- 7 Certamen de Narrativa Breve 2010 - https://www.canal-literatura.com/7certamen -

80- Ritual. Por Martin Breser

El éxito debe medirse no por la posición a que una persona
 ha llegado, sino por su esfuerzo por triunfar.
BOOKER T. WASHINGTON

La verdad es que esta historia no podría empezar mejor. El gran antropólogo austríaco Martin Breser decidió llevar el extrañamiento respecto a nuestros usos y costumbres instalándose en la Isla Grande de Tierra del Fuego, en el sur de la Patagonia. Lo importante era realizar aquel trabajo de campo como se debía, de manera que no podría permitirse el hacerse pasar por un simple curioso, por un turista. Muy al contrario: se trataba precisamente de convertirse en un miembro más de aquella tribu insólita desde el punto de vista europeo. Tampoco podía precisar cuánto tiempo necesitaría para integrarse, lo mismo unos años que nada –porque cabía la posibilidad de que lo rechazasen, ya que se trataba de un clan bastante cerrado-. En el momento en el que su esposa le preguntó, arropada por los enormes e incrédulos ojos de su hijo pequeño, que cuándo volvería; cuando le dijo que se hiciera cargo de que tenía una familia, que ya no podía salir a la aventura como antaño, realmente no supo qué responder ni qué decir, así que decidió ensayar la cara de un chamán en pleno sortilegio. Detrás de su cara de arrobamiento, se cerró violentamente la puerta de casa. Martin Breser pensó que si todos los antropólogos, finalmente, decidieran quedarse en casa cuando tuvieran familia no podría avanzarse nada en el conocimiento de nuevas organizaciones familiares, de nuevas costumbres, de nuevas manifestaciones humanas desde una perspectiva diferente. Además, estaba convencido de que de nada le serviría quedarse en casa para permanecer fundido a la única perspectiva diaria de una vida determinada en un entorno limitado. Entendió que era necesaria su partida, y partió. Como entendía que el auténtico trabajo antropológico de valor era el trabajo de campo y no el naufragio bibliográfico sin más, decidió encaminar sus pasos antropológicos hacia Tierra del Fuego, habida cuenta de que se comentaba que por allí se mantenían ciertas tribus en vía de extinción por la uniformización del terreno llevada a cabo por parte del hombre blanco. Quizás fuera la última ocasión de vivir –ahí estaba la clave para él- una cultura única y, quizás, de efímera vida. Nada más llegar a la zona, comenzaron las impresionantes transformaciones, tanto en su comportamiento como en su aspecto físico. Lo primero que tuvo que hacer fue quedarse en pelota picada y buscarse una cuerdecilla para atarse los genitales. Vencía sin problemas, en principio, los prejuicios de una cultura hipócrita respecto a la desnudez del cuerpo. Por su cabeza no pasó ni por un instante la idea de que se instalaba en una cultura un tanto prehistórica o arcaica, primitiva, sino que comprendía a las claras que las culturas –entendiendo por ellas el conjunto de manifestaciones humanas de un determinado grupo de personas que conviven juntas- sencillamente eran diferentes y nadie debía situarlas en una linealidad cronológica, linealidad harto discutible por otra parte. Y es que se mimetizaba casi sin darse cuenta, con absoluta naturalidad, con un grupo humano que ya empezaba a considerarlo como uno más. Sin embargo, para ser considerado un miembro del clan era necesario que participara en el ritual que identificaba por encima de cualquier otra peculiaridad a este grupo humano. La noche antes de la celebración, el pobre Martin Breser no pudo conciliar el sueño. Ser parte de aquel ritual era ser parte de la tribu. Era difícil precisar el tiempo que llevaba allí, pero estaba claro que el objetivo se cumpliría al día siguiente, fundiéndose junto a los suyos en aquella ceremonia mágica. Después de aquel día, podría volver a casa para redactar toda una teoría antropológica basada en la experiencia y en un cuaderno de notas plagado de anotaciones y de reflexiones. La mezcla de sensaciones de iniciación y de cierre hacía imposible un estado de entrega involuntaria en manos del sueño. Por otro lado, no podía olvidar que todo el tiempo que llevaba había estado oyendo comentarios acerca de la ceremonia en cuestión. Sabía que se trataba de conjurar a los espíritus selváticos para conseguir de ellos la promesa de mantener a su pueblo siempre alejado de catástrofes naturales. Para ello, el chamán invocaría a estos espíritus en medio de una danza ceremonial y elegiría a un miembro del pueblo, un absoluto privilegiado, que haría las veces de intermediario entre el clan y los espíritus selváticos; alguien que se convertiría en el garante de aquel compromiso crucial, fruto de un cuidadísimo ritual orquestado por el sapientísimo chamán. Según llegó a saber el pobre Martin Breser, el afortunado mediador y garante se elegiría durante la danza final por parte del chamán, oído el comité de sabios, compuesto por vetustos miembros de la tribu –sabios arrugados que parecían hechos de tierra-. A pesar de las escasas horas de descanso, Martin Breser se implicaba con absoluta entrega en todos los pormenores del ritual. Durante los preparativos del mismo, no sólo se pintó el cuerpo rápidamente y llevado por una especie de éxtasis, sino que pintó por lo menos a siete u ocho miembros más con la misma inspiración. Tanta fue su entrega que, tras los bailes y cánticos pertinentes para conjurar a los espíritus, el chamán pensó que Martin Breser sería el mejor candidato para entrevistarse con los espíritus selváticos. Y así, ingirió la bebida explosiva que le preparó el chamán para su entrevista y lo cierto y verdad es que desde ese momento no era capaz de recordar nada. Sólo recordaba el momento en el que se le presentó el pueblo al completo para preguntarle cómo había ido el ansiado encuentro. Martin Breser elevó el puño izquierdo y jaleó a los circundantes, que comprendieron enseguida que el chamán, nuevamente, había elegido sabiamente. Aunque Martin estaba un poco aturdido aún, el cariño con el que lo regalaban le hizo olvidar todo. Realmente, había conseguido ser uno más. Incluso, lo habían incorporado al comité de sabios del poblado a pesar de no ser un anciano, así que decidió que saldría al día siguiente, una vez que se hubieran disipado las nubes negras que parecían cernirse sobre el poblado.

A la mañana siguiente, tras una lluvia torrencial que arrasó el poblado, y después de bajarse de los árboles los pocos supervivientes que quedaron, se reunieron de urgencia con el chamán. Martin Breser, que se salvó de auténtico milagro, vio cómo lo recibieron con los ojos encendidos y chispeantes. Después de abrazarlo intensamente y de prepararle una copiosísima comida con los víveres que quedaron tras la devastación, lo ataron a un palo enhiesto y lo despellejaron vivo entre siniestros cánticos y danzas estridentes. Los estupefactos despojos del cuerpo de Martin terminaron siendo la comida especial de los supervivientes del poblado.

Cuando una partida de aventureros encontró, mucho tiempo después, un esqueleto atado a un ruinoso poste, llegó a la conclusión de que aquellas arcaicas civilizaciones eran de lo más intolerante con el intruso.