El paisaje se extendía como una enorme fotografía en blanco y negro que yo hubiese tomado en alguno de mis momentos de penumbras, que eran muchos y habituales. Tenía muchas dudas y me inquietaba la resignación con la que parecía tomarme lo que pudiera suceder. Me decía a mi misma retomando viejas lecturas de Virgilio; lo que tenga que ser ocurrirá, y nadie podrá evitarlo. Porque si de algo estaba segura es, que todos tenemos un destino y contra eso no se puede luchar, las decisiones que puedas tomar ya están previstas de antemano. Yo cerraba los ojos, tenía la brisa dándome en la cara, el coche proseguía su veloz marcha cruzando la llanura desierta, sin apenas circulación, y yo casi dormida, o mejor dicho escondida, plegada sobre mis pensamientos, escudriñaba con mi nariz el aire buscando los olores y encontraba los lejanos cipreses que parecían figuras extrañas, solitarias sobre el horizonte, olía la hierba seca condenada en enormes bolos de plástico brillante a los lados de la carretera, aspiraba el olor de mi pelo limpio indomable que se empeñaba en cubrirme con sus caricias de vuelos fallidos y me dejaba mecer por toda aquella combinación de sensaciones. Porque yo soy así, y nunca he sabido ser sólo lo que los demás ven de mí, lo que no se ve está ahí, bajo la piel.
“Me encuentro bien cuando regreso. Quizá este sea el mejor lugar del mundo para mi”.
La casa está como la dejé, hace ya siete meses. Hay polvo sobre los muebles, alguna telaraña colgada de los techos y esquinas, nada que no tenga arreglo en una mañana soleada de este verano que se anuncia cálido y un tanto indiferente para mí, ahora que él ya no está. Busco mi cartera en el bolso lleno de papeles, notas escritas con complicada caligrafía que me recuerdan las cosas que debo hacer, y pago al taxista que me sonríe un tanto aburrido de su agradable pasajera que apenas ha hablado durante la hora y media que ha durado el viaje y que ha desoído su consejo de poner el aire condicionado y ha preferido abrir la ventanilla. Le veo alejarse y me siento en uno de los peldaños de la escalera de piedra. Seguramente me observará curioso a través de su espejo retrovisor, verá como yo también empiezo a alejarme, a menguar, a reducirme, a desvanecerme hasta ser un punto indefinido sobre un fondo de colores vivos y luminosos en el lienzo inacabado de un mes de agosto, que para él no tiene más significado que el de los horarios de trabajo. Lo cierto es que no me apetece hacer nada, salvo quedarme allí y encender un cigarrillo, pero de repente recuerdo que he dejado de fumar hace años, cuando los dos decidimos que lo haríamos juntos, y sí así lo hicimos, no fumamos más y poco a poco dejamos de hablarnos también.
La tarde es perfecta para pasear, si tuviera fuerzas bajaría hasta el pueblo y compraría algo para cenar, pero no, no las tengo, aún no. Me pongo en píe lentamente y doy media vuelta para ver mi casa, ella me saluda con su estructura sobria, sencilla y bella, con sus requerimientos de atención, con la esperanza de que la habite y la cuide. Quiero a esta casa, la casa de los abuelos, la casa de mis padres y desde siempre la mía. Aquí estoy de nuevo, esta vez me quedaré más tiempo (se lo prometo con una mirada de aprobación), podré pensar tranquila sin las rutinas del trabajo, de la monotonía urbana, lejos de la vida que un día compartí y podré dormir, quiero dormir.
– Sabía que eras tú, cuando vi el taxi ahí detenido- reconozco la voz. Es Inés amiga de la infancia, siempre alegre, siempre reconfortante.
– Hola Inés- me acerco a ella y la abrazo, ella hace lo mismo conmigo y ese abrazo es de verdad.
– Me gustaría saber por qué no me has avisado que venías hoy, habría abierto la casa para que se airease y te habría hecho la compra y preparado la cena y….
– Inés- coloco mi dedo sobre la boca, en señal de silencio-. Calla- le digo suavemente.
– Está bien, pero debes saber que no me parece la forma de hacer las cosas.
Yo la miro cariñosamente, con ganas de llorar sobre su hombro, pero consigo hablar y decirle que me invite a cenar.
“Las horas que me llevan”.
Dejo todas las contraventanas abiertas, la luz de la noche clara ilumina las habitaciones y las viejas farolas me parecen señales que parpadean, pero no lo hacen, soy yo que mezclo los recuerdos y ahora me asomo a la ventana del quinto piso, donde he vivido veinte años, allí en la ciudad con las horas más largas del planeta, horas carentes de risas infantiles, horas que se convirtieron en soledad. Yo se lo dije, una mañana que el intento convencerme de nuevo de lo mucho que significaba para él, lo malo es que yo ya no le creía.
– No te pido explicaciones, pero creo que es mejor dejar lo nuestro, ya está bien de perder el tiempo, nada cambiara, y obcecarse en lo que no puede ser es estúpido. ¿No crees? Siento que cada día me alejo más de ti y creo que tú te sientes lejos de mí. Sé que me entiendes.
– Te entiendo, y yo también sé cuánto cuesta decir lo que has dicho…
– No, te equivocas, no me cuesta nada decirlo, es como calmar el dolor por fin.
Y él bajo la mirada, quizá se sentía mal o quizá sorprendido de mi claridad, de la fuerza de mis palabras. “He pecado de dejadez”, me dijo. ¿Dejadez? Cuando no amas, no hay dejadez, lo que no hay es amor. Qué simple era para mí. Qué complicado era para él.
Aquel silencio entre ambos caía sobre nosotros como un gran peso carente de materia física, compuesto sólo de los desperdicios de los sentimientos más íntimos que habían ido secándose sin remedio, cuando no se riegan cada día con ternura y besos, que habían descompuesto las imágenes felices de los primeros años y habían dado paso a la indiferencia, a la perdida de la pasión, a la caricias mutiladas. Así sin darnos cuenta no vimos que se acercaba y cuando comprendimos no pudimos o no quisimos salvar nada. Y el golpe nos obligó a hablar y a decir las cosas desde otra perspectiva, en cierta manera nos liberó del amargo ser en el que nos estábamos convirtiendo, esperpento de dos cabezas que no se miran.
Aquella mañana yo fui una mujer inmensa, cuando dije que era yo quién me iba y cerré la puerta tras de mi, con la maleta azul agarrada fuertemente, no sentí nada.
Sinceramente he deseado mil veces que le vaya bien, no puede ser de otra manera, porque he empezado a encontrarme a gusto conmigo misma, he empezado a vivir para mi. No guardo ningún tipo de rencor, he decidido quedarme con las cosas que un día me hicieron reír y despreciar lo demás y sí es verdad, me cuesta todavía pero pasará, como lo hace el tiempo sin remedio. Desde esa mañana, final de una vida en común, hemos hablado varias veces. Los dos hemos sido respetuosos, razonables y hemos evitado los reproches que a fin de cuentas de poco o nada servirían. No se trata ni de juzgar ni de culpabilizar a nadie, lo afirmé desde la tranquilidad que da el no tener nada que perder y sí mucho que ganar, a familiares, y amistades por las que aún guardamos lazos de unión especial, porque necesitamos vivir y eso es lo más importante.
“Bajo mi piel y la suya”
Ahora estoy aquí hablándome y escuchándome, mejor anímicamente de lo que podría pensar, con ganas de seguir. A lo lejos el murmullo del río, en mis recuerdos los decorados que siendo niña formaron mi mundo. El robledal verde y majestuoso donde jugar al escondite, la pequeña plaza junto a la iglesia de Santa María con su artesonado mudéjar, los caminos hacia las cabañas. Casi me parece reconocer el griterío del vendedor ambulante que se acerca. Mi abuela en la cocina amasando, el abuelo pegado a la radio atento, mi madre en el banco del patio con un libro entre sus manos, mi padre mirando al cielo intentando descifrar las señales de la naturaleza que nos condicionen las acciones.
Recuerdo algún verano cálido como este, pero rebosante de susurros y escapadas furtivas a la buhardilla donde nos prometíamos deliciosos momentos nocturnos cuando todos estuvieran dormidos. Recuerdo largas noches de charla con los amigos, invitados de fin de semana. Recuerdo las lágrimas ante las fotos de los que se fueron y nos dejaron con la palabra en la boca.
Toda una vida, sí, pero aún queda más. Quizá él también en este momento recuerde y sin quererlo vuelva a las mismas imágenes que ahora me desbordan, quizá bajo su piel sienta el cosquilleo de la felicidad que tuvimos y encuentre algo con lo que quedarse, quizá dude y quiera encender un cigarrillo.
“¡Cómo te pareces al agua, alma del hombre! ¡Cómo te pareces al viento, destino del hombre!”
Goethe
Las señales han detenido su parpadeo, se acercan despacio, tengo en la cabeza unos versos que quieren salir, que quieren ser pronunciados mil veces y me martillean las sienes. Creo que los memoricé siendo una niña que dibujaba hojas de otoño de todos los tamaños en bellos tonos ocres, después de hacer sus deberes. Los leí en algún libro, el título lo olvidé, como lo hacen los niños de imaginación desbordante cuando no consiguen diferenciar entre sus sueños y la realidad. Me los quedé para regalarlos, pero nunca lo hice. ¿Cómo empezaban? Sí, ya sé, decían…
Y seremos el instante recuperado,
el momento invisible que se hace eterno
como tu mirada cuando se pierde
buscando la mía que duerme
entre los futuros sueños…
Siento la fresca brisa en mi cara, el olor sin filtros que lo inunda todo de la vida que me observa, que me ve adormilada viajando hacia mi destino. Abro despacio los ojos, deslumbrados por la intensidad del día. Un paisaje extremado de tonalidades me recibe, sorprendida instantáneamente pienso en el frágil Alonso Quijano recobrando la razón en su lecho de muerte. Sólo puedo ver el enorme camión que se aproxima, y entonces como un cruel latigazo sobre mi cuello, el inquietante estallido de la frenada y la endemoniada danza de gritos, palabras sin sentido del conductor que fuera de si se agita y vocifera, creyendo quizá, que con ello nos salvará ante el desenlace inevitable que nos espera, en el último segundo de un último pensamiento.