Quien pululaba en los bosques era un demonio feroz. No se sabía quién era, pero los campesinos suponían que era descendiente de las gorgonas.
Era un demonio furioso, multisexual. Como Medusa, él petrificaba no con la mirada, sino con sus millones de sexos, que iban flotando, alrededor suyo, ¡por todas partes!
Tenían prohibido el acceso al bosque todas las mujeres. Los unisexuales también. Todas las fiestas y todos los brindis se celebraban en él, que constantemente se estaba amando, ¡autoamando!
Me contaron historias, algunas preciosas; otras bárbaras, ¡terribles!
Mientras tanto, él seguía ahí, reptando, mendigando, sufriendo. Yo iba caminando hecho agua y viento, con una estela de luces que como una capa me seguía, me envolvía y me endiosaba.
-¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mira el Ángel! ¡Es un hada! ¡No, es una estrella, pues! –decían haciendo de cuenta que no me observaban.
La gente a mi paso trepidaba, se confundía, ¡se arrojaba al piso y hablaba en lenguas!
Su admiración me llenaba de energías, me iluminaba. Así, yo fui de pueblo en pueblo, en completo trance, recolectando sus energías, drenándolos, hasta que mi capa se convirtió en mil falos de luces y de flores…
Entonces me desnudé. Corriendo y flotando yo huí hacia el bosque, como un ángel multisexual, a conocer a mi primo: ¡el bellísimo hijo de las gorgonas!