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129- El funeral del gato. Por Humo

Es una mañana fría. La humedad resbala sobre los viejos muros de la casa con la desnuda intermitencia del llanto. El agua helada se desprende del tejado para perderse luego bañando los setos que rodean el jardín, hoy más solitario que nunca jamás.

Por entre los arbustos ya no corre el gato. Ya no se clavan sus uñas en la corteza del quejumbroso limonero. Se lo ha tragado la tierra, envidiosa de su insolente belleza. Lo oculta ahora la misma noche que lo escondió de los perros, temerosa de que pudieran lastimar aquellos ojos tan inmensos como las cordilleras.

Ha dejado sus huellas por todos los rincones de la casa, donde aún parece flotar la calma de su respiración… Hasta las ratas le echan de menos, pues de puro bueno que era, jamás les hizo un solo rasguño, permitiendo que le burlaran una y otra vez mientras corría tras ellas sin intención de hacerles daño alguno.

Su silueta aparecía y desaparecía con tal meteórica rapidez, que Marina, en ocasiones, llegó a pensar que tenía poderes extraños. Revolvía la casa entera buscándole sin resultado alguno. Misteriosamente, al cabo de un rato solía aparecer, como por encanto, estirado y somnoliento en el hueco de la escalera, su lugar preferido de la casa, porque hasta allí se colaban los rayos del sol de media mañana para tostar su piel canela, enemiga declarada y acérrima del frío. Él la miraba breve desde su sonrisa escondida, y tras bostezar perezosamente en dirección a ella, volvía a enrollarse sobre sí mismo para dejarse invadir por esas fantasías que habitaban en su mundo felino. Finalmente se adentraba en quién sabe qué bellos sueños que pintaban en su rostro aquella expresión de infinita serenidad.

Ella no deja de buscarle bañada en lágrimas. Le hace falta ese cuerpo diminuto y etéreo de mirada de espuma reclamando el desayuno, y dejando bien claro que eso, necesariamente, ha de ser lo primero del día.

Hoy, a la misma hora de siempre, pone amorosamente la comida en el cuenco sabiendo que él no vendrá. Esta mañana no se acercó a su cama para robar la calidez de las sábanas blancas. No permaneció quieto a su lado como una estatua, susurrándole con la mirada que ya es hora de levantarse. No esperó a que ella abandonara la cama para saltar escaleras abajo, loco de alegría mirando por el rabillo del ojo para asegurarse de que Marina le seguía sonriente. Hoy su rabo infinito no está allí para indicarle la dirección de la cocina, ni la espera junto al cuenco vacío revolcándose juguetón en espera de que le ofrezca su comida y sus caricias.

La invade una honda desesperación que irremediablemente inunda el primer amanecer sin el gato, y no imagina nuevas horas sin esa bola de pelo reptando alrededor de su silueta para saltar a la luna.

Cada acto cotidiano devuelve su recuerdo multiplicado por mil. Hoy no crujen las hojas del jardín, de entre las que emergía como un torbellino. Cuando ella intentaba agarrarle, salía corriendo como alma que lleva el diablo, y la miraba de soslayo retándola a alcanzarle con los ojos como antorchas, en ese juego infinito del que jamás se cansaba.

Llegó de la nada, en una mañana tan fría como esta. Apareció de repente en el jardín, sucio y delgado, aunque lleno de vida detrás de los ojos chispeantes. Pero a pesar de su debilidad y del hambre que arrastraba, decidió en ese mismo instante hacer suya la casa. Pensó que este sería un lugar idílico para vivir. Una vivienda grande, un jardín bien cuidado cubierto de césped, con apetecibles árboles a los que trepar, y sin molestos perros que le persiguieran y a los que tener que domesticar…

-Sí –pensó- Me quedaré aquí… Pero faltaba solo un pequeño detalle, conocer al encargado de cuidarle y alimentarle, o sea al dueño de aquel paraíso. Pero eso no le preocupaba. Sabría muy bien como ganarse su cariño, en eso era todo un especialista.

Mas el dueño del paraíso resultó ser la dueña. Ella, al verle, se acercó sorprendida pisando las hojas del jardín que se aplastaron bajo sus pies. Pensó que el gato se asustaría, por eso se acercó con mucho sigilo para infundirle calma. Mas no fue necesario, él se quedó tan quieto como el viejo sauce, que les contemplaba sin respirar. La miró fijamente con aquellos ojos tan verdes como las esmeraldas, y luego se acercó entre maullidos lastimeros que suplicaban comida.

Cuando Marina le tomó en sus brazos, el gato entrecerró los ojos dejándose envolver por su calidez. En su interior esbozó una leve sonrisa que ella no pudo presenciar, pues los gatos no permiten que los humanos conozcan el color de su alegría. Pero la ternura que en ella se dibujó, le gritaba que ya tenía casa y comida garantizada. La cosa no podía haber salido mejor ni haber sido más fácil. Al contemplarla, Marina le pareció la mujer más hermosa del mundo detrás de aquella mirada que incendiaba el cielo azul.

Lo llevó dentro de la casa y le puso delante tanta comida que el gato no daba crédito. Durante la siguiente media hora no se escuchó otra cosa que su ronroneo agradecido y el golpeteo de sus dientes contra la comida. Apresuradamente se afanó por ir rellenando los agujeros que las últimas noches de soledad habían dejado en su minúsculo estómago aún no terminado.

Tras su sesión de baño, exhausto de hacer resbalar sus afiladas uñas sobre la indómita superficie de la bañera blanca, brillaba como si el sol surgiera desde su interior. Debajo de toda aquella mugre que ahora escapaba por el desagüe de la bañera, se escondía un festival de belleza sin medida, un alma breve, pegada hasta tal punto sobre aquella estufa que Marina le había acercado para robarle el frío, que parecía imposible que no ardiera como una brasa.

Ella rechaza una y otra vez el intento obstinado de alejar su pensamiento del gato muerto, porque no puede separarse de un recuerdo que le rompe el alma, y que al mismo tiempo llena su corazón de una amargura que ahora es necesaria.

A los pocos días de su llegada, su presencia reinaba hasta en la temperatura de la casa. En el jardín, las plantas y los árboles, se quejaban amargamente por la amenaza de aquel intruso llegado desde las profundidades del averno, que tenía unas zarpas como cuchillas y unos dientes siempre listos para morder. Tenían que soportar cada día que trepara por encima de ellas como un torbellino sin darles un instante de tregua. Disfrutaba como un enano correteando hasta caer extenuado junto al tronco del viejo limonero. A la caída de la tarde, no perdonaba jamás su merecida siesta, y solo entonces el resto de ocupantes de la casa podía descansar sin temor a nuevos sobresaltados.

Sin embargo ahora todos darían la vida por el regreso de aquel trueno de terciopelo, que en solo cuatro patas almidonadas, dos ojos como dos anillos, y un rabo destartalado y largo, acumulaba toda la inmensidad del infinito. Los pájaros se acercan como cada mañana sin poder imaginar, infelices, que cuando se posen en las ramas inmóviles del sauce, no le verán saltar presa de la crispación en su vano intento de atraparles. Que no maullará rabioso al ver que cuanto más alto alcanza, más lejos están ellos y más se divierten al ver como se enfada. En su lugar encuentran tan solo un espacio mudo, silencioso y roto. El duelo es tan inmenso que el mismo Dios baja para enterrar los tristes huesos del gato, en el funeral más doloroso que se ha celebrado jamás.

Un gato viejo y feo maúlla nerviosamente junto a la puerta del jardín. Todas las mañanas venía a verle y se marchaban juntos para hablar de sus cosas mientras paseaban por el bosque. No entiende por qué no viene su hoy su colega. Nadie se atreve a decírselo… Al cabo de un largo rato se marcha contrariado, pero seguramente mañana volverá a la misma hora para encontrarse con su amigo. Tal vez entonces, con más calma, alguien será capaz de darle la triste noticia. Hoy nadie se atreve a hacerlo, nadie puede hablar.

El amor se alarga y se multiplica. Por eso el alma del gato sobrevuela la estancia para tranquilizar a Marina, para decirle que está bien, que le han recibido en el paraíso de los gatos donde lo eterno se convierte en cotidiano. Pero ella está sola y el dolor no permite que le escuche, la mente no puede borrar esa imagen de su cuerpo sin vida. Abrazada al viejo limonero, se desprende una a una de sus lágrimas para que el rocío las recoja y las deposite a su lado, donde quiera que esté.

Sobre las colinas, a lo lejos, el sol hace brillar la misma nieve de entonces. Qué poco le gustaba la nieve… Cuando salía al jardín, veloz y despistado, sin fijarse en la blancura del suelo, resbalaba cómicamente sobre el hielo entre respingos y maldiciones. Después miraba a su alrededor con gesto de incredulidad y fastidio. Emprendía la retirada esquiando casi panza arriba, furioso al ver que no había rastro alguno de ese sol caliente que tanto amaba. Luego entraba en casa despotricando para sus adentros y odiaba a esas nubes negras que le habían privado de su desayuno de luz y aire caliente. Renegando buscaba la estufa que, aunque no tenía el brillo del sol, era al menos capaz de regenerar sus congelados huesos y devolverlos a la temperatura en la que un gato vuelve a ser gato.

Al fin cae de nuevo la noche acorralando las ventanas, en el mismo lugar donde se ahogan los funerarios gritos de dolor de la casa. Es la misma noche azul que tumbaba estrellas y refugiaba el cielo de los planetas, la misma que ahora todo lo empequeñece para congelar las sombras de un dolor sin regreso. Se ha roto el tiempo y todos los relojes se han parado. Es posible que, cuando amanezca de nuevo, el parque a lo lejos, se vuelva a llenar con el rumor de la vida que no cesa. Es posible que el sol caliente los carcomidos esqueletos de los ancianos, que derrita la nieve y que ahogue los recuerdos. Pero nunca volverá a colarse en el diminuto rincón que ocupaba la sombra del gato sobre la hierba. La muerte, como los sueños, no sabe distinguir, y para no equivocarse, se lo lleva todo, absolutamente todo…

Marina rompe el silencio con su llanto una vez más, y los espejos se van de casa para no contemplar la muerte del invierno de sus ojos. Ella ensancha los minutos en un desesperado intento de buscar el consuelo inaccesible. Esta noche no hay luna, la soledad canta desde las copas vacías de los árboles, incapaz de recorrer con los pies descalzos la distancia hasta su alma cubierta de alambres y pedruscos. No volverá, y el pecho explota como una presa desbordada, incapaz de contener la salvaje oscuridad que se come hasta el último de los lugares donde su luz felina todo lo ocupaba.

Al fin el tiempo se apodera hasta de la muerte, que roncando se marcha de la casa dejando tras de sí la pobreza más absoluta. Cuando todo finaliza, para cerrar los días venideros, un millón de grietas se esparcen por los rincones ocupando futuras soledades. Y las horas que transcurren desiguales, buscan sin encontrar la luz del amanecer que la noche se ha llevado en sus ojos.

Sordo y lento, como el dolor, el reloj se desplaza inútilmente, mientras se va descomponiendo hora tras hora sobre el fugaz crujir del minutero. Ella mira al vacío, desnuda como los pájaros que lloran amargamente, oculta de las estrellas que en esta hora no duermen…

Nada podrá existir jamás que sustituya encima de ella las pisadas del gato, que sobre su pecho profundizaban en busca del corazón…