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181-Laburo, nomás. Por Alba Longa

“Sólo es laburo, laburo nomás”, repetía como un mantra.

Gualterio Falcón nunca desperdició una palabra, un gesto, una sonrisa. Gualterio era seco cual la tierra en invierno y espeso como los yerbatales.

Cuando niño, Gualterio fue salvajemente alegre, como lo son los niños criados al aire de las pampas sin otro límite que el horizonte amplio o el miedo a los leones.

Porque Gualterio nació “guacho” y si tuvo padres, que debió tenerlos, nadie supo de ellos; entre milico y barragana dicen que anduvo el lío, pero lo que sí es seguro es que al angelito lo dejaron “arrumbao” donde la pulpería de Doña Lasti y ya fuese por caridad, o porque algún pecado tenía en la conciencia -que también ella se olvidó de algún mamón allá por esas tierras de Dios- fue sentir llorar al desdentado, que se le puso un calor así, bien prieto al pecho, y una emulsión feroz de lágrimas antiguas, y tanto pudo la naturaleza de las viejas penas que donde la ley de las cosas rectas hubiera dado en sofocos y sudores, estallaron dos manchas de leche incontenible que escurría en su camisa como llanto de pezones.

Semejante prodigio se corrió urgente por toda la comarca, pues ni la edad de Doña Lasti ni sus circunstancias personales dejaban un resquicio para explicar tal milagro. Y bien es verdad que en los primeros tiempos era peregrinaje lo que allí había para ver a la doña sentarse en el zaguán y darle de tetar con abundancia al mamantón, al que llamó Gualterio, quizás porque le recordaba a alguien que la hizo feliz, y también le donó su apellido duro y filoso: Falcón, lo que, en su momento, resultó ser premonitorio.

Como ocurre siempre, la sorpresa dio paso a la costumbre, y al tiempo ya nadie recordaba que Doña Lasti no era madre, o que las mujeres sesentonas, las corrientes,  no sacan su historia por los pechos. Pero así eran las cosas en aquellos días.

También hubo quien se malició que todo era un engaño de Doña Lasti para esconder un devaneo inconfesable, y que tal milagro no fue sino teatro para preservar su honra, y que de tan gorda que estaba nadie notó el embarazo. Tal vez, aunque en verdad la virtud de la doña, bien dudosa, no necesitaba tapujos, y que su avanzada y arrugada edad seguía otorgando al asunto la categoría de extraordinario.

            Lo que tiene la natura es que no miente, y al cabo de cuatro años de alimentar tantos hijos perdidos -que ni un día dejó de darle el pecho al pequeñín-, Gualterito había medrado fuerte y compacto, sano y “colorao” como un potranco, al tiempo que la doña se consumía igual que la cecina seca, que tal pareciera que se le iba el ser disuelto en leches y calostros. Y donde hubo abundancia no quedó sino tendón y sarmiento, y pieles flojas, y ojeras agarradas. Aquello semejaba una suerte de trasvase entre dos cuerpos, pues lo que se perdía de una parte se instalaba completo en el muchacho, lo mismo las carnes que los genios fuertes de Escolástica Falcón, mujer de frontera, puta cuando tocaba y madre de arriada.

            Por eso cuando murió, por extenuación, no hubo gaucho que no pasara a presentar sus respetos, y más los agradecidos que eran muchos, igual por sus favores en arrullos que en sustancia, pues fueron demasiadas las hambres, de cualquier tipo, que calmó la finada.

            De pura pena, o deuda silenciada, a Gualterito lo recogió Don Bartolomé Guzmán, estanciero poderoso, cacique sin ser indio y hombre de pocas bromas. La deuda no debía llegar a tanto como para incluir cariño en el trato y lo primero que hizo fue dejar a Gualterio en un “quincho” perdido al cargo de dos viejos gauchos. Por supuesto, éstos no estaban por la labor de ser padres ni acaso hubieran sabido, que bastante tenían con cuidarse del ganado, de la indiada robacueros y de los cuatreros, y poco más que la comida le daban, palabras menos y zurras, algunas. Así que el zagal, con cinco añitos, andaba más que solo por aquellos andurriales ausentes de cualquier dios.

            Como el hombre es animal social, y busca compañía, Gualterio halló en los irracionales todo lo que las personas le negaban. Y allí no faltaban los caballos ni las reses, abundaban los guanacos y hasta el ñandú asomaba de cuando en cuando. Y siendo los niños, como son, excelentes aprendices, en seguida supo entender las miradas pausadas de las vacas, los movimientos nerviosos del caballo y sus querencias; y tanto y tan bien se adaptó a sus modos que, al cabo de pocos años, cualquiera hubiera pensado que Gualterio era uno más de la manada.

            Y al igual que a los potros les llega el momento de la doma, también a Gualterio le llegó el tiempo de la hombría. No tendría más de doce años, pero la vida dura y el clima extremo habían hecho del pequeño huérfano un esbozo de hombre entero: Morocho y crespo, de ojos negros y mirar equino, silente, muy ancho, cuadrado y poderoso pese a la edad. Para entonces ya montaba los caballos sin necesidad de arreos, pues más se asimilaba a centauro que a jinete, y era tan buena la juntura que no quedaba claro quién era quién en ese monstruo doble. Era tanto su entender sobre el ganado que los gauchos le admiraban con respeto y atendían sus consejos: Cuando iban a “campiar” si Gualterio decía que por aquí, por ahí iban y siempre atinaba para encontrar un matalón perdido o una punta de yeguas desviadas. Como era fuerte, a todo hacía, igual en el rodeo que en la doma; lo mismo atendía a una yegua de sobreparto, que amantaba  algún potranco repudiado. ¡Cómo iba a ser de otra manera si más tenía de caballo que  de persona!

            Pero en todo paraíso cabe un rinconcico del infierno, y aquí no había de ser diferente.

Tal día se presentó Don Bartolomé, el estanciero, con cinco de sus fieles a recoger una cuerda de potros nuevos, y tras terminar la faena, así como quién pide un café, tiró el  “pucho” del cigarro al suelo, miró muy lento a Gualterio y le dijo: “Ahora te acercas a ese “bagual bichoco”  lo degüellas, y le sacas los cueros, que “pa” mí los quiero”. Traía aquella mirada todo el veneno de un reto porque no era el estanciero hombre de lealtades a medias: exigía sumisión y obediencia ciega. Y, buen conocedor de la debilidad que nace del afecto, bien sabía que ordenarle esto a Gualterio equivalía a proponerle una suerte de suicidio íntimo, pues no había seres con los que más se identificase que con los caballos, y especialmente con ese viejo garañón, calmo y paciente, que había ejercido como “padre” de Gualterio mejor que ningún humano.

            La reacción del chico fue idéntica que la de un caballo malón cuando se espanta, ahí se encalabrinó y salió huyendo por la llanura con los ojos idos y el alma en la boca, hecha de espuma y horror. Largo trecho tuvieron que enlomar los esbirros de Don Bartolomé para darle alcance a lazo, como a cualquier otra bestia; y aun entre cuatro no se daban maña para sujetarlo, pues tanta era su rabia, o instinto, o lo que quiera que se diga en estos casos.

            Lo trajeron a rastras, envuelto en sogas y ensangrentado; pero como todavía le quedaban arrestos, aún se revolvió salvaje, desbocado, furo. Y allí mismo, sujeto al poste, el amo pidió el “arriador”, lo desenrolló con parsimonia y con mecánica indolencia fue descargando sus golpes. Muchos debieron parecer, incluso a los más acostumbrados, porque de las primeras risitas, pasaron al silencio nervioso, y luego a los gestos desencajados. Pero nadie osó parar la mano implacable del sayón.

            Cuando, jadeante y sudoroso, terminó, Don Bartolomé se acercó al muchacho semimuerto, y, con los dientes prietos y los ojos desbordados, le espetó, despacito y a media voz: -“laburo, muchacho, laburo y obediencia, nomás te pido. Dale al fierro y por tus huesos nunca jamás me encares una orden, ¿entendés?- entonces, sentándose sobre una piedra, se encendió otro cigarro, se secó el sudor de la frente, y esperó con la serenidad del que se sabe dueño de  haciendas, de cuerpos y, más aún, del miedo que injertaba en esas almas.

            Tardó Gualterio en moverse, pero al cabo, renqueante y machacado, se acercó al garañón, le acarició muy suave el cuello mientras le iba susurrando lágrimas y sangres; lo arrodilló primero, lo tumbó después y sin perderle la vista, como quien se despide del mundo, con un movimiento certero y seco dio dos tajadas exactas: Una que rebanó el gaznate del cuadrúpedo, la otra, invisible, que segó cualquier atisbo de cordura o entendimiento en los sentires, ya muertos para siempre, del muchacho.

            A partir del aquel día, Gualterio  ya no sonrió más, y si hablaba poco antes, ahora simplemente no mentaba. Tan sólo cuando sacrificaban alguna res bisbiseaba algo a modo de oración mientras encaraba a la víctima con una mirada entre ida y lastimosa. Porque desde aquél suceso se transformó en el más diestro matarife que conocieron las pampas. Era exquisitamente hábil con cuchillas, fierros y garfios. Nadie como él apiolaba tan finamente, con tanta premura y precisión, que jamás se escapó mugido o relincho de ninguno de sus “clientes”. Daba la impresión de que con esas palabras que musitaba quedas en las orejas de los brutos los hacía cómplices de su holocausto, como si al darles muerte les hiciera el favor de evitarles toda la crueldad y el daño que él mismo había sentido aquél día infame cuando perdió el instinto.

            De alguna manera, en algún rincón íntimo y lejano de su mente, se había propuesto transformar la barbarie en triunfo, porque sabía que cualquier otro, menos certero que él, sólo conseguiría alargar el sufrimiento y las angustias.

            Después, al terminar,  siempre repetía su letanía a modo de conjuro salvador:

“Sólo es laburo, laburo nomás”  

Por eso, algunos años más tarde, cuando fue llamado a filas por el ejército, le seleccionaron para una siniestra misión en los sótanos de la Comisaría General de Tucumán, probablemente debido a su carácter, reservado en extremo, sus maneras hurañas y solitarias, y, por supuesto, a la fama que le precedía como matarife.

            Y allá, entre gritos y sollozos a los que parecía inmune, siempre se encargaba del último golpe. Y con el mismo ritual sedante que empleaba con las bestias, encaraba los ojos de la víctima mientras susurraba aquellas misteriosas razones que tanto serenaban al premuerto al tiempo que, con un movimiento fulgurante, degollaba a los torturados señalados, que morían sonrientes como quien ha visto la Gloria.

            Porque por alguna extraña alquimia infernal, Gualterio transformaba el miedo y el horror en un acto de amor extremo, el más sublime que se pudiera dar, pues era último y definitivo.

Y, tal vez contagiado por esa exaltación, también descubrió entre lamentos un nuevo sentimiento de deseo que nacía desde su desterrada condición viril. Aquello sucedió esa extraña noche en que, tras la infame ejecución de una guerrillera tupamara demasiado joven, exclamó compungido y en voz alta:

“¡La pucha, que valiente la pobrecita con sus ojitos de yegua!”- y con esas pocas palabras, Gualterio había expresado lo más parecido a una emoción que sintiera en toda su vida.

Luego quedó pensativo, estatua durante unos segundos inmensos. Por fin, vuelto a su ser ausente, sacudió la cabeza como quien rechaza un mal pensamiento, y acabó repitiendo:

 

-“Sólo es laburo, laburo nomás”