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194-La mujer invertida. Por Agnes Roige

—Eres la misma, pero pareces otra —dijo él.

No me quedó claro si le gustaban o no mis caricias, y retiré la mano. Él miró hacia el despertador. Las siete y media. Saltó de la cama, subió la persiana, y se quedó mirándome boquiabierto.

—¡Tu peca! —dijo señalando mi mejilla—. La has tenido siempre a la derecha, pero hoy…

—Tú necesitas una buena ducha —le interrumpí apartando el rostro con brusquedad.

—No, no, de verdad —se acercó buscando mi cara—. ¡Es increíble! Tienes una peca saltarina. No lo entiendo, en la foto de la boda…

            Alargó el brazo hacia el tocador, pero yo fui más rápida y conseguí agarrar el marco metálico antes que él. Lo apreté fuerte contra el pecho y reí nerviosa. Él se puso serio e intentó quitarme la foto. ¡Maldita peca!. Tendría que improvisar. Levanté el pesado marco y lo dejé caer con toda mi fuerza sobre su cuello, una y otra vez. Al fin y al cabo, no todo iba a ser tan fácil como había previsto esa misma mañana, apenas hacía una hora…

            Esa mañana había visto como ella se miraba en el espejo sin reconocerse. Parecía especialmente abatida, y pensé que era el día adecuado. Una conversación de mujer a mujer.

            —Me estoy volviendo loca —dijo ella levantando la vista hacia el espejo.

            —Ni más ni menos que yo —le respondí cómplice mirándola cara a cara.

            Acercó su rostro a la superficie del espejo y nuestras narices casi se tocaron. ¿Podría convencerla?

            Ella no era yo, aunque a estas alturas ni siquiera de eso estaba segura. ¿Qué había pasado? Los científicos tendrían su explicación, seguro, pero… ¡qué sabía ella!  —¡Las seis y media! He de preparar el desayuno, tengo una lavadora por tender, los niños…

            —Un momento —la interrumpí—, tengo algo que proponerte —bajé la voz hasta convertirla en un susurro y me dejé de rodeos—. ¿Por qué no nos intercambiamos?

            Ella me miró fijamente, pero no dijo nada.

            —¿No dices siempre que todos tus días son iguales? ¡Escapa! Es más fácil de lo que parece —acerqué mis manos al espejo—. Coloca los dedos de forma que coincidan con las míos, cierra los ojos y…

            ¡Sí! ¡Lo había conseguido!. Miré a mi alrededor fascinada. El aire tenía un aroma diferente al acostumbrado, pero no era en absoluto molesto. El cuarto de baño era idéntico al mío, aunque con algunas sutiles diferencias. Los colores parecían más brillantes. Ella tenía el bidet a la derecha de la taza del váter y… Nuestras miradas convergieron en el espejo. Ella parecía asustada y, aunque la excitación del momento me animaba, yo tampoco las tenía todas conmigo. ¿Qué sería de nosotras? Nos despedimos y, con el corazón a cien por hora, salí del cuarto de baño cerrando la puerta con cuidado.

            El dormitorio estaba oscuro, pero los rayos del sol se colaban por las rendijas de la persiana dibujando la silueta de un hombre dormido. Contemplé el cuerpo semidesnudo, me metí en la cama y lo abracé. Estaba caliente y era mío.

            Olvidé rápidamente el incidente de la peca y, mientras la habitación se ventilaba, me vestí y maquillé lo mejor que sabía. Quería estar atractiva y disfrutar del primer día de mi nueva vida. Me recreé en los pequeños detalles cotidianos: la preparación del desayuno de los niños, el paseo hasta el colegio…

            Los pequeños eran agradables, y estaba segura de que con el tiempo aprendería a amarlos. En general todo bien, aunque el perro de la casa ni se me acercó a lo largo de la mañana, y una madre de la escuela, una estúpida, consiguió ponerme de mal humor.

            —La raja se lleva a la izquierda —me dijo al oído señalándome la falda.

            Tenía que ir con más cuidado: la foto, la falda, las tijeras de la cocina que no conseguía utilizar correctamente… Pasé el resto de la mañana retocando fotos con el ordenador. ¡Maldita peca! También intenté leer una revista, pero al cabo de poco lo dejé porque me dolía la cabeza. Hasta la tarde no volví al dormitorio, no me apetecía. Él todavía estaba allí, tendido sobre la cama con los ojos muy abiertos. La sangre había traspasado el colchón y comenzaba a extenderse por el suelo. Justo cuando iba a buscar la fregona sonó el timbre de la entrada.

            El colegio… ¡lo había olvidado! En el umbral de la puerta, la madre estúpida sonreía con desdén. Llevaba a mis niños cogidos de la mano. Agarré a los pequeños y cerré con un portazo. ¡Qué se creía! Enseguida volví a abrir la puerta y la invité a merendar. Al fin y al cabo, lo que más necesitaba yo en esos momentos era una amiga con quien hablar. Ella pareció sorprendida, pero aceptó y entró.

            Mientras los niños tomaban leche y galletas en la cocina, la llevé al dormitorio y le expliqué el problema. Cuando vio la sangre y todo eso, se negó a escucharme y se puso a gritar como una loca. Nunca me ha gustado que nadie grite, y menos en mi propia casa, y así de claro se lo dije. Una vez puse punto final a la discusión, entré en el lavabo, me senté en la taza del váter, y rompí a llorar a moco tendido. Nada había salido como lo había planeado, ¡nada!

            —¿Cómo te va? —me dijo ella desde el otro lado.

Levanté la vista hacia el espejo. Ella se había vestido y maquillado con esmero. Los ojos le brillaban, y parecía mucho más joven. ¡Nunca la había visto tan atractiva!

            —Eres la misma, pero pareces otra —le dije con envidia.