¡Qué maldita costumbre la mía!, pensó para sus adentros. Siempre con el tiempo justo, se recriminó. Ya le había faltado ayer. Hoy no podría. Nunca le había fallado anteriormente, y no volvería a repetir el error. Se puso la mejor camisa, como lo hacía cada vez que iba a verla. Maldijo al ver sus zapatos con un poco de barro en las puntas. ¡Se le hacía tarde! Rápido fue a la cocina y sacó de debajo de la pileta el cajoncito del lustre. Un par de pasadas del cepillo dejaron relucientes los zapatos otra vez. Se miró en el espejo, se acomodó un poco el flequillo y por fin salió, no sin antes pasar por el jardín y cortar la más bella de las rosas rojas que cultivaba con tanto empeño.
El sol primaveral calentaba tibiamente las calles. Estoy bien así, pensó, seguro que no voy a tener calor. Los pasos rápidos sonaban apagados por la gramilla de las veredas. Tenía que llegar en no más de diez minutos. Seguro ella ya lo estaría esperando.
Ella. María. ¿Desde cuando hacía que la conocía? Ya ni lo recordaba. Desde siempre, seguro. ¡Hay María! ¡La más linda del pueblo! ¡Y justo en él se había fijado! Nadie podía creerlo. Él, Juan, el hijo del humilde zapatero. Ella, María, la hija de la maestra. La Primera Princesa del Baile de Primavera con el hijo del zapatero remendón. Impensado, realmente…
Tropezó al cruzar la calle y en un verdadero acto de malabarismo evitó que la rosa cayera de sus manos. Pero una espina terminó clavándosele en el dedo índice. Vio como la gota de sangre poco a poco se agrandaba, hasta terminar goteando en la tierra seca. Un mal recuerdo se le vino a la mente. No. No, dijo, sacudiendo la cabeza, tratando de ahuyentarlo. Se chupó el dedo sintiendo el salado sabor de la sangre, respiró profundo, y siguió su marcha. Faltaban sólo tres cuadras para estar con ella…
No quiso que otro mal recuerdo volviera a golpearlo. Se dijo asimismo que se tenía que obligar a pensar en cosas lindas, bellas. María, por ejemplo. La sonrisa más hermosa de la tierra. Esa era la sonrisa de María. Dulce. Siempre dispuesta a mostrar su afable sonrisa. ¡Lo que le había costado que ella le dijera que sí, cuando le pidió que lo acompañara al Baile de la Primavera! Recordaba cada palabra. Cada gesto. Todo lo que se dijeron aquella tarde de hacía ya tanto tiempo….
Dos cuadras más y llegaba.
-¡Adiós Don Braulio!- saludó al fontanero. Viejo malicioso, pensó Juan para sus adentros, había que estar controlando todo lo que hacía cuando venía a arreglarte algún caño de agua, porque podía llegar a hacer un desastre. Y bueno… es lo que había…
Dobló la esquina con su rosa en la mano, y casi se choca de frente con Doña Rosalía, la costurera.
-¡Disculpe, disculpe! Es que estoy un poco apurado. Voy a ver a María- le dijo a la pobre anciana, la que le devolvió una mirada de ternura y condescendencia… mientras sacudía la cabeza, como si no pudiera entender.
Ya está. Una cuadra más y llego, se dijo asimismo Juan. Esos últimos metros los hizo casi al trote. La mañana rebosaba de sol. Subió los tres escalones. Dobló a la derecha. Luego a la izquierda. Y allí estaba ella, radiante como esa misma mañana.
-¡Hola María! ¿Cómo estas? Antes que nada quería pedirte disculpas porque no pude venir ayer, a pesar de que te lo había prometido- dijo Juan.
María contestó con su sonrisa.
-Es que tuve que quedarme con el viejo. No anda muy bien. Lo operan la semana que viene. Por fin se decidió. Hacía rato que tenía que haberlo hecho, pero bueno, ya sabes como es. En parte lo entiendo. Está grande y tiene miedo de quedarse en la operación…-dijo Juan, dándole a esta última frase un dejo de gravedad y tristeza.
María sólo sonreía.
El viento soplaba entre los cipreses, haciéndolos hablar de una manera lóbrega y triste. Se quedaron callados un largo rato, “mirándose” los dos…
Juan prosiguió:
-Bueno, ya me tengo que ir. Me esperan en el negocio. Y no quiero llegar tarde.
María sonreía en silencio.
-Te prometo que mañana vuelvo sin falta. Te amo… por siempre- le dijo Juan al mismo tiempo que dejaba sobre la fría lápida la eterna rosa roja de todos los días.
Y mientras Juan se alejaba, María, desde su foto color sepia, le regalaba su eterna y dulce sonrisa…