonces comenzaron a lanzar consejos sobre qué hacer cuando llegara el momento. Los presidentes de los distintos gobiernos pedían que se mantuviera la calma, que se actuara con serenidad. Se habló de conspiraciones, montajes, falsas alarmas, no podía ser cierto. Se pedía resignación pero nadie quería resignarse.
La figura volvió a pararse. Esta vez se acercó al borde de la acera donde, encontró un trozo de tela medio quemado y roto. Algo en su gesto cambió, una diminuta sonrisa se esbozó en su cara; cogió aquel pedazo y se lo colocó por encima de los hombros. Hacía tanto que el sol no calentaba…
De repente todo dejó de ser como había sido. Aquella mañana ya no salió el sol y esa penumbra amarillenta, un crepúsculo interminable, fue la única luz visible. Todos los aparatos eléctricos dejaron de funcionar, los móviles se quedaron sin cobertura. La sociedad de las comunicaciones se vino abajo. Los aviones eran incapaces de realizar un vuelo, los controladores aéreos no sabían qué hacer y los últimos aviones en despegar siguieron su rumbo hasta el fondo del océano. Caos. Caos y destrucción. El fin se acercaba, era cierto, nadie entendía por qué. ¿Qué había sucedido?
Seguía caminando por la avenida principal de la ciudad. Incrementó el paso dirigiéndose, esta vez, hacia unos contenedores. Había un bulto a la derecha de éstos. Corrió y cuando se encontraba a escasos metros disminuyó el ritmo, hasta que se encontró a unos escasos centímetros. Era un cadáver y no era el primero que encontraba.
Treinta minutos.
No… no puede ser. Otro más no. ¿Por qué? Tiene un disparo, un disparo en la cabeza, en la sien derecha. ¿Matarse para dejar de sufrir, miedo a lo desconocido? No lo entiendo. ¿Por qué acabar con algo tan precioso como la propia vida? ¿Por qué no enfrentarse al miedo y esperar una solución? ¿No merece la pena vivir? La vida es una cosa única. Si te paras a pensarlo es increíble, cada uno de nosotros somos un milagro, un conjunto de partículas, millones y millones de éstas. Se han unido justamente, en una forma que… vive. Sí, vive, con todas las letras. Y no sólo eso: piensa, ama, teme… no es ninguna tontería. Otros millones de partículas se unen y forman una mesa o un móvil, pero no nosotros, nosotros somos personas. Cuando estas partículas dejan de estar unidas, se rompe el sistema de relación que había entre ellas, adiós, adiós a la vida, se acabó. Y, ¿qué ocurre entonces? No lo sé.
Lo más sobrecogedor era el silencio: nada se oía por la calle. Nada, el silencio absoluto. Ni siquiera el piar de un pájaro. Los animales habían desaparecido. Lo único que esa figura podía escuchar eran sus propios pensamientos. Cada quince pasos se paraba, miraba al cielo y continuaba su marcha.
Veinte minutos.
Cuando la gente fue consciente, se desató el caos. Las tiendas fueron desvalijadas, las masas se peleaban en plena calle por un mínimo trozo de pan, hacían arder coches, destrozaban parques….Ya no había control, policías, ejército o jueces. ¿Que el mundo se acabe, sirve de excusa para sacar lo peor de cada uno, cambiar nuestra base moral? No lo creo. Hubo quien decidió basar su vida en el “carpe diem” mientras pudiera, hacían todo lo que se les antojaba sin miedo a reproches. ¿Querían un coche nuevo?, sólo tenían que cogerlo ¿No les gustaba un cuadro que había en el museo? Entraban y lo destrozaban. Todos y cada uno de sus actos servían para satisfacerse a sí mismos. Cuando muriesen, ¿qué importaría todo eso? Tenían que aprovechar.
Sin embargo, no todo el mundo actuó así, hubo otros a quienes el miedo les pudo. Empezaron con paranoias y acabaron enloqueciendo. Ese pánico lo reflejaron de dos formas, bien suicidándose o bien encerrándose en casa bajo llave volviéndose locos. Esperando, incluso rezando antes de los informativos, aunque no fueran religiosos, para que al final todo fuera un error. Tampoco la Iglesia estuvo a la altura, advirtieron que el día del Juicio Final había llegado, que era el momento de arrepentirse de los pecados, pero sus cabecillas fueron los primeros que desaparecieron, tratando de salvarse cualquier precio. Todos sabían cuál iba a ser su último día.
Quince minutos.
Luego hubo quienes intentaron mantener el orden, buscar una esperanza. Hicieron campañas para organizarse. Veían la oportunidad de encontrar algo bueno con todo lo que estaba pasando. Si conseguían tranquilizar a la población, mantener la calma… sí… quizás así habría una pequeña oportunidad. Nos estábamos destruyendo entre nosotros. Pena que entre las buenas intenciones de unos pocos hubiera otros escondidos, que aguardaron el momento exacto para destrozar todo lo que habían conseguido, llevándose con ellos todos los recursos y abastecimientos almacenados, ¿para qué?
Diez minutos.
Jamás me había parado a pensar la cantidad de cosas que hacemos mal a lo largo de un solo día. Cuando salí dando un portazo nunca pensé que podría arrepentirme tanto, era la típica pelea de pareja. Dije cosas feas, muy feas, saqué todo mi odio y mi furia. Hice pagar a quien más quería, tenía un gran enfado, quería hacer daño. Y te lo hice. Sé que dije que no volvería pero no era cierto, no lo pensaba. Tú me dijiste que siempre me esperarías, antes de que diera aquel portazo. Fue imposible volver. Con la gran revuelta me subieron a aquel camión para llevarme a cientos de kilómetros de casa y ahora, a tan solo unos minutos de mi meta, aún me pregunto si habrá alguien esperándome.
Nunca quise hacerte daño, aunque dijera que me habías amargado la vida o que hubiera sido mil veces más feliz si no te hubiera conocido, todo era mentira. Estos días sin ti han sido interminables. Si te hubiera tenido cerca seguro que hubiéramos encontrado juntos una razón para seguir adelante. Cuánto lo siento. Te prometo que si pudiera volver atrás, aunque sólo fuera por un segundo, te abrazaría y no te soltaría, nunca. Sé que es imposible cambiar los hechos, he aprendido, a base de golpes, que debo actuar siempre como si el mundo se acabara en cualquier momento. He sufrido hambre y frio, he pasado por encima de cadáveres, he luchado como nunca lo he hecho antes y ha sido por una única razón.
Cinco minutos.
¿Qué voy a hacer si no estás? No me puedes fallar. Sé que vas a estar ahí, sabes que yo iba a volver, lo sabes. Pero… ¿y si no estás? Si te ha pasado algo yo me muero, necesito verte, necesito abrazarte, mirarte a los ojos y decirte todo lo que siento. No podría perdonarme no volver a verte sin contarte la verdad.
Llega a la puerta del edificio. Está hecha añicos. A toda prisa sube por las escaleras de la entrada.
Esto va a terminar, sólo quedan dos minutos para que todo acabe. Te juro, te prometo, te doy mi palabra de que si salimos de esta, todo será diferente. Cada día voy a decirte lo que siento, me dormiré con mis brazos en tu cuello, no me quejaré de tus manías, me encantan, me muero de ganas de poner ese cuadro tan recto como quieras, colocar los cubiertos en orden, sinceramente, adoro tus manías. ¿Y si es cierto que sí hay esperanza, que no va a ocurrir, que tendremos otra oportunidad?
Un minuto.
Esto puede sonar a la eterna promesa que nunca se cumple, pero al fin he visto la verdad y ahora sé lo que quiero, tengo miedo a morir pero si estoy contigo no me importa. Me da igual vivir o morir si estoy a tu lado. Por favor, no me falles. Tienes que estar ahí. Abre la puerta y abrázame. El tiempo se acaba pero ahora sé lo que es importante. Ábreme la puerta amor mío.
A veces, el final es el principio.
Toc, toc. Cinco, cuatro, tres…