No sé cómo llegó y casi ni cuándo. Simplemente apareció en mi vida sin ser invitada, abriéndose paso, infatigablemente pero sin prisas, hasta ser dueña y señora de mi mundo. Con un afán tan extraño que, mansamente, destruía, poco a poco, todo aquello que antes me había hecho sentir vivo.
Al principio nada parecía pasar, simplemente tenía un calmado ánimo, sin fuerzas, como si siempre me acabase de despertar de una siesta, una muy larga, larga siesta, y anduviese aún en las neblinas del sueño. Todos pensaban que, simplemente, estaba melancólico, ese estar tan mío de hablar tan poco y dejarme llevar por la corriente. Algo tan fácil, tan cómodo, que casi diría cálido. Como si en mi eterna siesta perdurase en mí ese calor de las mantas que invitan a quedarse un poco más. Así que, poco a poco, sin proponérmelo, como quien toma una costumbre sin reflexionar ni un ápice antes, por pura inercia, me hice amante de Morfeo.
Adoraba esas horas, que para mí eran un instante, que me pasaba en esa “nada” que era mi mente. Ese instante de una oscuridad que no temía, esa negrura que no era fría ni caliente, ese sentimiento de seguridad, ese alto en la lucha, esa paz sin condiciones.
Sin embargo, pese a mi estrategia, que parecía resultar sin pedir jamás nada, algo empezó a fallar.
Ya no me notaban melancólico, sino retraído, ya no me notaban sin fuerzas sino sin espíritu, ya no seguía rodando la corriente sino que, desde la menor oportunidad, inventaba una excusa que siempre dejaba clara mi lástima por no seguir con el grupo de amigos pero que me era ineludible mi partir y, así, volvía a mi casa, que ya no era casa sino guarida, y volvía a firmar con Morfeo ese pacto que ya teníamos desde que el mundo es mundo y a mí me parecía tan buen trato.
Poco a poco empecé a aislarme aún más notablemente, defendiendo mi intimidad tan celosamente, de invitados y familia, que realmente llegué a creer que si el más mínimo algo se cambiase del cubil que era mi casa, el secreto y divino pacto que tenía en el altar de mi cama, se rompería. Dejándome tan indefenso como niño en soledad ante el peor de sus miedos.
Así que empecé a hacer una vida social de exclusiva supervivencia; de casa al trabajo y del trabajo a casa. La relación con mis compañeros, durante años, hasta entonces, no había sido ni buena ni mala, simplemente era. Yo hacía mi trabajo y ellos el suyo, sin embargo algo empezó a cambiar. Ya no realizaba las tareas como antes, no en el mismo tiempo. A veces me pasaba con la vista perdida tanto tiempo, sin pensar en nada, que llegaron a notármelo más de una vez. Al principio fue comentario de risas, entre mis compañeros, por mi despiste, luego, fue comentario de atención, a razón de mi lentitud y, al final, por mis errores, que rozaron la torpeza, fue comentario de recriminación.
Así fue como, cada vez que sonaba el despertador, ese sonido, era como una daga hirviente que me desgarraba el corazón; por lo que empecé a inventar, siempre que podía, excusas, que decía con pocas palabras por teléfono, eludiendo el innombrable infierno que para mí se había convertido el ir a trabajar.
Ya poco mi aspecto me importaba, por quién iba a acicalar mi imagen, que, ante el espejo, era un ser animal, despeinado y sin afeitar, que me miraba con ojos vidriosos pidiendo que me volviera a acostar. Nadie, pensaba, echaría de menos esa imagen que era yo, a nadie le debía de importar, a nadie más que a mí y a Morfeo, mi inconfesado benefactor.
Así sucedieron algunos días y sus noches, que tal vez formaron semanas, tal vez meses, rehuyendo de familia y amigos y excusándome por teléfono del trabajo, hasta que mis excusas para no ir a trabajar, pese a imaginativas y creíbles, tuvieron un límite en su credibilidad. Por lo que, una mañana, decidí ir al médico no más para alargar, con legalidad, mi ausencia del trabajo.
Realmente no sabía de qué dolencia quejarme, cualquiera me servía, con tal de amar la nada que eran mis sueños y mi no pensar en brazos de Morfeo. Esperando en la consulta traté de inventarme una dolencia cualquiera mas, al entrar a consulta, todo lo pensado se me borró de la memoria y me encontré contando que andaba cansado, sin fuerzas y sin voluntad para nada. Pese a mi espontaneidad, olvidando todo lo que tenía preparado para decirle, me dio muy buen resultado pues el médico me dijo que estaba deprimido, me recetó unos fármacos, que jamás me tomé, y me dio la baja laboral. Así fue que, tras mi curiosa victoria, entregué la baja en el trabajo y me afané en mi secreto placer, el único placer que me quedaba, arroparme con la divina manta de Morfeo y vivir un sueño eterno.
Mi alimentar se había vuelto cada vez más precario, compraba cualquier cosa que no necesitase cocinar y lo comía, siempre con el mismo ritual, de pie, al lado de un cubo de basura que de tantas cosas encima no se distinguía y con un alimentar mecánico, autómata. Como si hubiera olvidado el motivo por el que nos alimentamos, simplemente era un hábito, una costumbre que había adquirido en otra vida pues no en la que estaba viviendo. Por ello empecé a adelgazar, como si mi cuerpo no quisiera ser alimentado y mis huesos parecieran absorber lo que me quedaba de carne.
Tal vez, por perfeccionar el arte de la evasión onírica, tal vez, por alguna otra oscura suerte, ayunaba, en ocasiones, para que, por el propio hambre, la fatiga derrotara mi cuerpo y así rendirme yo también, una vez más, a la única divinidad que siempre escuchaba mis ruegos, Morfeo.
Tapé con mantas y sábanas todas las ventanas y el balcón de la casa para que la luz del día no interfiriera en el conjuro que obraba en mi guarida, desconecté el teléfono y trasladé el colchón de la cama al baño pues era el lugar más aislado donde no escuchar a los vecinos. No sé en qué momento dejé de comer, ni cuándo dejé de pasar hambre, ni cuánto tiempo pasó hasta que vinieron a buscarme.
El caso es que desperté conectado a un suero y atado a una cama hospitalaria. No sé cuánto tiempo pasé allí, ni quiénes al principio me visitaban mas, poco a poco, empezó a despejarse la neblina que gobernaba mi cabeza. Vi a familia y amigos como si hubieran pasado años que no los contemplara. Charlé mil banalidades del tiempo y sus ropas, procuré que estuvieran cómodos y nada les faltase, como el anfitrión incansable que busca agradar a todos y cada uno de los invitados. Pero no pude ocultar a mis ojos sus semblantes de tristeza. No pude obviar el hecho de que sufrían. Fue un algo que no entendí del todo entonces; si sólo Morfeo y yo existíamos dónde encajaba los labios de mi madre que temblaban mientras me hablaba, los ojos de una amiga tan brillantes, tan brillantes que ni decía palabra, dónde encajaba las largas charlas de mi padre tratando de decir algo que tenía cual nudo en la garganta, donde encajar que mi hermana no dejase de venir ni un día a llevarse las oscuras poesías que escribía. Si sólo yo y Morfeo existíamos, dónde encajar todo eso.
Me repitieron, por segunda vez, que estaba deprimido y, como estaba echado en una buena cama, no tenía prisa por ir a sitio alguno y ya tenía la baja médica, esta vez, los escuché y me tomé los fármacos.
Pasaron meses hasta que salí del hospital. Mi figura ya era otra, mis carnes habían ganado terreno a mis huesos, sin demasiada presunción pero notablemente, y el color de mi tez había cambiado, como si un amago de salud hubiera llenado mi cuerpo pero no así mi mente que estaba aún en una constante neblina de la que, sólo fugazmente, conseguía extraer de ella, sólo fugazmente, un sabor a algo parecido a la alegría. Algo parecido porque en esos momentos no recordaba qué era la alegría. A veces trataba de recordar hechos por los que me hubiera sentido feliz y, simplemente, conseguía eso, recordar dicho hecho sin evocar ni remotamente el sentir de gozo de tal momento.
A mi regreso se instaló mi hermana en mi casa y mi madre, día sí y día también, aparecía por allí y, como si fuera un ejercito de cocineras ella sola, preparaba comida suficiente para alimentar a tres regimientos que no hubieran comido por meses. Mi padre, tras solventar mi baja laboral, se propuso que camináramos paseos interminables, cual eternos peregrinos sin santuario a donde llegar, acompañados por una infatigable charla que inventaba, tan sólo, por llenar el vacío que creaba mi silencio. Silencio que me acompañaba no porque no quisiera hablar sino porque no tenía nada que decir.
Pasaron los meses como si fueran días sin entender del todo el asunto; si mi pacto con Morfeo era tan buen trato, si no más a nosotros nos importaba, qué era aquel enorme teatro que me mostraban familiares y amigos. Alguien mentía.
Pasó el tiempo, del que sólo amé sus noches, mientras me deleitaba con ese instante, que era aún mi gloria, de existir sólo en una “nada” que nada me pedía y a la que nada, aparentemente, daba. Mas alguien mentía.
Empecé a dudar de mi premisa, ese tan buen trato que por bueno no podía serlo tanto, y me percaté, casi por casualidad, de que no tenía ni idea de qué sacaba de todo esto Morfeo, qué obtendría a cambio de mi “paz”. Cuáles eran sus fines secretos, cuan benévolo realmente podía ser tal dios que con el manto de la noche adormece a los mortales, cuál podría ser su motivación. Un dios tan interesado en mis sueños. Un dios intrigado por mí, simple mortal, afanado en dormir un sueño eterno. Definitivamente alguien mentía y me propuse retar a Morfeo.
Lo eludí, al principio, despacio, para que no notara el cambio, me sentí algo cansado pero nada que detuviera mis propósitos, luego, al ver que bien me salía, fui con más descaro y eludí hasta las recomendadas siestas, afrontando la noche con aire de desafío.
De repente, una mañana, descubrí la luz del día, que era cálida como antaño recordaba y, pese a que debía de ser otoño, pues los árboles apenas tenían hojas, cantaban algunas aves al son de sus melodías. El aire era fresco y sabía a rocío y parecía todo tan brillante que se me ocurrió llamarlo colores vivos. Vivos como yo estaba, vivos como el rocío, vivos como las aves con sus nidos, vivos como sus trinos, como los árboles, aún sin hojas, como mi madre, como mi padre, como mi hermana, como mis amigos. Y, justo en ese preciso momento, supe quién era el que mentía.
Y darme cuenta de que era yo mismo me colapsó las entrañas; cuan egoísta había sido que olvidé que los amaba.