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126- Azul Prusia. Por Paulova

Cuando el ron añejo de Barbados llegó hasta la mitad del vaso el hielo crujió con estrépito. Roque apretaba el vaso de cristal tallado con la mano fría. Bebía a sorbos largos y pausados sentado en su mullido sillón de piel. Terminó de soltarse el nudo de la corbata y la lanzó al suelo. La mirada permanecía fija en un punto de la pared donde colgaba un paisaje al óleo. Entre los visillos de encaje se filtraban los primeros claros del día. El teléfono sonaba por enésima vez desde la noche anterior, no lo cogería aún. Ya lo tenía todo pensado. Acabaría la copa y solo entonces contestaría.
— Roque, te he llamado muchas veces.
— Perdona, anoche me acosté pronto. Me dolía la cabeza.
— ¿Puedo hablar con mi hermana?
— No está.
— ¿Puedes decirme donde está, por favor?
— Se marchó a casa de tus padres.
—¿ Estás seguro?
— Eso fue lo que me dijo.
Hubo un silencio. Roque agitó los trozos de hielo que quedaban en el vaso y se mojó los labios, después de mordisquear un trocito.
— No está allí — contestó Marta, intentando que los malos pensamientos no se reflejaran en su tono de voz. “Tengo que tener calma”, pensaba.
— Me habrá mentido.
Marta cerró los ojos y respiró hondo.
— Mi hermana nunca te ha mentido.
—¿Qué sabrás tú?
— Mucho, sé mucho. Más de lo que imaginas.
— ¿Qué quieres decir?
— ¿Le ha sucedido algo a mi hermana? Me extraña que la dejaras ir sola.
— ¿Por qué dices eso? ¿Qué insinúas?
— No me contesta al teléfono, y la he llamado muchas veces. Siempre sale el buzón de voz. No es normal. Estoy preocupada. Creo que le ha ocurrido algo — dijo Marta sin querer responder directamente a su cuñado.
Marta estaba intranquila. Esperaba impaciente en la estación mirando las agujas del reloj colgado sobre la ventanilla donde se expedían los billetes. Con cinco minutos de retraso, el tren al que Lola debía haber subido horas antes huyendo de su marido entraba en la estación, sin embargo, Lola no bajó de él. Entonces empezó a llamarla al móvil muy nerviosa, pero no lo descolgaba, estuvo insistiendo hasta que recibió el mensaje de su hermana: “Cambio de planes, todo bien. Hablamos. Besos”. Desde entonces el teléfono estaba apagado. Por la mañana lo había intentado otra vez pero sin resultado.
— ¿Qué le podría ocurrir? — dijo Roque con voz tranquila.
Marta ya no pudo ni quiso soportar más la farsa que su cuñado se empeñaba en continuar, desde que contestó la llamada. Ni un atisbo de duda asomó a su conversación. Ni un resquicio de titubeo en sus respuestas, y eso era, precisamente, lo que la indignó.
— Lo sabes todo y actúas como un cínico. Déjate de farsas. Estás enfermo. Pobre Lola.
— Cuidadito con lo que dices, zorra. Sois todas iguales. No sois de fiar ninguna.
— Sé que le has hecho algo a mi hermana — dijo Marta entre sollozos —. Ella estaba amargada. Solo quería ser feliz…
Horas antes el teléfono de su mujer no había dejado de sonar en el piso de arriba una y otra vez. Era Marta que llamaba insistentemente. Al final consiguió que parara durante unas horas enviando un mensaje con él, como si fuera Lola. Después lo apagó.
— ¡ Mi hermana ha vivido un infierno a tu lado!
— No sabes ni lo que dices. Ella es muy feliz.
— No te creo. ¡Eres un maldito monstruo!
Consciente de lo que acababa de hacer, Roque entró en el salón y se dejó caer en el sillón, abatido y sereno. No había tenido elección. Entonces volvió a leer la carta estrujada que aún apretaba en su mano.
“Te dejo. Junto a ti he pasado los peores años de mi vida, ahora tengo fuerzas para decírtelo aunque sea por carta, y valor para marcharme. No me llevo nada, solo mis lienzos, no quiero nada tuyo. No me busques, ni me llames. Ya no puedo más con tus celos, con tus persecuciones, con tu desconfianza, eres un enfermo y no te das cuenta de que eso ha acabado con nuestra felicidad. Sólo quiero que me olvides para siempre, yo haré el mayor esfuerzo de mi vida por desterrar estos últimos cinco años de tormento. Voy a empezar a vivir olvidando que alguna vez estuve casada contigo y después seré feliz”
Roque había salido del trabajo dos horas antes para ver la final europea de su equipo de fútbol y al llegar a casa se dirigió directamente al salón para encender la tele. Mientras con una mano se aflojaba el nudo de la corbata con la otra dejaba el porta documentos. Bajo el mando, junto a la foto de boda estaba el sobre. Lo abrió. Oyó un ruido de tacones apresurados. Subió por las escaleras loco de rabia y se encontró de frente con el rostro asustado y pálido de su mujer, que sobresaltada dio un grito de terror y retrocedió. Tropezó con la maleta azul, azul Prusia, cargada de esperanzas y de ilusiones. Cuando la vio en la tienda reconoció de inmediato el color que había utilizado para pintar el cielo en una de sus pinturas. Había pasado mucho tiempo de aquello, fueron tiempos felices. Era un bonito color para su nueva vida.
— ¿Puedo saber qué coño haces? ¿Dónde crees que vas? — gritó Roque amenazándola con el puño.
— No te pongas nervioso, cariño. Voy a casa de mis padres. Mi madre ha llamado para decirme que mi padre está peor y salgo rápidamente. Te lo iba a decir ahora — se excusó Lola, encogiéndose como un ovillo junto a la maleta.
— ¿Ibas a abandonarme? ¿Quién crees que eres? ¡No eres nadie sin mí! ¡No eres nada! ¡Solo escoria! ¡Nadie te querrá como yo! ¡Maldita zorra!
Lola reconoció en la mano que Roque alzaba, la carta que hacía dos minutos había dejado junto a la tele, pensando que cuando horas más tarde regresara del trabajo y la leyera, ella estaría a muchos kilómetros de distancia.
— No, por favor, déjame que te explique… —suplicó Lola.
Un golpe seco la derribó. El corazón parecía desbocado. Un sudor helado la estremeció. Oyó como se partía su cráneo contra el suelo. Su mirada extraviada no reconoció la maleta. Y de pronto todo era azul, de un azul intenso y por un instante fugaz creyó que volaba libre, feliz, por un cielo pintado al óleo con azul Prusia. Cruzó el riachuelo que hay detrás de la cabaña, dejando a un lado los cinco sauces que bordeaban el sendero de tierra, para fundirse con las nubes más allá de las montañas. Pero sin saber de donde, apareció una niebla espesa y triste y el azul del fondo se volvió más oscuro, tan oscuro que parecía negro y entonces tuvo un último segundo de lucidez para entender que aquel era el final y que nunca volvería a ser feliz.