Un tiempo desapacible me acompaña en mi solitario encuentro con el pasado. Sentado en la arena, con las piernas cruzadas, miro hacia el horizonte en espera de que el sol por fin se digne a aparecer entre la línea que separa el cielo del mar. Un mar embravecido de olas coronadas por restos de espuma blanca, que chocan en la orilla como queriendo avanzar hacia la ciudad dormida para despertarla con su algarabía de agua y sal.
El primer rayo de sol empieza a asomar tímidamente y hace que despierte de mi simbólica duermevela y cobre conciencia, de nuevo, de lo que he venido a hacer.
Secretamente, deslizo mis manos a ambos bolsillos del gabán para no olvidar mi tarea, y toco suavemente, para que no se deshagan en mis manos y me dejen sin mi última voluntad, una carta arrugada, amarilla por el paso del tiempo, y una cadenita de plata, reliquia de años ha.
Con la seguridad de que todo sigue en su lugar, rememoro esos días pasados con sabor a vino añejo en los que vivía despreocupado en un pueblo del interior de Alicante, de vides y olivos, de meriendas campestres en nuestra casa de campo familiar, donde todos los días eran iguales pero con matices de savia nueva a nuestro alrededor.
Días felices hasta que la desgracia, como planta trepadora, se enroscó en nuestras vidas ahogándonos en su eterno apretar.
Recuerdo esa noche, la de los primeros fríos. Tras la cena, los hombres de la casa, mi abuelo, mi padre, mi tío y mi hermano Agustín, se habían acomodado frente a la gran chimenea que presidía el salón celebrando con anís la nueva incorporación de mi hermano al mundo del trabajo, mientras las mujeres trajinaban en la cocina. A mi, que por entonces rondaría los diez años, me instaron para que me fuera a dormir, pero, con la audacia que da la juventud, me quedé agazapado en las sombras de la escalera pues no quería perderme tal celebración. Los mayores, daban consejos al más joven de cómo encarar su recién estrenado empleo en la recogida de la oliva mientras los tragos de anís iban y venían sin descanso. Transcurridos muchos minutos, y con el consiguiente desenredo de lengua y memoria que da el alcohol, el tema varió hacia temas más íntimos, y mi hermano, que hasta entonces había estado como sumido en una ensoñación, nombró por primera vez a su niña de ojos morenos.
Ese verano viajó a Cantabria con otro de nuestros tíos, el que vivía en la ciudad, para ayudarlo en unos negocios que tenía que atender en la zona. Y, en uno de esos pueblos pintorescos de cielo oscuro y aroma a salitre, paseando al amanecer por una playa de fina arena, vio a la niña más bella que jamás cruzó por su mirada; de piel blanca como la espuma de mar, caminar etéreo, pelo como la brea y ojos del color del pan moreno, recogía conchas en la orilla mientras las olas del mar derramaban su tributo en sus delgados pies descalzos, como cortesía a una princesa de cuento.
Se enamoraron nada más verse y, durante los días que permaneció en el pueblo, se aprendieron el uno al otro con miradas, palabras y hechos. Le despedida fue un hasta luego, mi hermano juró que volvería a buscarla en cuanto consiguiera un empleo para hacerla suya eternamente y ella prometió esperarlo poniendo en su mano una concha color rosa pálido con forma de corazón.
Mi hermano, enardecido ya por los efectos del anís, y con lágrimas en los ojos, mostró a todos los presentes la pequeña concha que, con su primer sueldo, había engarzado en una fina cadena de plata y, en un arrebato, se subió a la silla y la colgó de un clavo que sobresalía hacía ya años de una de las vigas de madera del techo, jurando que no lo descolgaría hasta que su niña, de ojos como el pan moreno, cruzara de su mano el umbral de la casa.
Todos rieron viendo las hazañas de Agustín y, tras tomar una última copita, se despidieron con alegres chanzas mirando la cadena que colgaba, aún tintineante, del techo de nuestro hogar.
Quizás fue su estado de ensoñación, quizás el anís en sus venas, aunque yo quiero pensar que mirando a la luna vio el rostro de su amada y quiso alcanzarla para no perderla, lo que hizo que su motocicleta se saliera de una curva y acabara en el fondo de un barranco; y necesito convencerme de que esa niña que recogía conchas a la orilla del mar, lo acompañó en su descenso hasta el último suspiro.
Poco después, abandonamos la casa y nos trasladamos al pueblo, en un intento de normalizar nuestras vidas destrozadas, y pasamos los años en un estado de semiinconsciencia de seguir hacia adelante pero, al mismo tiempo, de no olvidar el pasado.
Cuando mi madre murió, la inercia me llevó a acercarme a ella como nunca lo había hecho en mi vida, buscando entre sus cosas algún atisbo que la hiciera inmortal, y lo que encontré, fue su intento de pervivir en los sueños de su hijo fallecido. En un cajón de la mesita junto a su cama, hallé una carta de aspecto apolillado, símbolo de muchas décadas de guardar su secreto bajo llave, con letras desvaídas por las lágrimas derramadas, de la niña de ojos morenos que recogía conchas al amanecer.
A mis sesenta años, a altas horas de la noche, sus palabras me acompañan en las horas de insomnio y las percibo como mías, hasta que logre o tenga el valor de devolverlas a su legítima dueña:
“Aunque dicen que la memoria es efímera, jamás he olvidado la sinceridad de tus ojos cuando me prometiste tu amor y, si el destino ha conjurado otros caminos para separarnos, más fuertes son nuestros corazones que lucharán por volvernos a unir.
Siempre esperaré volver a verte mientras los rayos del sol sigan cada día apareciendo entre el cielo y el mar”.
“Tu niña de ojos morenos”.
Hace unas semanas que volví a la casa de campo de la familia, aún en mi poder a pesar de las ofertas de compra que me han hecho a lo largo de los años, y aunque no haya pisado dentro de sus paredes por largo tiempo, me parecería un sacrilegio el deshacerme de ella.
Prácticamente en ruinas, la maleza había acampado a su alrededor impidiendo la visión del zócalo de piedra que la circundaba. Tras cruzar el umbral, la nostalgia se apoderó de mí ser y tuve que detenerme a calmar mi respiración sofocada en un ahogo repentino de recuerdos y olores familiares fruto de mi memoria, desinhibida ahora por ese entorno de una niñez que todos ansiamos recuperar.
Entré al salón, que seguía presidido por la enorme chimenea y, antes de mirar hacia el techo, tuve que relajar mi acelerado corazón, respirar con tiento y aflojar la tensión de mis hombros.
Seguía allí. La cadenita de plata colgaba de la viga de madera meciendo, en su eterno vaivén, la pálida concha rosada símbolo del amor de mi hermano, de su felicidad, de tiempos mejores.
Y rezando una plegaria para que pudiera perdonarme por lo que iba a hacer, la descolgué para llevarla conmigo en un último viaje.
Ahora me encuentro en esa playa, con el sol elevándose poco a poco en un tapiz de colores ocres y rojizos, y la veo venir caminando descalza por la orilla asiendo, en sus arrugados dedos, una cesta de mimbre repleta de las conchas que le ha regalado el mar.
Y voy hacia ella, atisbando en sus ojos morenos, la niña que un día fue.