Desde que recuerdo, y hasta hace tres días, sueño todas las noches el mismo sueño. En realidad no es siempre igual. Cambia la forma, pero lo que permanece inalterable noche a noche, es el desenlace.
Todos mis sueños terminan cuando muero.
Si algo tiene de interesante esto, es que nunca he muerto dos veces de la misma manera. Jamás dos sueños repitieron la forma en que se produce el final, y nunca se trato de suicidio.
Tampoco el sueño se repite en una misma noche, aunque me despierte y vuelva a dormir. En estos casos ya no vuelvo a soñar nada.
Dado que tengo setenta y cuatro años y unos sesenta y cinco por lo menos de soñar mi muerte, a una por noche nos daría un total de …….. maneras diferentes de morir.
Un accidente de auto, ahogado, una caída.
Los sueños son tan reales, que llegué a hacer cosas increíbles.
Una noche por ejemplo, soñé que moría en la guillotina, y al despertar fui directamente a mirarme en el espejo del baño, con el temor de no ver reflejada mi cabeza en el.
La noche que me toco morir quemado en un incendio, desperté y me bañe con agua fría, ya que me parecía, aun despierto, sentir el calor de las llamas.
Los sueños fueron sufriendo cambios, acordes a las transformaciones naturales que me producía el paso de los años.
Recuerdo haber muerto al golpear mi cabeza en una columna del patio de mi casa, andando en triciclo.
O con mi cuello enredado por las cadenas de una hamaca de la plaza. O al caer de un sube y baja en vaya a saber que jardín.
Mas tarde, entre los doce y los dieciocho años, moría atropellado por un auto, en mi bicicleta, o ahogado en la pileta del club.
Con el tiempo, la bicicleta era reemplazada por una moto, y el auto, por un camión, para más tarde ser un auto en lugar de la moto, y un tren en lugar del camión.
Llegó un momento, debe haber sido cuando tenia alrededor de veinticinco años, en que pensé que ya había muerto de todas las maneras posibles. Que ya no había ninguna forma de morir que yo no hubiera experimentado en mis sueños. Pero llegaba la noche, y soñaba alguna muerte nueva. Incluso sufría muertes que ni siquiera sabia que existían. Formas de morir que conocía a medida que las iba soñando y que jamás había imaginado.
O soñar que moría estrellado al caer el avión en que viajaba, o ahogado al hundirse el crucero en el que navegaba, cuando en realidad jamás estuve cerca de subir a un avión y mucho menos a un barco.
Cuando tenía más o menos treinta años logre encontrar la forma de dominar mis sueños. Mejor dicho la manera de manejar mi presencia en ellos tratando de cambiar el desenlace previsible. Pero tomara la decisión que tomara, el sueño siempre se salía con la suya y terminaba irremediablemente en mi muerte.
Una noche soñaba que estaba escalando el Aconcagua. Cerca ya de la cima, caminaba directamente hacia el borde de un precipicio. Con el propósito de evitar caer en el, me senté en el suelo decidido a quedarme así hasta despertarme. Pero apenas unos instantes después fui sepultado por un alud.
Además los sueños tenían la ventaja de lo inverosímil. Lo fantástico. La cuota de imposible que tiene todo lo soñado.
Por ejemplo, en uno de ellos iba manejando por una ruta desierta y aparentemente carente de curva alguna. Solo las luces de los autos que circulaban delante y detrás del mío. Era de noche. De repente me atrapo una densa niebla que me impedía ver más allá del parabrisas. Seguro de que en un momento chocaría con el vehiculo que circulaba delante y me atropellaría el que vendería atrás, frene y abandone el coche corriendo hacia un costado del camino.
El choque fue tremendo y yo estaba a salvo. Entonces me di cuenta que el terreno bajo mis pies cedía y yo me hundía en el. Estaba atrapado en una ciénaga.
Por este y por muchos sueños como este comprendí que era imposible vencerlos. Tenían vida propia y el poder suficiente para cambiar lo que fuera necesario o llegado el caso improvisar, con tal de cumplir el objetivo.
Entonces, cuando cumplí mis cincuenta años, decidí de ahí en adelante jugar con ellos.
Tomaba todos los recaudos posibles en cada sueño, tratando de vitar la muerte la mayor cantidad de veces posible en cada sueño, como un desafío por ver quien de los dos era más inteligente.
Aunque nunca logre vencerlo, hubo ocasiones en las que logre evadir mi deceso hasta cuatro veces en un mismo sueño.
En uno de ellos estaba en un departamento de un séptimo piso, apoyado en la baranda del balcón que daba a la calle.
Al pensar en el peligro, entre corriendo al interior, al tiempo que a mis espaldas la baranda cedía y quedaba colgando hacia el vacío. Para mas seguridad decidí abandonar el lugar. Llame un ascensor pero me arrepentí y preferí bajar por las escaleras. A mitad de camino escuche un estruendo y al llegar a planta baja vi los restos del ascensor luego de haber caído.
Comprendí que el edificio quería matarme y salí despedido hacia la calle. Me frene sobre el cordón de la vereda y sentí casi en la cara el colectivo que me hubiera arrollado si seguía corriendo. Instintivamente retrocedí hacia la puerta que un momento antes había atravesado al salir.
Escuche un ruido y mire hacia arriba, justo cuando la baranda, ya desprendida por completo del balcón me caía encima.
De esa manera seguí hasta ahora.
El último sueño que tuve fue hace tres días.
Fue la muerte más sencilla de todas las que soñé hasta ahora y no tuve oportunidad de tratar de evitarla. Moria en mi cama, mientras dormía boca arriba.
No se los motivos.
Lo extraño es que desde entonces llevo tres días sin soñar, pero también sin dormir y sin poder moverme, mirando fijamente el techo de mi dormitorio.