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119- Salí a Buscar a mi Abuela. Por Sara Lucas

Todavía me acuerdo, de esa noción femenina e impaciente perdida en sus bosques mentales. Quizás, originalmente contenida por esa luciérnaga nocturna experta en las visitarla a primeras horas matutina. A ratos, parecía vivir en los caminos del recuerdo cuyos senderos, podían interrogar su protagonismo con la realidad. A diario su arbitraria figura ligada a un viento melancólico sostenía una frecuencia en sus ojos desigual al resto de los mortales comparables tan solo, al enigma que escondían sus pálidos labios, de desmayadas comisuras; siendo un diagrama imposible de plasmar en un lienzo para la posteridad ni siquiera por el mismísimo Leonardo Da Vinci.

Curiosamente  siempre cerraba los párpados a la hora del té, y permanecía inmóvil viendo con sus pupilas hacia adentro, se alojaba  en un lugar misterioso en el que nadie podía llegar. Y yo juraba que era ciega, pero mi padre apretando su mandíbula de ladrillo afirmaba lo contrario, maldiciendo cada vez que ella hacia eso, le pedía a mi madre llevarla al jardín a aspirar los lirios y gardenias cuando ella entablaba un dialogo con los faros, mi padre salía al corredor a emprender una dura polémica consigo mismo sobre las consecuencias de intérnala en un centro geriátrico o en una costosa casa de salud para octogenarios curtidos en vaguedad. Sin embargo, advirtiéndola imaginaba una avalancha memoriosa descubriéndola a una situación inevitable, inadmisible para ella pero tal vez de cierta forma amparable mediante cierto tratamiento psiquiátrico. Valdría la pena poder sacudirla de su estado nebuloso y acercarla a los seres que la aman. Y aunque no estaba muy segura exactamente de nada, mi madre sufría como si fuese su hija real lamentando la estrofa triste inhibida en su actitud. Mi padre en cambio, generalmente renegaba el catalogo de la sangre circulante en sus venas. Tronaba en forma altisonante, la permanente guerra con su obligación de hijo descalificado para interpretar el monosílabo en el que se tornaba el ser que le dio la vida, todos los días a la misma hora asistiendo puntualmente a la idéntica invitación únicamente admitida por ella, lo desquiciaba. Maldecía en consecuencia, la remota posibilidad patrimonial de volverse loco o peor aún que yo forjada por la convivencia termine siéndolo, porque así la consideraba a diferencia de mamá quien en una enorme abreviatura se remitía a identificarla como enferma. Paradójicamente resultaba el gran aturdido mi padre. La misma jornada demostrando el mayor desasosiego sacó una botella de contenido amarillento, entre efusivas imprecaciones detenido al fantasma de su madre  transfigurado en esas horas irrecuperables de insania para él, tocaba la irrealidad momentánea de su madre como una especie de sopor elevándola a los confines disciplinados del hemisferio infinito. Y solo allí, oprimiendo el cuerpo cilíndrico pero liberador de condenas devolvía la vista al frasco, ebrio de impotencia, terminaba por arrojarla al basurero pretendiendo eliminar futuras nulidades a su vano intento por pensar en una solución que la mejore y no lo envenene como réplica por su ineptitud.

La luna era muy blanca y la noche en torno suyo extremadamente azul, el agua mansa de mi madre dormía quieta junto al fuego ardiente compuesto por mi progenitor, infalible a un día de queja nocturna por el desliz de conservarla flotando en brumas abstrusas, mas mi tierna madre, en automático lo calmaba empleando términos dulces para sus agrios sueños. Afortunadamente retornaba al solaz descanso poco más o menos instantáneamente. Desestimando sus padecimientos, me acomodé entonces como lo hacía, envolviendo el invierno más férreo en mis catorce primaveras, al estilo de un capullo. No obstante, a los ojos maternos cuando ingresaba a mi habitación me decía que solo me faltaba embalsamarme para transmutarme en un fardo milenario con lo cual me tumbaba de risa y hacía mas llevadera nuestra relación entre madre e hija. Creo que seguí durmiendo por espacio de una hora hasta que en unos minutos imborrables a mi memoria justo cuando en mi vaporosa quimera el público me daba la bienvenida aplaudiendo mientras luces violetas y añiles eléctricas todas apuntaban a mi silueta espaciada como una pantera sobre la superficie del escenario, las primeras notas del conjunto musical comenzaban a sonar en los compases múltiples para detonar mi sensualidad explosiva en mi planeada interpretación. Pero, por un raro capricho del destino, en lo mejor de mi show un sonido menos fuerte pero palpablemente real  y próximo se tradujo en la puerta que se abría con chirrido agudo que hizo papilla mis sueños estelares. Segundo a segundo, por debajo de mi habitación creció la inquietud reconociendo los perceptibles pasos planos plantados por mi abuela al caminar con un ruido característico como si  avanzara de talones, cada paso dado era un agujero que se quejaba en voz alta.

-¡Mi abuela!- pensé- ¿Para qué se habrá levantado a esta hora de la madrugada?

De manera que decidida a alcanzarla apenas pude enganchar las babuchas y a medio poner corrí a las escaleras y logré verla salir con la mirada puesta en la Diana entre humos madrugadores se colaba su luz inspiradora y romántica tangencialmente a través del umbral abierto y por mas que grité, ella sorda a mi vocablo continuó su comando abandonando la fortaleza familiar en pos del cristal superior de doctrina indocumentada guiándola desde su techumbre decorada de estrellas fulgurantes cual aretes de plata sobre un rostro moreno. Apresurada e irresoluta entre derivaciones dubitativas, en vez de entrar al dormitorio de mis padres para ponerlos en autos de los acontecimientos, sin siquiera considerarlo, salí a buscar a mi abuela. Y una y otra vez espantosas ráfagas de céfiro jugueteaba con mi cabello alzándolo por arriba de mis orejas, me percaté a tiempo que también lo hacía con las longitudes de mi escote ensanchándolo inescrupulosamente. Sentí alguna incomodidad y me tome las puntas de las cintas rojas para anudarlas con un lazo simple y de paso cubrirme un poco mi pecosa delantera talla 34- B increscendo en plena adolescencia. Al tanto, la vista me indicó que la abuela había avanzado unos cinco metros, y como nuestra casa era la última bajo las faldas del cerro, sola doblaba la esquina, rumbo al sendero fronterizo. La loma todavía le aguardaba en estado natural y se insertó dentro de la geografía vegetal con la naturalidad empleada para pasar de la sala a la cocina. En seguida con los ojos dilatados me preocupé por los probables bichos escondidos entre los arbustos y piedras brillantes encubriendo su porción mortífera de sabandijas. Un aire magnético ininteligiblemente asumió ser brújula  y se aferró a él para ir a su encuentro, trepó entre remotas frondas con el paso seguro de cualquier púber, crujiendo la hierba. El alba semejaba latir como un pulso vivo y la espesura afilada al diámetro inexplicable de una roca cuyos ángulos superaban  los doce lados alternados entre subidas y bajadas le reservaban un sitio en un circulo tan ennegrecido que no se distinguían, incluso los pensamientos. En vano ensayé ver el objeto de su sonrisa. Apenas podía sostenerme sin resbalarme por lo abrupto del terreno. Pero había algo allí posado sobre una segunda roca mas alta y menos voluminosa iba moviéndose con pasos finos bajo una condición mas bien humilde comprendí que debía quedarme como un mudo testigo a presenciar dicha logia  que la citaba con perfil urgente. A las 4:30 de la madrugada, el frío enfatizado adquiere ribetes de garúa elegante, calando en los confines óseos como estilizados alfileres para una clase privilegiada. Sacudiendo los hombros, me acomodé a un tipo de forraje escarlata sumamente perfumado de una esencia fugitivamente adorable y persuasiva. Un decima después, valiéndome solo del brazo derecho, me abstuve de llamarla, apelando al sentido común quise entender qué la seducía. Entonces, se agitaron una vez más los brazos de la abuela en pos de algo como si quisiera abrazar, pero no vi a nadie

            -¡Aquí estoy!- dijo en voz alta con unos ojos llenitos de esperanza

En forma subsiguiente se fueron resbalando pedruscos pequeños, deslizando por los zapatos de la abuela y ella con la punta los alejaba, atenuando la avidez urgida en sus manos, poco o nada le importó que la niebla exhumara su aliento reblandecido en un laberinto urdido de piedras moho y alimañas cumpliendo con la cadena alimenticia. Posteriormente dio un paso  hacia ella y surgió.

            -¡Un lobo!- dije casi en voz normal

Y el animal enfilo sus sentidos al verbo audible. Ligeramente ajena a mi presencia la abuela tenía un rostro encantando y obliteró las reservas del lobo aunque al minuto siguiente anoté que no era un lobo sino un coyote de tamaño mediano y proporciones como la de un perro pero con cara de zorro con una tonalidad muy rara de blanco y negro abarcaba todos los matices conocidos y desconocidos en el rigor comercial del color tan dispersa y extraña como una versión nueva de la creación acabada de percibir. El animal le hunde la nariz entre sus manos son un servilismo conmovedor llegué a pensar que en cualquier instante la luna legaría a gimotear. Mas la abuela, apremiada le revisa el lomo con premura y extrae un palo que luego de alzarlo descubre una hoz en un lado.

            -¡Pronto, escóndete….!- le pide y el coyote lo hace colocándose tras su espalda

No pasaron dos minutos y una manada de halcones de alas verdes y cabeza sombreada la emprendieron contra el coyote pretendiendo despedazarle el lomo con los picos y sonoros aletazos. Ella transfigurada en una guerrera noctambula guillotinaba al vuelo los cuellos y las patas  y éstas llovían a mares envueltas en un olor putrefacto, fuera de este mundo, vociferando una sola frase congelante:

            -¡Hoy imprecado pecado saldrás de mi hijo….!

            -¿mi hijo?- repetí para mis adentros es mi padre….

Ella hizo una pausa y agregó- solo siete lunas mas y serás hombre completo, se habrá acabo la maldición y todos volveremos a ser lo que fuimos

Nada tenía sentido para mí y no pude sustraerme a abandonar mi guarida y preguntarle

            -¿Acaso este coyote abuela es la maldición de mi padre?

Vigorosamente giró y dijo:

–         La muerte súbita no es un atajo para el  vivo que duerme….  matar a un padre chamán  por liberarlo de un estado comatoso es un elogio a las sombras y al yerro contaminado y acarrea estos defectos desde las sombras…..

–         ¿Por eso mi padre sufre pesadillas por las noches?

–         Es plausible…. Y por eso mismo este cariñoso coyote…. Se detuvo y dirigió nuevamente al coyote pidiéndole que vuelva la próxima luna para que en su cama no arda

La abuela permanecía dialogando a átropos con el coyote y sobre los restos rancios rezó con unción salpicando tierra y pedruscos encima de los halcones seccionados por la cabeza negra hasta que desaparecieron. Obviamente  quedé perpleja, pasmada y no poseía la mas remota explicación a lo visto; pero se sucedieron las siete lunas en el preludio de los días y esa rutina aborrecible en ambos cesó. Tanto la abuela como mi padre súbitamente alabaron sus espíritus inquebrantables y el tenue rastro de la sonrisa se hizo permanente. Pero de tanto en vez, pongo talco en los zapatos de mi madre por si acaso no la escuche cuando descorra la cortina y sus pasos avancen en el sentido al fondo de la puerta.