- 7 Certamen de Narrativa Breve 2010 - https://www.canal-literatura.com/7certamen -

190- La ventana. Por Penélope

             Empecé a trabajar siendo muy joven, en una empresa situada a las afueras del pueblo. El edificio estaba solitario, rodeado de bancales, un par de casetas de campo, un cobertizo agrícola y la carretera que conducía directamente al pueblo.

             Una de esas casetas, la más grande, estaba justo frente a la ventana de la fábrica dónde yo tenía mi puesto de trabajo, nos separaba un pequeño patio y la carretera desnuda.

             Todavía andaba yo por esa edad de quedarme pensativa… sin motivo aparente; de quedarme transpuesta mirando un objeto sin verlo; quedarme pensando en las musarañas… o vaya usted a saber, pues todo era susceptible de ser pensado, fantaseado y minuciosamente detallado en mi mente.

             A veces miraba desde mi ventana, y veía la casa de enfrente; me gustaba, la encontraba acogedora. Tenía dos plantas, un porche y un jardín bastante bien cuidado, que contrastaba con la casa que aunque no estaba en ruinas, llevaba camino de estarlo. No vivía nadie, sólo era aquello que en mi pueblo decíamos “una caseta de campo”, es decir, para ir a pasar los domingos de verano, para tener un montón de plantas y flores y algo de huerta de verano: tomates, calabacines, y  lechugas para el consumo familiar y un entretenimiento para la persona que con tanto esmero lo cuidaba.

             Tenía una puerta de entrada y una ventana a cada lado, que desde dónde yo me encontraba no podía visualizar perfectamente, por encontrarse justo debajo del pequeño porche. En un lateral del edificio había una escalera externa que llevaba a la segunda planta, la cual acababa en una pequeña terraza que era posible que le diera la vuelta a la casa, pero que yo tampoco alcanzaba a ver porqué desde mi puesto solamente se veía la parte frontal. Esa pequeña terraza tenía una ventana, perfectamente visible desde mi atalaya y con toda claridad, pues estaba situada al poniente (mi ventana al este) y a partir de mediodía los rayos del sol inundaban de luz esa fachada encalada de blanco y esa ventana desnuda, sin rejas ni persianas, sólo los postigos cerrados y que nada le hacía sombra. Así, conforme avanzaba la tarde, el blanco reluciente iba tornándose amarillento…dorado…ocre y finalmente, sólo yo, que la miraba durante todo el día, podía distinguir bajo la luz de la luna y la oscuridad de la noche, el blanco de la pared y el hueco más oscuro dónde estaba ubicada.

             La casa pertenecía a una familia del pueblo. A veces veía a un matrimonio que regaban las plantas y la pequeña huerta, otras veces les acompañaba un nietecillo que jugaba con su triciclo, y sobre todo, veía al señor propietario que antes de que anocheciera recogía en un capazo de esparto algunos frutos de la huerta, cerraba la cancela y emprendía el regreso hacía el pueblo, caminando despacio por la carretera.

             Pasé muchos años mirando desde mi ventana, la otra ventana. A veces fantaseaba y pensaba que me gustaría asomarme para, desde allí ver cómo se veía la ventana de la fábrica dónde yo me encontraba. Era un juego. También pensaba cómo sería la habitación que quedaba parapetada por la pared y el cristal. Pero sobre todo, me apetecía muchísimo asomarme a aquella ventana.

                            Pasó el tiempo, los años, la vida y todo lo que a lo largo de ella ocurre: desdoblamiento de la carretera y desvío en otra dirección, declaración de zona industrial dónde estaba la fábrica y en poco tiempo, llenarse de naves industriales, La expropiación de los terrenos del “otro lado de la carretera” para declararlos zona residencial, la pérdida de la propiedad de la casa de la ventana y adquisición de la misma por parte de otras personas, mi boda con un chico de una población lejana y mi cambio de domicilio. El crecimiento de la población que guardaba mi infancia y juventud, los hijos, y sobre todo mi otra profesión me habían alejado y casi me había hecho olvidar ese pequeño mundo que a los dieciséis años contemplaba desde mi ventana de la fábrica.

             Me casé a los veintitrés años, con un chico del pleno corazón de Castilla que venía a veranear al pueblo, distante mil quinientos kilómetros. Me marché con él, y vivíamos de su trabajo en un negocio familiar de cría de pollos. Él se ocupaba de la parte administrativa, y el negocio era próspero y fructífero. Le pedí que me empleara en cualquier ocupación, ya que yo había trabajado desde los catorce años y ahora la casa se me caía encima y no sabía qué hacer. Él me propuso que me interesara por algo que me sirviera de entretenimiento, o que acudiera a cursillo, o una academia o cualquier cosa que me apeteciera. Después de muchos meses de pensar qué era lo que me gustaría hacer, por fin encontré una ocupación que me satisfacía. Leí que en el Hospital Universitario se impartían clases de fisioterapia. Acudí, me matriculé y comencé a estudiar, y hacer prácticas con el fisio que impartía las clases. Hice tres cursos lectivos, que eran los necesarios para obtener la titulación mínima exigida para poder ejercer la profesión por tu cuenta. Aunque yo seguí trabajando con el profesor, y así visitábamos enfermos y les hacíamos rehabilitación, también acudíamos a un asilo y les provocábamos un poco de movilidad a las personas que allí se encontraban. Luego llegaron los hijos, primero Pedro, después Lucia y casi en el límite de mi vida fértil nació Ignacio.

             Otra vuelta de tuerca de la vida y otro cambio. Esta vez producido por una catástrofe natural: tres meses de lluvias torrenciales rematado por una riada, anegó todas las propiedades de la granja y acabó con todos los pollos. Y si ello no fuera poco, intentando salvar la documentación administrativa del negocio, el techo se vino abajo, estando allí mi suegro, mi marido y mi hijo Ignacio y dos empleados más. La desgracia fue completa. Con el dinero que nos dio la aseguradora, pagamos a las familias de los trabajadores que se quedaban en la calle e indemnizamos a las familias de las víctimas.

             Mi hijo mayor vivía en Barcelona desde que acabó sus estudios de interiorismo y decoración, y no tenía ninguna intención de volver. Lucia estaba en vísperas de casarse y tenían montada su casa a quince kilómetros de la residencia familiar. ¿Qué podía hacer yo? Me quedé mirando las musarañas y pensando durante muchos meses, hasta que por fin me liberé de mi duelo y decidí volver a mi pueblo y vivir con mis padres, que por aquel entonces eran ya bastante mayores.

             Volví, me establecí y me ganaba la vida en lo mismo que había hecho los últimos veinticinco años de mi vida: ayudando a otras personas en la rehabilitación de sus miembros entumecidos, dormidos o ajados por los años.

             Así, un día me llamaron para que le diera unos masajes a un chico, bueno yo le calificaba como “chico” porqué era como yo, cincuentón, pero como que le había conocido cuando éramos pequeños en la escuela del pueblo, lo seguía calificando de “chico”. Se llamaba Paco, y tenía una enfermedad degenerativa que estaba haciendo estragos en sus músculos. Yo acudía cada día a su casa, le daba masajes, hablaba con él, le llevaba libros, él me contaba sus sueños, me enseñaba algunas palabras de japonés, que había aprendido en un curso, hacía mucho tiempo. Poníamos música, y resulta que teníamos los mismos gustos. Y hasta hicimos un puzle de 5000 piezas entre los dos.

             Era una gran persona. Muy agradable y amable y con un gran corazón. Su madre cuidaba de él, y las horas que yo estaba en su casa, ella aprovechaba para ir a la peluquería, o a la compra, o simplemente era una excusa para salir un poco.

             Llegamos a contarnos muchas cosas. Esas cosas que uno lleva dentro y jamás dice. A veces son sueños, otras veces son anhelos, y otras sencillamente se piensan por evadirse de la realidad. Un día le conté mi pasado. Le hablé de mi ventana de la fábrica y de cómo deseaba asomarme a la ventana de la casa de enfrente. He hice una reflexión en voz alta: qué habría sido de mi vida si no me hubiera casado con Pedro y hubiera continuado en el pueblo, y trabajando en la fábrica. Y Paco se unió a mi reflexión y me dijo: “si te hubieras quedado en el pueblo, incluso podríamos haber coincidido, y podríamos haber acabado casándonos… y quién sabe, igual podríamos habernos asomado a tu ventana los dos juntos.” Nos reímos con su ocurrencia.

             Una semana después de este episodio, acudí a su casa como lo hacía todos los días, y estaba su hermano aguardándome para llevarnos a Paco y a mí a dar un paseo en coche. Hacía buen tiempo, y no era la primera vez que salíamos a tomar el sol, o un helado, o a pasear. A mitad del trayecto me pidió que me tapara los ojos y no mirara hasta que él me avisara. Así lo hice, no sin quedar tremendamente extrañada y confusa por la petición.

             Tras varias idas y venidas, subir un tramo de escaleras y finalmente girar una esquina, siempre guiada por el hermano, abrí los ojos y nos encontrábamos asomados al “otro lado de la ventana” de la casa que yo había estado espiando durante nueve años de mi vida hasta que dejé el trabajo en la fábrica.

            La casa, por una de esas casualidades de la vida, tras las expropiaciones de terrenos y demás historias especulativas, había sido adquirida por su familia en una subasta por un entidad financiera, dónde trabajaba su hermano. La compraron para que Paco pudiera con su silla de ruedas, pasear por todo el campo que la rodeaba, pero a Paco se le complicaron las cosas y dependía demasiado de los demás para poder llegar hasta allí.

             Me propuso contratarme como enfermera durante todo el tiempo que a él le restaba, que me quedara cuidándolo en esa casa, y así poderme quedar en la habitación de la ventana, y poderme asomar siempre que quisiera, ya que él no lo podía hacer. Ya ves, al final iba a tener la ventana para mi.