Saraí observó con agrado al vigoroso y apuesto joven que llenaba las formas nuevamente para donación anónima en el banco de esperma. Se llamaba John, John Batista, se lo había grabado desde la primera vez porque ella y las demás enfermeras y asistentes lo habían encontrado excepcionalmente atractivo, con su metro ochenta de estatura, su tez clara, ojos oscuros y hombros anchos, más aún por su sonrisa delicada, un brillo casi angélico en la mirada, cabello rebelde que de todos modos no recibía mucho cuidado, y un rostro lampiño que aparentaba 18 años cuando ya tenía 25.
El nombre reflejaba muy bien la mezcla de razas de aquel joven, a simple vista un mestizo entre godos ingleses y bastante sangre latina, pero Saraí sabía que John era en si mismo una enciclopedia genética, pues los datos de su genoma, que no mostraba defecto potencial alguno, contenía trazas de todos los grupos humanos bien representados, desde negros etíopes, hasta judíos semíticos.
John entregó las formas y bajo su piel sus músculos se movieron alegremente, resaltando incluso bajo sus prendas sueltas.
– ¿Necesitas algo esta vez? -preguntó Saraí, pues no era la primera donación del joven- ¿revista o película? -había algo de malicia predeterminada en la voz de la enfermera que se llevó una mano al pecho rascándose sobre los senos. provocando una levísima apertura en el escote que el donador ignoró.
– Nada, gracias -sonrió inclinando levemente la cabeza.
– Nos llegaron cosas muy buenas -insistió Saraí que a sus 32 años se sabía sumamente atractiva entre los jóvenes- ya las revisamos y te podría recomendar algo. -Tomó una película que ya tenía seleccionada y la colocó en el mostrador, la cruda imagen de la portada solía atrapar a los hombres de inmediato.
John la revisó sin inmutarse.
– Ya tengo en que pensar -anunció con mucha seguridad.
– También podría ayudarte -propuso la enfermera poniéndose seria.
– Lo siento, pero tengo que hacerlo a mi manera.
– ¿Eres homosexual? -preguntó incómoda- perdón, pero me pidieron averiguarlo.
– ¿Sería un problema?
– Es probable -reconoció ella sosteniéndole la mirada.
Saraí sabía que desde la primera donación de John hacía 7 años, por lo menos se habían logrado 25 alumbramientos exitosos, todo un record, gracias al material genético de primera, y su belleza física que provocó que las asistentes tendieran a elegirlo inconscientemente a la hora de proponer aportadores, basadas en los lineamientos de las madres, sobre todo en el caso de madres solteras.
– No soy homosexual -informó rotundamente John, Saraí le creyó, fundamentalmente por que deseó que fuera cierto, producto de una fantasía erótica que no se reconocía a sí misma de manera abierta.
Saraí le entregó los recipientes y le indicó el cubículo donde podría proceder. Ella sabía que John se tomaba mucho tiempo, y esa idea le produjo mucho calor.
Cuando finalmente John regresó, Saraí realizó las pruebas básicas iniciales. Todo en orden, como si aún tuviera 18 años, correcto volumen, movilidad, morfología… Tal vez ella misma podría ser… pero desechó la idea de inmediato, estaba felizmente casada, pero que fácil sería autofertilizarse sin que nadie se diera cuenta. Además, no sería infidelidad, al menos no habría pieles húmedas, ni el cobijo de un hotel de paso, si tan sólo… pero volvió a rechazar el pensamiento, con menos éxito esta vez.
La enfermera comunicó la aceptación de la donación.
– Supongo que tampoco cobrarás esta vez.
– No, gracias -denegó John.
– ¿Seguirás en la lista?
– Aún no lo sé, mándame algún mensaje un día de estos si consideras que soy necesario y ya veremos. ¿Algo más? me urge volver al trabajo, hoy es especial, hay fiesta -sonrió luminosamente- y yo soy el anfitrión.
– Yo me encargo entonces -aceptó Saraí- nunca ha habido problema contigo.
La enfermera vio al joven partir y se preguntó como reaccionaría de saber que tenía tantos hijos, y de pronto le pareció terrible que el donador no pudiera recrearse en verlos crecer.
Pero John sabía perfectamente donde estaba cada uno de sus vástagos, pues aunque no hiciera ostentación alguna tenía los medios suficientes para ubicarlos, tanto económicos como sociales, políticos e intelectuales. Y más aún, para intervenir sutilmente en sus vidas ayudándolos sobre todo con su educación, sin que nadie lo notara. Esperaba fervientemente que también pudiera hacerlo con los pequeños que nacieran de esta nueva donación. Y con esos pensamientos abordó el avión que lo llevaría a casa.
Al llegar a su ciudad lo esperaba su padre, quien era la fuente de la mayoría de sus recursos, y quien le había hecho la maravillosa propuesta de la donación.
– ¿Todo bien Giancarlo?
– Maravilloso -aceptó John mientras el chofer les abría la puerta del auto blindado a ambos. -¿Está todo listo?
– La fiesta será espléndida -le indicó su padre- mis nietos son todos hermosos. He traído tu ropa para que te cambies en el camino.
– Siempre piensas en todo, papá. -comentó susurrando.
El hombre mayor se llevó un dedo a la boca indicando al chofer, pero sonrió con enorme orgullo y deleite.
Finalmente el auto se detuvo junto a una pequeña multitud donde 8 infantes, niños y niñas de entre 5 y 6 años vestidos con ropas impecablemente blancas eran el centro de atención de los demás presentes.
El padre Gaincarlo Bautista Dellamineri bajó del auto ataviado con impresionantes hábitos de oficio, bordados en oro, seguido de Monseñor Antonelli Calatravi, quien sonreía beatífico emocionado al borde de las lágrimas, ante sus pequeños nietos que tomarían la comunión por primera vez.
– Vengan a mí, hijos míos- pronunció orgulloso el Sacerdote Giancarlo quien extendió las manos, sabiendo que sus palabras eran literales.
En respuesta los 8 pequeños corrieron a abrazarlo, alentados por madres y padres de familia que no daban crédito a la enorme suerte que tenían de haber sido seleccionados aleatoriamente para el nuevo programa de evangelización de las Américas, que becaba ampliamente a sus hijos.