Ya no era el mismo desde el último brote psicótico y, a pesar de que había logrado desengancharme de la heroína y sólo fumaba algún canuto de vez en cuando, la esquizofrenia se estaba apoderando de mí y pensaba cosas muy extrañas. No controlaba del todo mis actos y mis pensamientos, vivía como en una película.
Esa mañana me había levantado con una erección, por lo menos había recuperado el apetito sexual, algo que llevaba meses sin sentir.
Ese día sólo me había levantado para coger el último porro que me quedaba y fumármelo tirado en la cama. Aunque era ya tarde aún estaba durmiendo. Pero de repente el vecino de arriba empezó a usar el taladro y me puse muy nervioso.
Tenía que irme de allí. Me vestí y salí a la calle.
La noche estaba a punto de caer y al único sitio al que podía ir era a la plazoleta donde paraban El Gaviota y sus amigos.
Había conocido al Gaviota hacía unos años y habíamos intimado en el tiempo en que estuvimos internados en el psiquiátrico penitenciario en el que nos metieron por diversos delitos pequeños. Los dos adujimos problemas mentales para eludir la cárcel.
Si no él alguno de sus colegas siempre me podrían invitar a unas caladas o venderme algún porrito. Cuando llegué estaban allí El Gaviota, El Pistolo, una chica que debía tener unos 14 o 15 años y dos jóvenes de algo más de 18 a los que apenas conocía.
-¿Qué pasa, tío? –me saludó El Gaviota chocándome la mano.
-Qué hay –lo hizo después El Pistolo.
-Mira, esta es mi prima Mayca –me dijo mi compi alado presentándome a la chica y nos dimos dos besos.
-Quillo, ¿quién me puede vender 3 euritos? –pregunté.
-Uff, bueno, te voy a echar el cable –me dijo El Pistolo y me pasó el porro que se estaba fumando y empezó a cortarme un cachito de grifa.
No me gustaba tener que ir pidiendo favores y pillar 3 euros sueltos, ya que lo mínimo que se vendían eran 10 y suficiente tiene alguien que vende droga con los problemas que le dan la ley y los yonquis como para que encima los colegas le sumemos problemas al negocio.
Pasábamos un buen rato junto a una pared y en un banco echando unas risas mientras fumábamos unos canutos. El Gaviota me estaba contando una batallita de los cursillos de fontanería que estaba haciendo por la mañana y su prima canturreaba una canción de una cantante pop comercial electrónico o dance pop o lo que fuera mientras se movía a ritmo. Los otros tres discutían sobre cilindradas de coches o tubos de escape o algo así.
Frente a la plaza un joven en un coche pitaba con la ventana abierta y los dos chicos jóvenes y El Pistolo se acercaron a él.
-¿Quién se viene a la feria? –preguntó el conductor.
-Yo voy –dijeron sin pensar los chicos jóvenes.
-Yo también –contestó mi proveedor de hachís.
-Bueno, yo iría, pero ¿y vosotros? –dijo El Gaviota–, no cabéis.
-A mí me da igual, de todos modos no quería ir, estoy cansando y no tengo dinero. Yo me fumo un porrito y me voy a mi casa –contesté yo.
-Y yo no puedo, tengo que estar en mi casa prontito, que mañana tengo que ir al insti y si no mis padres me echan una bronca que no veas.
-Bueno, pues nos vamos, mañana nos vemos –se despidieron El Gaviota y los demás.
-Adiós, primo –se despidió Mayca.
-Nos vemos –dije yo.
-¿Nos fumamos un porrito? –le pregunté a la chica cuando nos quedamos solos.
-Venga, aunque yo no fumo mucho –me respondió y nos sentamos en el banco.
Me hice el porro y se lo pasé a ella cuando le había dado unas caladas.
Ella fumó y tosió un poco.
Era abril y hacía algo de frío y no íbamos muy abrigados. La chica, con desparpajo, se agarró a mí por la cintura, y la verdad es que así se estaba mejor.
-Qué calentito estás –me dijo.
Me volvió a pasar el porro y yo le acaricié el cuello.
Era una chica guapa, y qué tiernas y prietas tenía las carnes.
-Y qué guapo eres –me dijo tocándome el pelo.
-Qué dices, tú sí que eres guapa.
-Anda ya.
Empezamos a rozarnos y a toquetearnos cada vez con más deseo y pronto yo le estaba metiendo la mano por las caderas debajo del pantalón. La niña, muy atrevida, me besó en los labios con su lengua traviesa y mi miembro no tardó en ponerse alerta y reaccionar y ella tocó con su antebrazo y su muñeca como quien no quiere la cosa la zona genital. Creo que incluso llegó a palparme el paquete.
Pronto estábamos besándonos y tocándonos de forma poco discreta para un lugar público.
-Hmmm… yo me tengo que ir ya a mi casa, que es tarde –interrumpió la joven con la respiración algo alterada.
-No te vayas aún –le dije y seguimos unos momentos.
-Bueno, ya sí me voy –dijo poco después apartándome.
-Te acompaño si quieres –me ofrecí.
-No hace falta, ¿eh?
-Sí, hija, yo te acompaño.
Camino a su casa, pasamos por un descampado que estaba vallado porque iban a empezar unas obras.
-Vamos a entrar un momento –le dije.
Parecía que no quería pero no se podía resistir. La agarré por el brazo y entramos por una esquina que tenía la verja separada.
Ya dentro empecé a tocarla y a besarla contra una pared de hormigón mientras frotaba mi entrepierna contra la suya. Le quité el sujetador y empecé a tocarle los pechos. Después le desabroché el pantalón y se lo bajé y empecé a trabajar con mi mano en los alrededores de su coño y en su raja. Humedita. Respiraba entrecortada y emitía un ah ah que le salía a de forma discontinua desde la garganta. Me bajé el pantalón y le pasé mi polla, ya dura, por el exterior de sus labios vaginales y la empecé a penetrar.
-No, no, eso no –me pidió ella cogiéndome por los hombros e intentando apartarme. Pero la agarré fuerte y aunque se resistía no tenía fuerza para liberarse y le arreé fuerte moviendo mis caderas.
Cuando ya parecía disfrutar y no tenía que luchar la agarré por las nalgas y la cintura y empecé a apretar y a adentrarme en ella sin parar. Ella miraba hacia arriba con la boca abierta y los ojos cerrados y yo le mordía la mandíbula.
Al final Mayca empezó a agitarse y menear su cintura con velocidad y me chupaba el cuello, la espalda, los hombros y cogía mi trasero para empujar más.
Pasados unos minutos noté que me iba, la saqué rápidamente y me derramé en su pierna nada más hacerlo. Tras limpiarse con la mano el dorso interior del muslo nos abrochamos la ropa sin demora, pero sin prisa, y cada uno cogió por su lado. No me gustó del todo su expresión cuando se marchaba. No sé qué pasaría cuando volviéramos a vernos.
Esa noche me dormí muy rápido, algo que no era muy normal. Pero tuve pesadillas. Estaba encerrado en un vestuario encerrado y muchos negros me pegaban con toallas. Mis padres me atropellaban con el coche y volvían hacía detrás y hacía delante y yo notaba cómo me crujían los huesos. En la plazoleta todos me escupían y me tiraban cascos de motos.
La mañana siguiente desperté y fui a la cocina. Abrí la nevera y vi unas gambas. Pelé 2 o 3 y me las comí. Al poco entró mi madre y dijo:
-Yo no me las comería, llevan ahí desde el viernes pasado.
Después las tiró.
Las gambas estaban podridas. Como mi mente.