Voy todos los años a celebrar la Nochebuena a casa de mi hija Emma. Ellos pasan los veranos junto a mí, en Minarez, un pueblecito de montaña a unos treinta kilómetros de la ciudad. Viven en un quinto piso de un edificio en la Gran Avenida. Es un barrio ruidoso, lleno de coches, tiendas y bares. Y un enorme parque en el que se dan cita parejas, andantes y pandillas.
Este año, como los anteriores, me invitaron. Nos sentamos a la mesa y la cena finalizó sin haber dicho nada excepcional. En el postre, Silvia trajo la bandeja con pedacitos de turrón y polvorones.
—A las once he quedado con Dani —anunció.
—Tienes quince años —afirmó Emma muy seria.
Silvia apretó los dientes y frunció el ceño, sentándose de nuevo mientras subía el volumen del televisor. Llevaba un curso escolar penoso. Había suspendido muchas asignaturas y formaba parte de una pandilla en el instituto. Sus padres culpaban a Dani, que tenía mala fama en el barrio.
—Llama a ese tipo y dile que te prohíbo salir —le dijo su padre alzando la voz.
—Ni hablar… —respondió Silvia dando una palmada sobre la mesa.
Se levantó enfadada y salió dando un portazo. Emma fue tras ella, pero la niña ya había montado en el ascensor, por lo que regresó desolada.
—¿Qué vamos a hacer? —gimoteó, mientras discutía con su marido.
Entonces, un líquido amargo me subió a la garganta, y dije furiosa:
—No es el mejor momento para discutir.
Ambos me miraron. De pronto, se oyó cómo giraba la llave en la cerradura de la puerta de la casa, y Silvia apareció de nuevo limpiándose las lágrimas.
—Ya le he dicho que se vaya —balbuceó con las mejillas coloradas.
—Bien —respondió con energía su padre.
Silvia se marchó a su cuarto con la cara descompuesta. Su madre y yo la seguimos, preguntándole qué había sucedido. Nos contó que Dani le había dicho que estaba enamorado de otra chica.
—Te advertí que no era de fiar —le recordó su madre.
Silvia, llorosa, se tumbó en su cama.
—¿Te vienes mañana al pueblo? —le pregunté con la intención de que cambiara de aires.
La chiquilla me respondió con una rotunda negativa y siguió llorando.
—Quizá te haga bien —insistí.
En ese instante levantó la cara de la almohada y me miró dubitativa.
—¡Creo que es una buena idea! —exclamó Emma—. Haz la maleta, mañana os llevaré a la estación.
—Vale… —respondió después de varias caras de hartura, como si nos hiciera un favor.
A la mañana siguiente, tras el desayuno, Emma nos dejó en la estación del tren de cercanías. Una vez acomodadas en nuestros asientos, puse mi mano sobre su brazo y ella colocó la suya sobre la mía.
Al mediodía el tren paró en Minarez. Como único equipaje Silvia llevaba una bolsa de deporte. Ese invierno era muy suave y, bajo el sol de mi pueblo, mi nieta me parecía la chiquilla más preciosa del mundo. Se estaba haciendo una mujer. La agarré del brazo mientras caminábamos hacia mi antigua casa de piedra. Al ver la fachada, los ojos azules de Silvia brillaron.
—Me acuerdo cómo el abuelo me enseñó a montar en bicicleta —dijo, entrelazando mi cintura.
Y fue entonces cuando supe que continuaba siendo mi niña.
—Abuela, me gustaría que hicieras sopa de ajo.
—Hecho —contesté con una sonrisa—. Pero primero prepararemos las camas.
Cuando terminamos, Silvia recorrió cada habitación de la casa y abrió las contraventanas de madera, dejando que la luz de finales de diciembre entrara a la vivienda. Al dirigirme al comedor, pasé por delante de ella y le acaricié la mejilla. Silvia me siguió y me ayudó a arrugar unas cuantas hojas amarillentas de diarios pasados que coloqué en la chimenea para prenderles fuego. También arrimé un poco de leña, y a los pocos segundos las llamas se hicieron más grandes y chisporroteaban. El olor a hogar inundó la habitación.
Comimos despacio y hablamos de mil cosas. Mi nieta deseaba que le volviera a contar cómo años atrás yo curaba la insolación, las indigestiones, quitaba el mal de ojo y recomendaba hierbas a los vecinos del pueblo que me visitaban. Nunca pedí dinero, pero siempre me daban la voluntad. Además, junto a mi marido, criaba gallinas y cultivaba la tierra.
Cuando terminamos de comer Silvia tenía las mejillas encendidas y estaba cansada, por lo que le toqué la frente y noté que tenía calentura. Preocupada, la ayudé a acostarse. No sé por qué estaba convencida de que alguien le había hecho mal de ojo, y recé en voz baja una oración. Después, recogí los cacharros, me puse el camisón y me tumbé en mi cama, a pesar de ser media tarde. Silvia durmió de un tirón. Sin embargo, a mí me asaltó una terrible pesadilla que me despertó en mitad de la noche y me hizo sentir el latir frenético de mi corazón.
A la mañana siguiente no recordaba el sueño, pero un malestar me recorría el cuerpo, estaba preocupada. Miré el reloj. Las manecillas marcaban las siete de la mañana, y me dirigí al dormitorio de Silvia. Le puse la mano en la frente y comprobé que no tenía fiebre, por lo que le zarandeé el hombro con suavidad. La chiquilla abrió los ojos y me miró. Después de desayunar tostadas y café con leche, nos acercamos al mercadillo que invadía las callejuelas del centro del pueblo. La mañana pasó en un suspiro, como los días posteriores. Yo era feliz porque mi nieta había recuperado la sonrisa.
Cada tarde Silvia hablaba por teléfono con su madre. En una ocasión le contó que Dani había ido a buscarla. Entonces, inesperadamente, Silvia quiso regresar, decidida a aclarar su relación. Intenté convencerla de que tomaba una decisión equivocada, porque yo intuía que ese chico no era de fiar, pero no quiso escucharme. Sus sentimientos eran profundos. Así que cogió su bolsa de deporte y, con tristeza, la acompañé hasta la estación. Se despidió de mí con un “Hasta pronto, abuela”, y caminó hasta el vagón. Entonces fue cuando me llamó la atención el brillo de su pelo negro al atardecer. Respiraba vida. Se giró y con un tierno movimiento de mano me dijo adiós. En ese mismo instante algo parecido a una descarga eléctrica me recorrió desde la nuca hasta las puntas de mis cansados pies. Tuve un mal presentimiento.
Silvia quedó con Dani la tarde de Reyes. Él fue a recogerla con el coche de su madre, aunque no tenía carné de conducir. Esa tarde llovía y, por desgracia, otro vehículo que iba en dirección contraria cruzó la medianera y perdió el control. La colisión fue brutal. Silvia, que no llevaba puesto el cinturón de seguridad, salió despedida atravesando la luna delantera. Y su cuerpo quedó sin vida sobre el húmedo asfalto, mientras la lluvia continuaba cayendo. Además, los cuerpos de ambos conductores quedaron atrapados entre el amasijo de hierros. Todos murieron. Cuando me lo contaron lloré durante horas. Me culpé por haberla dejado marchar. Lloré desesperada, porque no podía hacer nada para devolverle la vida. Y la ira se apoderó de mí, por lo que maldije al mundo. Y me maldije por no haber hecho caso de aquella corazonada. El dolor no me cabía dentro del cuerpo. Sentía como si de un momento a otro fuera a estallar.
Decidimos enterrarla en el pueblo, en el panteón familiar. En el tanatorio, expusieron su cuerpo maquillado dentro de una caja de madera. Algunos vecinos la miraban como si fuera una atracción de feria. Sus padres, con los rostros ensombrecidos por el cansancio y la pena, recibían las muestras de condolencia. Y yo, con el corazón hecho pedazos, pedí que me dejaran despedirme de ella. Arrastrando los pies, atravesé la puerta de la sala donde estaba ella, y miré su blanco rostro. Acerqué mis labios temblorosos a su frente y la besé por última vez. Luego, respiré hondo y volví a observarla. Parecía que mi niña aún dormía.