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153- Mis anginas. Por Nesteia

Regreso al pueblo y la primavera que ha vestido de verde sus bosques y sus montes me retrotraen a otro tiempo, a otro momento de mi feliz infancia.

Tenía cuatro años cuando por primera vez me monté en un autobús debido a que tenían que extirparme las anginas en la capital.

Lo que podía considerarse un episodio triste, resultó ser toda una fiesta. Al fin iba a bajar a la ciudad de la que constantemente oía hablar.

Mi expectación los días previos al viaje aumentaba. Vivía un estado de nerviosismo y excitación ante lo que consideraba toda una aventura. Mis mayores aún recuerdan el insomnio y la alteración de  mi carácter que erróneamente atribuyeron al miedo que sentía ante la intervención quirúrgica.

Era tan grande mi deseo de ver algo diferente a aquel muro de montañas que abrazaba el pueblo, que ni en un solo momento tuve presente el motivo de mi viaje, esa faringitis que me postraba en la cama frecuentemente.

Llego al fin el día señalado en el que tenía que coger aquel “coche de línea” viejo, sucio, destartalado, el mismo que tantas veces había visto parar en la alhóndiga para recoger y dejar viajeros y equipajes.

Aun recuerdo a Rosendo, era el revisor. En el pueblo lo conocíamos con el apodo de “el renegón” y hacía honor al mismo.

Nada más subir al autobús y sentarme en el asiento, Rosendo me grito un par de veces: “estate formal”. Pero yo una niña de cuatro años no podía parar quieta, fue la sonrisa de mi madre la que logro tranquilizarme.

Poco a poco fuimos dejando atrás montañas.

En la medida en que el coche bajaba, ante mi vista fueron apareciendo grandes extensiones de terrenos llanos, llenos de árboles frutales y caminos. Todo ello me impresiono grandemente. Esta visión fue uno de los grandes descubrimientos de mi infancia, el primero.

Ya en la ciudad no podía asimilar todo lo que veía, tan nuevo para mí. Casas, coches, calles, bullicio.

Al fin llegamos a la consulta del médico que debía operarme.

Lo que recuerdo de aquel lugar es lo más parecido a una barbería. La sala era rectangular, espaciosa, con un enorme espejo que ocupaba toda la pared frontal y soportaba una repisa con varios instrumentos, que ahora se que eran utensilios médicos propios de la época. Los sillones tenían un rojo chillón, y se regulaban en altura y posición.

El médico que vestía una bata blanca con una especie de delantal, me hizo sentar en una de esas butacas y me colocó un babero enorme, inclinó mi cabeza hacía atrás y procedió.

No recuerdo una queja de dolor por mi parte.

Una vez extraídas las anginas, el doctor me condujo a una puerta tras la que había un cuartucho cuadrado, sin ventilación, con una especie de inodoro de esos antiguos pegados al suelo, lleno de sangre en el que me hizo escupir. Esa imagen me ha acompañado en muchas de mis pesadillas.

Salimos de la consulta con la recomendación de que no comiera nada salvo algún helado.

La recompensa llegó entonces en forma de cucurucho y sabor a nata.

Mi madre para premiar lo poco que había protestado me compró una gran caja de bombones con una tapa pintada de flores en rosas y lilas. Antes me advirtió que no debía de comer ninguno hasta encontrarme mejor.

Regresamos al pueblo. El viaje de vuelta ya no lo hice entretenida en el paisaje. Mis ojos no se apartaban de aquella caja de chocolates.

Ya en casa me acostaron, la caja conmigo bajo las sabanas.

Apenas me quede sola, abrí aquel “tesoro” y comencé a comer un bombón tras otro.

No fue el empacho lo que alarmo a mis padres. La hemorragia y la fiebre que me sobrevino tras la ingesta hicieron pensar a mi familia en la gravedad de mi estado.

La localidad contaba con un médico que atendía varios pueblos, aquél día no estaba en el mío.

Todos temieron lo peor, barruntaron la tragedia.

Estaba anocheciendo cuando el médico y el practicante se presentaron en casa y me salvaron.

Cuentan que días después continúe haciendo travesuras y fantaseando con aquella “excursión” a la ciudad.

Aquel viaje me sirvió para conocer un mundo desconocido, novedoso, algo que no tenía nada que ver con todo lo que rodeaba mi vida diaria.

Ese trayecto de ida y vuelta lo he repetido a lo largo de mi vida en muchas ocasiones,  pero jamás lo he sentido tan intenso y tan lleno de sensaciones como aquella primera vez.  Eran los ojos de una niña despertando a algo nuevo.