Me acuerdo del día que —contaba yo apenas nueve años— desperté debajo de la cama del hospital protegiéndome la cabeza con los brazos. Eran más de las tres de la madrugada y, como siempre, mi madre estaba a mi lado.
—Hijo, ¿qué te pasa?
Había llegado hasta allí sonámbulo. Al despertarme, sobresaltado, me golpeé contra el somier. Sudaba y me tranquilicé al ver a mi madre; me acarició el pelo y me susurró palabras afectuosas. Tranquilo, cariño, tranquilo…
—Me perseguían unos soldados rusos malos a caballo. Galopábamos por la estepa…
Desde que me diagnosticaron el tumor, meses atrás, soñaba mucho por las noches. Algunas veces eran pesadillas, como ésta; pero en la mayoría de las ocasiones los sueños me libraban del aburrimiento del hospital. Y gran parte de ellos tenían que ver con lo que leía durante la jornada; entonces la enfermedad, con sus pruebas agotadoras y las interminables sesiones de quimio y radioterapia, pasaba a un segundo plano.
Y ahora trotaba por tierras rusas con “Miguel Strogoff” de Julio Verne. El libro me lo recomendó mi madre; mi padre me lo trajo al hospital.
Aún recuerdo que cuando leí “Viaje al centro de la tierra”, me sacaron la cabeza de dentro de las sábanas. Y con “Viaje a la Luna”, una enfermera me tuvo que inyectar un tranquilizante porque no paraba de dar saltos en la cama, intentando coger altura.
—Voy a pensarme mucho las lecturas que te recomiendo —dijo mi madre riéndose, a la vez que me acariciaba la mejilla.
Nos quedamos unos minutos más debajo de la cama, abrazados. Mientras me daba muchos besitos en la frente, no paraba de repetirme:
—Hijo, te vas a poner bien, te vas a recuperar. Ya verás qué pronto.
Mucho más relajado, me subí a la cama. Mi madre me arropó y me dio un último beso de buenas noches. Dormí plácidamente hasta el día siguiente.
Por lo que recuerdo, las visitas en la UCI establecían un horario muy estricto; y a los niños, en aquellos tiempos, no nos permitían más licencias que a los demás enfermos. Aunque no se admitían acompañantes, a mí me daba igual; mamá nunca fallaba. Eso sí, mi padre venía a verme en las horas de visita estipuladas.
Cuando terminé de leer “Miguel Strogoff”, hablé con él.
—Papá, mamá me ha dicho que nos dejemos de Julio Verne. Me tienes que traer “La isla del tesoro”.
Mi padre, parece que todavía veo su cara, me miraba con expresión abatida.
—Claro que sí, hijo.
Él nunca me comentaba nada; quizás se preocupara, aunque sabía que esas lecturas me sentaban bien y nunca contradijo las recomendaciones.
Semanas después, al bajarme a planta, empezó a ser mi padre el que se quedaba conmigo por las noches. Ahora era el que, de madrugada, me cogía con suavidad la almohada cuando la agitaba, a modo de bandera pirata, dando gritos que se escuchaban por toda la planta. Él también me sacaba de dentro de los armarios al esconderme de magos malvados; o el que me llevaba de nuevo a la cama sí intentaba hablarle a la luna llena tras los cristales de mi habitación.
Hace ya muchos años de aquello; me restablecí totalmente. El sonambulismo se me curó junto a la enfermedad; no sé, es extraño. Lo que sí sé es que sin los cuidados de mi madre y sus libros nunca hubiera podido recuperarme.
Mi madre murió en un accidente de tráfico, al día siguiente de que me diagnosticaran el cáncer. Al confirmarlo el doctor, mi padre lloró. Pero mi madre no; conservando la serenidad, me abrazó fuerte y sólo me dijo:
—Hijo, lo vamos a superar. Estaremos siempre contigo, a tu lado.
Nunca faltó a su palabra.