- 7 Certamen de Narrativa Breve 2010 - https://www.canal-literatura.com/7certamen -

79-El don de callar. Por Vonegutenberg

Yo pensaba que me gustaban los aviones, fijate vos qué papa frita, pero bueno, tenía doce años, ¿no?, y ya sabés lo que es tener esa edad: andás con un alboroto en las bolas que no te deja diferenciar un amor de un catarro, ves una mina que te gusta y perdés todo sentido de ubicación, y sí, algo lindo tendría ser aviador, no te lo niego, pero hoy por hoy, te diría que lo que de verdad quería era a tu mujer. 

            Pará que te lo explico. No es que yo quisiera llevarla a la cama, entendeme. Era un amor platónico, yo quería gustarle y estar con ella. Supongo que por razones parecidas a las tuyas. Parecidas, digo, ¿eh? Porque ella era una cosa hermosa que venía de afuera, por algo la llamaban la yanqui, ¿verdad? Cinco años viviendo en los Estados Unidos, con ese look de academia californiana, con ese pelo rubio, tipo Olivia Newton-John, esos ojos azules, Gonza, ¿cuándo habíamos visto algo parecido en Necochea? Era como acercarse a esa vida que mostraban en las películas, con gente linda a la que sólo le preocupaba el chichoneo lúbrico del corazón.

            A ver, Gonza, era natural que pasara, no te creas que me siento culpable o algo parecido, pero tengo empezar por acá para que entiendas lo que vino después. Supongo que quería ser como vos. Lógico, ¿no? En tu casa escuchaba que tus amigos se tomaban un tripi y veían en el autobús que todos los pasajeros tenían la cara del Pato Donald. Me acuerdo de una habitación entera pintada de color negro y otra forrada con recortes de diarios, mientras el equipo sonaba sin descanso y una montaña de cassettes ordenados sin rigor esperaban su turno en el mueble del living. Tu casa era como el sombrero de un mago, Gonza, lleno de cosas raras y sorprendentes, y Cristina me recibía en la puerta con sólo una camiseta larga y nada debajo.

            ¿Vos te acordás, Gonza, de que estuvimos viendo Calígula en el living de tu casa; vos, tu suegro, yo, los tres sentados en el sillón mirando a los romanos completamente sacados, en un despliegue de cogindangas a cual más variada? Para mí -te imaginás-, era el no va más de la liberalidad. El mundo se ensanchaba a cien por hora y la vida era una aventura psicodélica y caliente, y yo quería ser aviador.

De esto seguro que no te acordás: a Cristina le encantaba Richard Bach y me iniciaba en sus libros. Me pasó El Don de volar, que contaba las aventuras de un piloto de avioneta, aventuras con contenido, guarda, el tipo se preguntaba por el sentido de la libertad y todas esas cosas, y yo de verdad que me lo tomaba en serio. Y después me pasó Salvador Gaviota, que no sé si hablaba de una gaviota, aunque me acuerdo del final. Creo que Salvador Gaviota le pregunta al narrador: ¿Qué cosas que no hiciste en tu vida harías si te dijeran que mañana cagás fuego? Y el tipo le enumera todos los sueños que nunca concretó, que se levantaría a la vecina esa que le hacía tun tun en el corazón, que se tiraría en paracaídas a dos mil metros de altura y vería luego un amanecer en Kentucky, ponele, y ahí Salvador Gaviota, que la tiene muy clara,  le manda así como al pasar: ¿Y porqué no lo hacés..? Fijate vos qué pelotudez, no importa si el tipo está casado y tiene ocho hijos y se están cagando todos de hambre. Y yo enloquecido con Richard Bach. Tenía que ser aviador, iba a andar por la vida con unos anteojos Rayban negros y con una chaqueta de cuero de esas que tienen piel en el cuello. Y hasta por ahí tenía un perro e íbamos a vagar por el mundo teniendo un amor en cada aeroparque. Mientras tanto, no sé si te acordás, le hinchaba tanto a los viejos, que terminaron por averiguarme cómo podía hacer para formarme como piloto de la Fuerza Aérea, porque para aprender por vía civil era muy caro, por la aero-nafta, ¿viste? Pero en mis actos, concretamente, nada. Compraba las PC Model, unas revistas españolas de aeromodelismo, y el único modelo que tuve me lo armó el hijo de una familia amiga, que se dedicaba en serio al asunto. Era uno con un motor de dos tiempos, de esos de vuelo circular, que se manejan con unos alambres a la distancia, al que nunca le compré el motor. Ni lo armé ni lo volé, ni ese ni ningún otro, y yo convencido de que me dedicaba al aeromodelismo y seguía leyendo las PC Model.

El asunto, Gonza, el asunto, es que a veces vos no estabas. Y esas veces nos tomábamos con Cristina un café con leche y escuchábamos los pajaritos mañaneros en el patio, mientras charlábamos de Richard Bach y de volar y de tener una vida libre más allá de las tontas exigencias de la vida adulta y laboral, y ninguno de los dos trabajábamos, por cierto, y por eso éramos libres y puros, y ahí, Gonza, el mundo desaparecía bajo los pies y sólo estábamos ella y yo en una nube, en un cúmulus limbus por decirte. Una paja mental, te lo admito, pero recíproca, porque Cristina sabía que yo estaba hasta las manos con ella y jugaba conmigo.  

En una de estas charlas, a lo que iba, me sacó el tema de Daniel. Vos te acordás de Daniel, ¿no?  El piloto éste que era amigo de ustedes. Una vez, un domingo, me acuerdo que fuimos con Cristina y vos al aeródromo, porque Daniel nos iba a llevar a dar una vuelta. Esa fue la primera vez que volé y creo que para vos también lo fue. Era un Piper Archer verde, ¿te acordás? Y yo tuve, no te digo que un desengaño, pero bueno, no me esperaba que el interior de un Piper se pareciera tanto a un coche.

El caso, continuando, es que, en esa ocasión, Cristina, mirándome fijamente a los ojos -¿viste cuando te mirás y te estás viendo hasta las rayitas del iris?-, me venía diciendo que había que vivir la vida y hacer lo que sentías, y ahí me manda, a mí, su cuñado y por tanto el hermano de su marido, y sin anestesia, ¿eh?, como compartiendo nomás una anécdota excitante, me manda, te decía, que había tenido una aventura con Daniel.

Me acuerdo perfectamente que lo dijo así, habló de “una aventura”, porque así éramos los de nuestra estirpe, hijos insobornables del vértigo y el cielo, y yo le habré puesto, supongo, una antológica cara de pelotudo, desconcertado por completo, porque lo que me había dicho no me entraba por ningún lado, o mejor dicho, me traspasaba de lado y no lograba encajarlo yo en ningún esquema.

El asunto no pasó a mayores, me consta, y ya te imaginarás vos por qué. Daniel se mató a los pocos meses. Viste que los fumigadores tienen que volar a baja altura para que el rociado sea efectivo, y en una de esas, al virar tan cerca del suelo, te acordarás, un ala tocó el trigo y el avión se hizo un revuelco de hierros y fuego.  

Te lo cuento ahora que pasó el tiempo. ¿Cuánto hace ya que se separaron? ¿Veinte años? Bueno, ya sé que la dejaste atrás y estás en otra, con Mariza. Pero, ¿ves?, a mi me dejó medio en orsay, aunque piense cada tanto que mi silencio fue leal a una lógica que no podía comprender. En fin, tampoco te puedo mentir en esto. Cuando pienso en Cristina la recuerdo todavía con un poco de rencor, medio desubicado, la verdad, porque yo fui tan desleal como ella, pero bueno, hete aquí el rencor.

Todavía me acuerdo de estar en la vereda de la casa de los viejos. Habíamos almorzado hacía un rato. No sé dónde estabas vos ni qué hacías. Estábamos sólo Cristina y yo sobre el césped, al lado del jeep verde que te habías comprado hacía unos meses. Era otoño me acuerdo y hacía sol, pero había mucho viento y teníamos el pelo revuelto y los árboles se bamboleaban. Casi no se veía a nadie en la calle, pero mientras estábamos conversando pasó una amiga de Cristina en bicicleta, también rubia y de ojos claros, y se paró a saludarnos. Cristina me presentó como su cuñadito y su amiga me dio un beso en el cachete. Y agregó Cristina: mi confesor. Ambas sonrieron con complicidad. La puerta del jeep estaba abierta, no sé si estaba puesta la radio. Yo me quedé mirando el suelo de la cabina del jeep y, aunque no bastara, no quise levantar la vista, esperando que el viento arrastrara sus palabras hacia la playa, que estaba ahí nomás, a tres cuadras.