Son las ocho menos veinte de la mañana del lunes. Está lloviendo, por no variar. Javier se dirige con paso vivo a la parada del autobús. Al llegar echa un vistazo al panel electrónico, el Circular Centro tardará ocho minutos todavía. Es temprano; aunque le resulta extraño no ver a Venancio, su vecino, que siempre llega antes. Todos los días oye como cierra con doble vuelta de llave la puerta de su casa al salir, porque vive en el piso de al lado.
Aparece el autobús y no hay rastro de Venancio. “¡Qué raro! ¿Habrá ido en coche? El muy capullo, es capaz de no avisarme”.
Javier en realidad desprecia a Venancio, porque es débil y perdedor. No un ganador como él, que lleva bastantes menos años en la oficina y ya tiene un puesto superior. Un pobre hombre al que su mujer, Laurita, le engaña. Lo sabe muy bien, porque es él quien la hace disfrutar en la cama desde hace tres meses y se recrea pensando en su piel blanca y suave…
Todo comenzó aquel viernes que se encontraron los dos matrimonios en una cafetería de la plaza Elíptica. Se tomaron unas cervezas los cuatro y fueron juntos al cine. Él estaba entre las dos mujeres. Unos roces en la oscuridad y Javier supo cuánto le gustaría estrechar aquel cuerpo entre sus brazos.
Al día siguiente, su mujer, que acababa de salir para la compra, lo llamó desde el telefonillo del portal.
—Javier, que se me olvidó… mira, junto al teléfono hay un paquete para los vecinos; lo dejaron ayer cuando ellos no estaban. Dáselo tú, por favor.
Cinco minutos más tarde llamó a la puerta de al lado. Le abrió Laurita, medio abrochándose la bata sobre el camisón, breve, transparente, sugestivo, ofreciendo un escote apetitoso, de pechos blancos y apretados que se movían tentadores. Olía a ropa de cama y flores.
—Hola. Este paquete…, es para vosotros.
—Hola, Javier, gracias, qué amable, entra por favor, no te quedes en la puerta, estoy haciendo café, ¿quieres?
Una invitación que Javier intuyó como una ocasión para saborear algo más que un café.
—¿Y Venancio?
—Salió como todos los sábados: por la mañana va al cementerio. Vendrá para comer. Tardará horas.
Se sentaron en la cocina. Ella iba de un lado para otro, pero no había mucho espacio y le rozaba al pasar. Al abrirse la bata, asomaban las piernas, gorditas, torneadas, columnas robustas de un capitel que Javier ansiaba explorar. Mostraba al caminar más de lo que el varón precisaba para animarse, así que cuando ella le servía leche en una taza, rozándole con su cadera, le apretó suavemente las nalgas con la mano. Ella giró sorprendida, pero sin rechazo, sonriendo…
—¡Javier! —Susurró con voz ahogada, como si no pudiera evitarlo.
Él, sin soltarla ya, continuó la caricia talle arriba, se puso en pie y la abrazó, apreciando que el cuerpo de ella respondía, se pegaba a él, buscando el contacto, fisgoneaba con su pierna entre las suyas. Ya no tuvo duda. La besó, sin buscar su boca, acariciando con suavidad su cara, haciendo caminar sus labios sobre la piel de ella, en una caricia, exquisita, lenta y silenciosa. La muchacha respiraba con fuerza, agitada, abriendo la boca en una invitación irresistible.
Laurita, piel de terciopelo, expresión inocente en los ojos, sencilla y frágil, era un animal voraz en el juego amoroso, sedienta de placer. Javier nunca imaginó que se podía disfrutar tanto, no tenía mucha experiencia. Él se sabía ardoroso, pero una mujer como la suya, recatada y vergonzosa, con aquellos camisones de monja, lo hacía porque no quedaba otro remedio, como una obligación y él se sentía afrentado en su hombría. Con Laura era distinto, percibía su deseo, el temblor de su carne al recibir la caricia, excitándole esto más que nada, y el deseo de ambos se consumaba en una exploración detallada de sus cuerpos, sin ningún tipo de pudor o de recato. Se buscaban, recorriéndose mutuamente, para encontrarse lugares ocultos donde pudiera estar guardada alguna delicia. Javier se sentía feliz con aquella relación. Resultaba perfecta, cómoda. Al lado de casa, con una vecina a la que le apetecía lo mismo, que no solicitaba otra cosa que el placer que se daban el uno al otro.
Desde aquel sábado se reunían a la misma hora, doce de la mañana. Venancio acudía a su cita con los muertos, mientras su esposa revivía voluptuosamente en los brazos de un vivo.
El sábado anterior, el trece de enero, lo recordaba bien, Laura había estado fantástica, nunca habían disfrutado tanto los dos, ella había gritado y jadeado como nunca y él se había sentido muy hombre, todo un tipo, capaz de proporcionar tanto gozo a una hembra.
—Javier, eres el más experto y delicioso amante que una mujer pueda desear. Haces tan bien el amor.
Con esas palabras lo había despedido Laurita.
Todavía resuenan en su oído, todavía siente el aroma de su piel, aunque hayan pasado dos días, hinchado como un pavo real, viéndose en la ventana, sonríe, pletórico: “¡Eres un macho!”.
Final de trayecto, Javier se apea y entra en la oficina. Venancio no ha llegado aún. ¡Qué raro! Él no recuerda que se haya retrasado nunca. Pasan de las ocho y media cuando aparece. Se le ve pálido y desaliñado. Andrés, otro compañero, bromea con él.
—¡Qué, Venancio! ¿Se te pegaron las sábanas o te retuvo la parienta? ¿Hubo fiestecita, eh?
Venancio no dice nada. Con el rostro un tanto crispado se sienta a su mesa de trabajo y se enfrasca con los papeles. Javier comprende que algo anormal sucede, pero Andrés como si nada.
—Oye, Venancio, ¿Te habrás enterado de lo del sábado?
—¡Hm!
—¡El sábado! ¡El autobús! ¿Tú no “pillas” el Circular Centro?
—¡Déjame en paz y ocúpate de tus cosas!
Javier se extraña aún más. La conducta de Venancio es sorprendente, pero no entiende por qué. Se aproxima a Andrés, y en confidencia le interroga.
—¿Qué pasa con el Circular? Yo también viajo en él.
—¡Otro que tal baila! El sábado se incendió el autobús, entre Venezuela y la plaza de España.
—¿Qué?
Aquello era justo a continuación de la parada donde ambos suben. El sábado, precisamente el sábado es cuando Venancio va al cementerio. Pero, ¿entonces?
—¿A que hora?
—A las doce.
Se queda de una pieza. No comprende nada. Pero, ¿por qué está tan alterado? El sábado, después de estar con Laura, se fue a su casa. El fin de semana estuvieron en la finca de sus suegros, en Guillade, regresaron tarde el domingo por la noche. No ha vuelto a hablar con su amante desde entonces.
¿Qué le sucede a Venancio? Su aspecto no es habitual, viene tarde, desarreglado, como si no se hubiera cambiado de ropa desde hace dos días, sin afeitar. A Javier se le pasa por la cabeza que tal vez sospecha o sabe algo, ¿pero qué?
Sigue trabajando durante toda la mañana, sin dejar de mirar de reojo a su vecino, tratando de adivinar lo que pueda estar pensando. La mañana transcurre con un Venancio más callado que de costumbre, con la mirada ausente, actuando como un autómata.
Tras una larga y pesada jornada de trabajo, el reloj da las tres. Al salir, Javier se dirige a su vecino.
—¿Vienes al autobús?
—No.
—¿Viniste en coche?
—No.
—¿Te pasa algo, Venancio? ¿Puedo ayudarte? —Animado por el afán de enterarse, la voz de Javier suena más amable que de costumbre.
—No creo que puedas ayudarme.
—Pero al menos podrás decirme qué te ocurre.
—No vuelvo a casa.
—¿No vuelves a casa? ¿Qué quieres decir?
—Que no vuelvo. Es una pequeña concesión que le hago a esa zorra. Unas horas más de plazo.
—¿Zorra? ¿A quién te refieres? —Javier se sorprende de su propio cinismo.
—A mi mujer, ¿a quién sino? ¡La muy…!
—Tranquilízate, tío. Mejor será que vayamos a tomar algo. Ya que no vas a casa me quedo contigo. Avisaré que no me esperen a comer.
Javier no quiere perder la oportunidad de averiguarlo todo, así que llama a su mujer y después se van a un bar próximo.
—Habla, Venancio, creo que es lo que tienes que hacer, hablar. Te sentirás mejor si lo haces, seguro.
Javier insiste, persuasivo, procurando ocultar su ansiedad por saber, no ceja hasta conseguir que Venancio le suelte todo.
—El sábado me fui a las doce al cementerio, como de costumbre. Al autobús, que acababa de arrancar, se le incendió el motor, el susto fue descomunal, pero pudimos salir sin problemas. Total, que a mí no me quedaron ganas de ir, y me volví a casa.
Javier palidece. En su mente se ve a sí mismo cabalgando a la mujer de aquel hombre, que a la misma hora va hacia su casa.
—… Abrí la puerta, y enseguida me di cuenta de lo que ocurría, la muy zorra estaba en la cama, en nuestra alcoba, con alguien, la oí gritar y jadear como una posesa, me dirigí al dormitorio, di dos pasos…; pero en aquel instante, aunque parezca increíble, furioso como estaba, pensé: “¿y qué voy a hacer? Entro ahí, los veo, ¿y qué hago? Me acordé del cuento, además de cornudo, apaleado, porque yo no sabía cómo era el tío que estaba con ella. Di media vuelta y me fui hasta la gasolinera de la Plaza de España. Compré una lata de cinco litros y con ella regresé a casa. Estaba loco, mi idea era…, ya te puedes imaginar…
Javier traga saliva.
—No era mi día, desde luego, y aunque no era martes, era trece; no sé cómo, pero al entrar en el portal, sofocado, excitado, sentí un mareo y caí. Perdí un tiempo precioso. Cuando recuperé el sentido y llegué al piso, el pájaro había volado, y la pájara en la ducha, limpiándose las guarradas. Al principio no sabía qué hacer, sin embargo esa espera mientras estaba en la ducha fue suficiente para aclarar mis ideas. ¡Ja! El desgraciado que se chingaba a la zorra de mi mujer las iba a purgar, y ella también, por supuesto.
—¿Qué? —Javier no pudo disimular su nerviosismo— ¿Pero cómo?
—Muy sencillo, ella es una infeliz, una pobre ignorante. Así que con el camisón y las bragas en la mano, le dije que la había sorprendido, que era inútil que lo negase y que le daba una oportunidad de salir bien parada. Las huellas de su amante estaban allí y se las iba a enviar a mi amigo Jacinto que trabajaba en el laboratorio de la policía científica, en Madrid. En pocas horas me daría todos los datos. Se lo tragó todo. Le di de plazo hasta hoy. Le aseguré que Jacinto me llamaría a las siete, que si ella no me lo decía antes más le valdría no haber nacido. Está muerta de miedo. Estoy seguro que de un momento a otro me va a llamar y lo confesará todo. La conozco bien. Y en cuanto sepa quién es, ese me las paga, te lo juro. ¿Comprendes mi nerviosismo? En cualquier momento sonará el móvil y… te puedes apostar que a ese tío le van a quedar pocas ganas de usar lo que lleva entre las piernas para el resto de su puerca vida…
Y al tiempo que lo dice muestra una navaja de afeitar, de esas tan afiladas que cortan un pelo en el aire. Sin aire se ha quedado Javier, y todo lo que tiene en la entrepierna le ha desaparecido de golpe, como si ya no existiera. Su cara es un pingajo de carne blanquiazul… Suena un móvil, Venancio echa la mano al bolsillo, saca su teléfono y dice triunfante: “¡Es ella!”. Y el seductor, varonil y recio ganador, el galán de pacotilla, da un brinco y sale de estampida, tirando la banqueta al suelo y atropellando todo lo que encuentra a su paso.