- 7 Certamen de Narrativa Breve 2010 - https://www.canal-literatura.com/7certamen -

131-Qué desfachatez. Por Dominose U

La ciudad aún dormitaba, paciente, confiando ver teñirse de color  -una vez más-los tejados de las casas… Pero él,  y sobre un andamio, hacía ya tiempo que trabajaba. 

De nuevo  la sintió llegar. Muchas madrugadas la contemplaba caminar, siempre agotada, dirigiéndose  de vuelta al hogar desde la vieja fábrica. Cada una de estas veces  aquel muchacho –y sobre el muchacho, 21 años- sentía que un ‘nosequé’, menos audible que un murmullo, algo más leve que un siseo y muy parecido a un silencio, se posaba suavemente entre ellos… Tendiendo un puente  por el que -si ellos así lo quisieran- sus miradas pudiesen cruzar.

Estaba convencido de que ella también lo notaba.

“Y una vez más –se reprochaba-, “la perderé de vista en la Plaza sin haberle dicho nada”… Pues  aunque aquel joven   estaba perdidamente enamorado -hasta del compás que su zapateo magistralmente ejecutaba-,  nunca había tenido  valor para saludarla.   “Quizá  en otro momento…”  -suspiraba, volviendo al fin a su rutinaria tarea.

Más por puro capricho  y  aquel mismo día,  quiso bajar la ocasión meciéndose en el brazo de tan bella compañía…  Y armándole de valor, provocó el destino que dijera estas palabras: 

–                Que tenga usted un buen día, Señora. 

Ella, acelerando un tanto el paso e inclinando la mirada al suelo,  le saludo a su vez con un lacónico “gracias”.

Insistió de nuevo el muchacho, con la intención -pensaba- de “robarle una sonrisa a ese ángel que pasaba” 

–                Permítame decirle –exclamó casi gritando-, y disculpe mi atrevimiento…  Pero no he podido evitar fijarme: tiene usted unos ojos verdes preciosos.   

 Si tan siquiera girarse, y con el dedo corazón alzándose cual mástil de una gran vela, se despidió a su vez ella, no  tan escuetamente  como le respondiera al principio: 

–                Por mi pueden irse, usted y sus impertinencias, a tomar por culo.

             Amanecía. Desde el otro extremo de la calle, un bribonzuelo se acercaba dando patadas a una lata de refrescos vacía. Sumergido otra vez en sus labores -y sin tratar siquiera de ocultarlas-,  el obrero no impidió que dos lágrimas resbalasen, acompasando el ritmo de los martillazos,  por su mugriento rostro…  Tan sólo dos. “Los hombres de verdad no lloran” –resolvía. 

 Pero yo juraría que esas dos inmensas gotas, habrían bastado para llenar -de nuevo-  aquella lata.