- 7 Certamen de Narrativa Breve 2010 - https://www.canal-literatura.com/7certamen -

196- Reto. Por Gladys M. Fuentes

 A don Miguel de Cervantes Saavedra 
 maestro incomparable de la prosa castellana.

                          

Al oír a lo lejos el galope, que le ha sido familiar durante varios años, Marcelino Rojas, el molinero, se ubica detrás de una ventanilla  y otea, con la ayuda de la mano derecha, colocada en forma de visera, a unos jinetes, pequeños en la distancia, que ascienden  por el sendero que conduce hasta la hilera de centenarios molinos de viento, como sembrados a la vera del camino, a semejanza de un cultivo de hongos gigantes o abandonados helicópteros encallados en la hierba de las hermosas y sosegadas tierras manchegas.

            Sin pérdida de tiempo suspende la molienda, acciona el sistema de frenado de los ejes, diseñado por él mismo para solventar la misteriosa situación, lo que impide a las aspas exteriores girar, deteniéndolas paulatinamente en el lapso de unos segundos, burlando así la fuerza del viento, como matando progresivamente el impulso. Luego, regresa al primer molino y, en silencio, escucha una vez más el diálogo, que ya se sabe de memoria, mantenido en voz alta por un par de hombres, uno de contextura delgada y el otro gruesa, al parecer un armado caballero y su escudero, ataviados con prendas extrañas para nuestra época, propias justamente de los personajes de los libros de caballerías, en un lenguaje un poco arcaizante, en ocasiones rayano en el grito, ubicados ambos frente a los impertérritos molinos:

            -Señor -dice el escudero-, mire bien lo que hace. Durante siglos he dicho a vuestra merced que aquellos que allí se ven no son gigantes sino inofensivos y útiles molinos de viento.

            -Bien parece -responde el caballero-, que no estás cursado en esto de los jayanes. No ves, Sancho Panza, los múltiples brazos y cabezas de Briareo, junto a los de Morholt, Bruciferno, Grindalafo, Pasaronte el Malo y todo ese ejército de gigantes tremebundos, a la espera de que yo me acerque un poco más para darme cacería.

            -¿Qué gigantes? -pregunta Sancho Panza.

            -Estos que allí ves -respondió el amo-, ahora inmóviles, fingiendo ser estatuas pero apostados como avezados guerreros, con los brazos cubiertos de lienzo, esperando el momento propicio de atacarme, como lo hicieron hace ya siglos, para romper mi sustituta espada híbrida de hierro y vegetal, y dejarme herido de muerte.

            -Mire vuestra merced, don Quijote -insiste Sancho Panza-, tales monstruos están solamente en su imaginación que cambia las aspas por brazos, los ventanucos por ojos y los tejados por cabezas.

            -¡Cobarde! -refuta don Quijote-. ¡Si no piensas hacer batalla contra esos desaforados gigantes, si tienes miedo, quítate de ahí, ponte en oración!  ¡Yo los atacaré solo y los venceré aunque quede despaldado!

            -Se verá luchando contra alguien que no le responde, vuestra merced -agrega Sancho-, como quien patea su propia sombra. La golpea pero el golpeado es él mismo. Los molinos están quietos, como amplios cenotafios allá sembrados  por los siglos de los siglos.

            -Calla, amigo Sancho -dice don Quijote-, una vez más pretendes que desista de mi empeño. No olvides que eso está vedado a un caballero.

            -A un caballero  -insiste Sancho Panza-, le está también terminantemente prohibido luchar contra alguien inerme y que no ha entrado en desafío. Digno de un caballero es responder solamente ante el reto.

            -Tienes razón, amigo Sancho -dice resignado don Quijote-, ¡Regresaré, non fuyades! ¡Armaos, cobardes!

Marcelino se acerca silenciosamente a la ventanilla, espera pacientemente a que la pareja se aleje cabalgando, don Quijote en su viejo Rocinante y Sancho en su humilde Rocín, planeando quizá su próxima visita. Los ve descender la cuesta, el escudero tras el caballero, hasta que las diminutas siluetas desaparecen en el horizonte. Luego, desactiva el familiar freno de los ejes, les da vía libre para que giren ante la más mínima presencia del viento y así se reinicia la molienda.

Pero cansado de las continuas interrupciones en su labor y de la reiterada conversación, Marcelino se propone enfrentar de alguna manera a la insólita pareja. Tiene en primer lugar la impresión de que efectivamente se trata de un par de fantasmas, escapados de la época de las caballerías, fallecidos probablemente en una cruenta batalla frente a un molino en llamas, sin haber cumplido su misión final de derribar al enemigo y que por lo tanto debe penar hasta lograrlo. Los espero -se dice- con las armas usadas  para espantar por siempre a los aparecidos: un crucifijo, bendecido por tres curas de parroquias diferentes, agua bendita y una estaca de palo santo.

A los pocos días, efectivamente regresan los implicados. Marcelino detiene los ejes y se agazapa como de costumbre tras de la ventanilla, con la salvedad de que esta vez deja las sagradas armas muy cerca de su mano. Cuando las palabras de don Quijote adquieren un aire de diatriba contra los silenciosos molinos, Marcelo, como cariñosamente le llaman, se santigua, mira a la Virgen de Arriba, patrona de los molineros, y como implorando su asentimiento, lanza al vacío el agua bendita, justo encima de la cabeza del caballero andante.

-¡Vamos, amigo Sancho! -dice mientras emprende la retirada-. ¡Estos cobardes aún no se deciden! ¡La tempestad arrecia!

-¡Vamos, pronto, vuestra merced, por la tempestad se han suspendido grandes batallas! -dice Sancho, en un intento de apartarle del cerebro esa idea insana de luchar contra seres inexistentes y, dando media vuelta a su jumento, baja la colina al lado de su amo.

Marcelo queda decepcionado porque la estaca que lanza como una flecha envenenada a la espalda de don Quijote, se estrella contra el espaldar de la coraza y cae hecha trizas al suelo y, además, cuando logra sacar el crucifijo por la ventanilla, ya es tarde, los jinetes se esfuman en lontananza. Pero se convence de que no se trata de seres fantasmagóricos a los que el agua bendita sin duda habría desaparecido al instante. 

            Si no son almas en pena -se dice- quizá sean salteadores o vulgares ladrones que buscan dinero u objetos valiosos. Uno se disfraza de caballero y se hace el loco, insultando a los inocentes molinos, mientras el otro aprovecha y roba lo que pueda. Les pondré una prueba y, si caen, no me queda ninguna duda. Les dejaré junto a los molinos unos livianos bultos de olorosa harina, una bolsa con tentadoras monedas y una apreciada  antigüedad, un reloj del siglo XVI, al que ni el tiempo ni  la carcoma han podido deteriorar y que se encuentra aún en funcionamiento en uno de los molinos. En el momento en que intenten apoderarse de tales pertenencias, gritaré con todas mis fuerzas: “¡Ladrones, ladrones, auxilio!”  Y no dudo que quedarán delatados y atrapados por todos mis colegas.

En la siguiente visita, el par de supuestos rateros, se ubica frente al conocido molino, mantienen la trillada conversación, pero no se apoderan de nada, ni siquiera dirigen los ojos a los objetos colocados como carnada. Y en vista de que los molinos no rompen su mutismo, no emiten palabra alguna, el par da media vuelta y comienza a descender por la loma. Marcelino sale, revisa sus pertenencias y, considerando la buena conducta de los visitantes, nada de abuso en bien ajeno, cero cleptomanía, descarta cualquier acto delincuencial y opta por una estrategia antiquísima, el disfraz, que tal vez le resulte muy práctica al combinarla con su sospecha de que los extraños son extraterrestres, visitantes de otros planetas. No en vano el disfraz ha servido a la humanidad para develar grandes secretos o camuflar extraños personajes. 

Si no son ni almas errantes ni  pícaros encubiertos -medita Marcelino-, tal vez sean habitantes de otros planetas que quieren en primer término apoderarse de los molinos; luego, establecer aquí sus bases militares y finalmente adueñarse de la Tierra. Se visten de ese modo y montan a caballo para despistarnos, pero es probable que tengan sus naves parqueadas en una llanura cercana y guarden allá los vestidos que se necesitan para ir de un planeta a otro y además peligrosos arsenales secretos. Puede que sean buenos -reflexiona- pero si son malintencionados podrían arrancar de raíz los molinos y guardar ahí sus naves espaciales, sus ovnis, como los llama la gente.

Un día, varios meses después de la visita anterior, Marcelo avista a los lejos, en el borde de intersección del cielo y la tierra, algo plateado que le hace creer  que se trata de los viajeros que él espera. Se ha obsesionado tanto con la visita de una nave de otro planeta que cualquier luz a la distancia le parece un ovni, cuando podría tratarse realmente de un globo, una cometa de papel, un avión o simplemente un espejismo. Apaga los molinos, desciende por la escalera, sale y se oculta en la parte posterior de uno de ellos, del que siempre le ha tocado recibir de frente los insultos; disfrazado ahora el molinero de un rústico cosmonauta: traje de una sola pieza, hecho manualmente de tela de talegas para empacar harina; gorro de panadero, redondeado y reforzado con cartón piedra; unas gafas de culo de botella y un par de antenas de vinil, semejantes a las del popular Chapulín Colorado.

            -¡Bip, bip! -dice en voz alta Marcelo y espera que los interlocutores le contesten en el mismo lenguaje.

            -Bip. Bip -dice Sancho, más remedando que contestando, mientras don Quijote permanece en absoluto silencio.

-¡Vengo de Marte! -insiste Marcelo, intentando que las palabras le salgan partidas y por la nariz.

-¿De parte de quién? -pregunta don Quijote, imitando el tono de Marcelo, fingiendo que no le ha oído bien.

-¡Marte, Marte! -repite Marcelo, conservando el dejo inicial-. El planeta rojo.

-¡Nosotros también somos marcianos! -agregan al tiempo el supuesto caballero y su escudero, dividiendo las palabras en sílabas.

-¿Qué quieren? -recarga Marcelo, temeroso de que el par sea en verdad extraterrestre.

-¡Nada  en especial! -responden conteniendo la risa.

-¡Díganlo pronto o me retiro! -insiste Marcelo, con voz temblorosa, como de extraterrestre anonadado.

-Le tenemos una propuesta -agregan sonrientes, mirándose a los ojos el uno al otro.

-¿Cucu-cuál?  -pregunta Marcelo, a punto de derrumbarse.

-Que nos despojaremos de nuestros trajes si usted se despoja del suyo.      

-Sí, sí, acepto -contesta agitado y abre de un solo tirón la gastada y larga cremallera de su rústica escafandra.                                             

Al quitarse los disfraces, quedan al descubierto los tres amigos, todos

 molineros, hijos y nietos de molinero.