Fermín Duque aparca su Audi TT en la calle Mirador del barrio de la Aurora, consulta su reloj Dolce&Gabbana y deduce que ha llegado con tiempo de averiguar algo antes de la visita. Entra en el bar de la esquina y pide un café. El dueño del establecimiento, un cincuentón corpulento y afable, coloca el plato, la cucharilla y el azúcar delante del cliente, y se vuelve a la máquina para extraer el líquido negruzco.
-Compadre -añade Fermín Duque mientras ojea el “Marca” con disimulo-, ¿qué sabe usted del pisito ese que se vende ahí arriba?
-¿Cuál? ¿El de Modesta?… Está bien, aunque uno de los dormitorios da al patio de vecinos. Es viuda, y con la vieja en cama, no le queda otro remedio que vender.
-No comprendo- se interesa Fermín ajustando sus gafas de sol.
El hombretón se inclina sobre el mostrador y, en actitud confidente, apunta:
-No tuvieron hijos, ¿sabe? El marido era un melindroso de cuidado; yo creo que hasta perdía aceite, je, je. El caso es que ella se quiere marchar fuera. No puede sola con la vieja; una tía abuela o algo así… Está enferma… Un regalito, vaya. -Restriega el mostrador con un paño, para guardar la compostura ante el cliente.
Fermín Duque considera el dato, libera una sonrisa oculta y pide un croissant. La chica de la inmobiliaria no llegará hasta las diez, de manera que le queda tiempo de urdir su plan. “El pisito ese lo saco yo por dos duros y me traigo a mi Cari a un barrio fino…”
-¿Qué se debe, amigo?…Aquí tiene; faltan diez céntimos; es que sólo llevo billetes de cien, je, je.
El dueño del bar recoge las monedas desparramadas en el mostrador y se queda mirando al tipo con aire de Travolta que sale por la puerta (tú no has visto un billete de cien euros en tu puñetera vida).
Mujer, viuda y con una carga vieja y trabajosa… Mnnnn… un día de suerte -especula Fermín frotándose las manos.
La comercial llega apurada, se ha retrasado unos minutos. Tiene que ser ese, se dice al verlo en la puerta con sus botas de tacón cubano, su cazadora de marras y lanzando bocanadas de humo al aire. Se presenta, se disculpa y sin perder tiempo anuncia la visita a través del portero automático.
-¿Modesta?, soy Olga.
Un chasquido metálico y la puerta se abre.
Fermín echa una miradita a la entrada…
-Algo dejadilla ¿no? -señala con sorna para ir tirando del precio.
La chica se acicala la falda y elude el comentario.
El ascensor se detiene en la cuarta planta.
Modesta los recibe en la puerta: unos cincuenta años; deslucidos, eso sí. Está seca como un lápiz y tiene unas ojeras que le llegan al suelo. Saluda y los invita a pasar, en medio del aparente desánimo que la embarga.
-Modesta, ¿qué tal doña Rosario? -pregunta la joven al tiempo que descorre las cortinas del comedor, a fin de que el cliente aprecie la magnífica orientación del piso.
-Bueno, ahí anda con sus achaques y su mal genio.
Olga pide permiso a la dueña para mostrar el resto de la casa. A Fermín lo que le interesa es el precio, de manera que cualquier desperfecto que descubra será tomado en cuenta a la hora de negociar.
-Este es el dormitorio de doña Rosario -informa la chica señalando una puerta cerrada-. Es igual de amplio que las otras dos habitaciones; dispone de vestidor, aseo y armario empotrado.
Fermín comprende que no quiere molestar a la vieja, aunque no se fía. A saber si la habitación tiene humedades o, peor aún, que se trate de un cuchitril sin ventilación y poco espacioso. Si no puede acceder al cuarto, el precio tendrá que bajar mucho.
Cumplimentada la visita, se produce un silencio expectante.
En el salón, Fermín ha descubierto una joya; se trata de un panel de madera tallada con estantes, cornisa y taraceado en los cajones que debe valer una fortuna.
-Dígame, Modesta, ¿ese mueble es de roble?
La viuda le explica que fue un capricho de su difunto marido; roble tallado a mano e incrustaciones de naranjo.
-Imagino que se queda en el piso ¿no? -indaga Fermín adivinándole un valor entre diez y doce mil euros.
-Desde luego que no, señor -protesta la dueña. Este mueble me lo llevo con todo lo demás; tendré que buscar, eso sí, quien lo desmonte, porque resulta extremadamente delicado. Pero sin duda viajará conmigo.
Olga le explica al cliente que Modesta se marcha al norte, donde tiene familia. Necesita que le echen una mano con la anciana.
-Mire, a mí el pisito me gusta – apremia Fermín. Y quiero cerrar el trato ahora mismo. Claro que, aquí la patrona tendrá que hacerme una rebaja: doce mil euros menos y me lo quedo.
Modesta no parece convencida. El piso está en buena zona y las calidades de hace quince años ni se parecen a las de ahora. Además, cuando llegó doña Rosario, tuvo que adaptar uno de los baños, añadir una pileta de ducha y reforzar las ventanas con doble acristalamiento para el frío. No, no, el precio es el adecuado.
-Lo siento, señor…
La chica de la inmobiliaria interviene:
-Modesta, ¿qué le parece si descontamos seis mil eurillos?,… un millón de las antiguas pesetas; y aquí Fermín imagino que tan contento.
La viuda no está para regateos. Ella sabe que si no concurrieran estas circunstancias de apremio, el piso se vendería por encima de lo estipulado. De manera que no se aviene a negociaciones.
Vista la intransigencia, Fermín Duque decide utilizar armamento más sofisticado:
-Modesta, no sea usted así. Ahora que se marcha fuera, deshágase cuanto antes de todo lo viejo, lo que le impida comenzar otra vida. Usted aún es joven y hasta bonita.
¿Bonita?… A Modesta le ha saltado el color. ¿Cuánto hace que nadie la piropea de ese modo?… La mujer mira a Fermín con los ojos perdidos en la memoria: Una juventud solitaria, una madre dominante, un matrimonio sin calado… Si al menos hubieran tenido hijos… Pero no. Ludovico nunca estuvo por la labor. Es más, la “labor” se secó demasiado pronto; muchos años de diferencia entre ambos. Había que contentar a mamá y casarse con un hombre de apellido ilustre, soportar sus desprecios ilustres y limpiar sus babas ilustres. Un felpudo, eso es lo que ella fue; un felpudo para Ludovico, para mamá y para toda la familia. Claro que, ahora, ella lleva las riendas y no se dejará embaucar por nadie.
¿Bonita dijo?…
-¿Qué opina, Modesta?
La voz de Fermín Duque le llega como una sacudida, la rescata de los fantasmas del pasado. La mujer coloca un ajado mechón de pelo tras la oreja, deja caer los brazos sobre el entablado de la falda, encaja los dedos, estira el cuello y contesta:
-Lo siento. Si le gusta el piso, eso es lo que vale. Y no tengo nada más que decir.
Fermín Duque reconoce que sus dotes de persuasión han topado en hueso. Sin embargo, aún le queda una carta en la manga.
-De acuerdo. No se hable más —sentencia él—. ¿Cuándo dejará el piso libre?
Modesta, que no entiende de plazos, reclama angustiada la ayuda de la comercial, que enseguida adivina el apuro en sus ojos.
-Bueno…Lo normal es entregar las llaves después de la firma en el notario. Si cerramos la operación ahora, el papeleo es rápido.
-¿Una semana? – Aprieta Fermín.
-No, no. Por Dios -protesta Modesta- Yo aún no he organizado el transporte ni el embalaje. Además, ya le dije que necesito encontrar un especialista para este mueble; tardaron casi dos semanas en acoplarlo y el desmonte resultará complicado.
Fermín Duque se cruza de brazos y abre las piernas en señal de arrogancia.
-Modesta, vamos a ver… Ya que no he conseguido que me rebaje el precio, creo justo añadir una cláusula que me asegure que usted no se va a demorar más de lo estipulado en dejar el piso. Mi Cari y yo vivimos de alquiler y no podemos esperar… Veinte días. Le doy veinte días para la entrega de llaves. Y, desde luego, todo lo que no haya retirado del piso en esa fecha será mío; así quiero que conste en una de las cláusulas.
La chica de la inmobiliaria interviene ante tan drástica sentencia:
-Pero, Fermín, esta pobre mujer…
-Lo siento. Tengo el dinero y necesito el piso en veinte días.
Modesta se ha quedado inquieta. Si hubiera transigido un poco, ahora no se vería atrapada por esa irrevocable cláusula en el contrato. Reorganizarlo todo es complicado. ¿Bonita, dijo…? (y se toca la cara delante del espejo).
Los días pasan y las cajas se acumulan. No resulta fácil distribuir lo que quiere conservar y aquello de lo que necesita desprenderse. ¿Una nueva vida…?
* * *
Fermín Duque acaba de llegar. Viene con su novia del brazo; una rubia de bote y tres capas de maquillaje; ella todavía no ha visto el piso, aunque se siente orgullosa de que su novio haya sido tan listo en las negociaciones.
La chica de la inmobiliaria sale de uno de los despachos y se topa con la parejita en el pasillo.
-Enseguida nos buscan sala. El notario está terminando con otros clientes.
Un taxi se ha parado en la puerta del edificio. Modesta parece otra mujer. El azul cobalto le sienta como un guante y esas perlas que rodean su cuello le confieren una singular elegancia. Al final, ha conseguido cumplir el plazo. En cuanto firme y le entreguen su dinero todo quedará atrás, muy atrás… Ahora sí que se siente bonita.
Ya en el despacho y reunidas las partes, el notario lee de carrerilla. De vez en cuando levanta los ojos por encima de las gafas y pide aprobación. Todo en orden.
-Firmen aquí, por favor… Y aquí… Tengan, sus documentos de identidad.
Modesta ya guardó su cheque. Entrega las llaves del piso y se despide de la comercial. Ahora también lo hace de los nuevos propietarios, a los que no ha dedicado más cortesía que la indispensable en un trámite burocrático.
-Taxi!
En la avenida, las jacarandas se despliegan como un toldo de malvas y azules.
Hace un día precioso. Música de tango en el coche y destellos de sol en las ventanas. En un semáforo, Modesta abre su bolso para empolvarse la nariz. Saca el contrato y vuelve a leer la cláusula que incluyó Fermín:
“Todo lo que quede en el piso el día de la entrega de llaves, me pertenece sin derecho a ningún tipo de reclamación”.
Ahora que lo piensa…, olvidó añadir a la nota que dejó en la nevera que a doña Rosario le gusta desayunar chocolate con churros los domingos por la mañana.