Mi madre no soportaba ver el pan boca abajo. Las crestas y hondonadas de la hogaza debían mirar hacia el cielo, para que quedara bien claro que quienes se sentaban a su mesa eran dignos de confianza. A veces mi hermano invertía este paisaje a mitad de una colación. Disfrutaba viendo la reacción irritada y veloz de mi madre, que restauraba el orden de su pequeño mundo en menos que canta un gallo y nos recordaba que si comíamos de aquel modo, los secretos planearían sobre nuestras cabezas agriándonos la digestión y, por extensión, la existencia. Mi hermano y yo nos reíamos de su superstición. Nunca creí que pudiera ser cierta y, sin embargo, la primera vez que cené con Alberto me sorprendí a mi misma volteando el pan.
Conocí a Alberto en la celebración del cuarenta cumpleaños de Marisa. Ella nos presentó. Apenas cruzamos unas pocas palabras de cortesía. Era elegante, educado y atractivo, mucho más atractivo de lo que estaba dispuesta a confesarme, teniendo en cuenta que era poco probable que volviéramos a encontrarnos. Yo no frecuentaba las amistades de Marisa, ni sus encopetadas recepciones de ricos y guapos. La única excepción eran sus fiestas de cumpleaños, a las que había asistido desde el parvulario por expreso y ferviente deseo de la agasajada, y en las que jamás había entablado una relación que superara el filtro de unas pocas horas. No era mi mundo, ni me gustaba ni me sentía cómoda en él. Por eso, cuando un mes después vi a Alberto en la cafetería del hospital, me hice la despistada.
Me senté a una de las mesas de la esquina, de cara a la ventana, creyéndome protegida por la bata azul y el periódico. Pero me había visto entrar y no estaba dispuesto a pasarlo por alto. Se acercó por la espalda, puso sobre mi hombro una mano que casi me mata del susto y se disculpó añadiendo algo sobre que ignoraba que fuese enfermera y luego, como para igualar nuestras posiciones, dijo que era corredor de bolsa y ocupó una silla a mi lado. Se quedó hasta que agoté mi tiempo de descanso, cautivador y correcto hasta la intimidación, y en lugar de darme la mano, o dos besos, a modo de despedida, me invitó a cenar. Acepté.
Pasé el resto del día lamentando haberlo hecho. Alberto y yo juntos, cenando en un restaurante a la luz de las velas, se me antojó irreal, una subversión del orden natural de las cosas. Pero ya no podía hacer nada, se había comprometido a recogerme en casa y le había dado mi dirección sin atreverme a pedirle un número de teléfono en el que localizarle, por si acaso. Dos horas antes de la cita me preocupaba qué ponerme y la impresión que habría de causarle el barrio donde vivo. Opté por los tacones porque supuse que eran lo que convenía a la ocasión, no a mis pies y mis costumbres, y me metí en un vestido negro de recatado escote, a juego con las medias y mis pensamientos, y me senté a esperar que sonara el timbre. Fue puntual, y galante, no pareció fijarse en los desconchones de la fachada.
De camino al restaurante su hechizo fue aclarándome las ideas y cuando llegamos habían alcanzado un color aceptable para pasar una buena velada. Todo fue conforme a las más estrictas normas de urbanidad, hasta que el camarero sirvió el segundo plato, lubina al horno.
– Tiene un aspecto delicioso –dije, y Alberto la miró y después me miró a mí.
– No tanto como tú –contestó. Su voz era terciopelo, y se le encendieron los ojos.- Ahora mismo preferiría lamerte los pezones.
Me quedé petrificada. Habría salido corriendo si no fuera por los tacones. Dios mío, seguro que era un loco, un loco pervertido, no sería de extrañar, con ese trabajo, corredor de bolsa, todo el día arriba y abajo con un teléfono pegado a la oreja y la mirada saltando entre monitores, compra aquí, vende allá… ¡Por todos los demonios, había aceptado cenar con un completo desconocido! Entonces le di la vuelta al pan, las cimas y valles contra el mantel, para que quedara bien claro que no me inspiraba confianza, que ignoraba quién era, que me daba miedo. Tragué saliva y puse cara de idiota, seguro que puse cara de idiota, incapaz de hacer otra cosa que oscilar entre la estupefacción y el pánico. Alberto seguía mirándome, una sonrisa cándida prendida en sus labios. Inclinó la cabeza hacia un lado con suavidad, como si no hubiese pasado nada digno de mención.
– ¿Comemos? –dijo, y volvió la vista hacia su plato.
La lubina me sentó fatal. En parte fue debido al vino, al que me agarre como un náufrago a una tabla de madera, lo que no me ayudó en absoluto a enfrentar la sombra de nuestro yo inconfesable, que bailaba sobre la mesa dibujando en el mantel un sinfín de posibilidades, casi todas tenebrosas, si no sórdidas. Incluso ahora, después del tiempo pasado, sigo sin recordar qué hizo Alberto mientras tanto. No me atrevía a mirarle.
– Vamos, no te pongas así – se disculpó-. No pretendía asustarte, sólo quería jugar, nada más. ¿Pedimos el postre?
Entonces alcé la vista. Nunca he visto un rostro tan inocente, ni siquiera en un niño. Quizás por eso, y por el vino y los tacones, acabamos la velada en su cama.
Al día siguiente seguía viva y dispuesta a seguir jugando. Las manos, la voz, la boca, los ojos, los gestos de Alberto eran suaves, y hábiles, mucho más hábiles de lo que estaba dispuesta a confesar, de modo que las citas se fueron sucediendo, unas detrás de otras, de acuerdo con el orden natural de las cosas y de las expresiones repentinas y desvergonzadas de Alberto, a las que me resultaba harto difícil acostumbrarme, teniendo en cuenta que a veces subían tanto de tono que se quebraba el vidrio. Empecé a invertir no sólo el pan, sino los cubiertos, las servilletas… en una ocasión incluso la taza de café, que escupió sobre el platillo su poso amargo. Sin embargo, no me negué a salir con él ni una sola vez. Algo había en Alberto que vencía mis resistencias: una mano retirándome el pelo de la cara, un beso en la mejilla saciado ya el deseo, las mantas ascendiendo hasta cubrirme bien la espalda… detalles pequeños que difuminaban la estela de desasosiego que desprendían nuestros encuentros. En más de una ocasión me pregunté si alcanzaba a discernir el significado de mi afición a alterar la posición correcta de los objetos. Entonces no sabía responderme. Hoy sí, hoy sé que lo comprendía, y que le gustaba. Era, supongo, parte del juego. Un juego que se prolongó por espacio de varios meses, hasta el día en que me pidió que me vistiera como en nuestra primera cita y que esperara en casa, como entonces, a que fuera a recogerme. Fue puntual, y galante, no se fijó en los desconchones de la fachada y en cuanto el coche se puso en marcha supe que íbamos al restaurante donde volteé el pan por vez primera, las crestas y valles del pequeño bollo contra el mantel, sancionando el vuelo de la desconfianza sobre la mesa. Me sonreí, y pensé que Alberto era un romántico, que con la repetición de aquella cita inaugural pretendía una suerte de ritual corrector que garantizara nuestro futuro juntos. Será como empezar de nuevo, me dije.
La velada se desarrolló conforme a las más estrictas normas de la reiteración, hasta que el camarero sirvió el segundo plato, lubina al horno.
– Tiene un aspecto delicioso –dije, y Alberto la miró y después me miró a mí.
– No tanto como tú –contestó. Su voz era terciopelo, y se le encendieron los ojos.- Ahora mismo preferiría lamerte los pezones.
No tragué saliva ni pensé que fuera un loco pervertido, ni volteé el pan sobre la mesa. Ninguna sombra inconfesable dibujó sobre el mantel tenebrosas posibilidades y no tuve que aferrarme el vino. Le miré fijamente a los ojos y lo que vi en ellos congeló la sonrisa que iniciaban mis labios. Oscilaban entre el desagrado y la decepción, o eso me pareció.
– ¿Ocurre algo? Pareces… no sé… se te ha cambiado la cara.
– Perdona, –mintió, ahora sé que mintió- es que no me encuentro bien. Algo ha debido de sentarme mal, me duele el estómago y estoy algo mareado.
– ¿Quieres que nos vayamos?
– No, tranquila, creo que podré soportarlo.- El terciopelo de su voz me produjo dentera, como si estuviera húmedo.- Termina de cenar, por favor.
Poco después estábamos sentados en el coche. Un silencio espeso se nos había adherido a la ropa y boicoteaba mis intentos de entablar conversación. Alberto esbozó un gesto de disgusto antes de introducir la llave en el contacto. No se encontraba bien, era evidente, de modo que propuse posponer el resto de la velada para otro día con la secreta esperanza de que no aceptara, pero lo hizo. En lugar de dirigirse a su apartamento tomó la dirección que llevaba a mi casa. Cuando llegamos bajó del coche, me acompañó hasta el portal y a la luz sucia de la farola me besó en la frente. Un beso ligero y casto, como nunca me dio.
– Lo siento, nena, -dijo- lo nuestro no puede ser.