- 7 Certamen de Narrativa Breve 2010 - https://www.canal-literatura.com/7certamen -

41- El feudo de Ágata. Por Ágata

          Ágata, detrás del mostrador de la panadería, se esfuerza en sonreír. Fuera, la calima asfixiante ha coloreado el cielo grisáceo.

          —Uf… esos nublados —comenta Ágata, y su cliente vuelve la mirada a la puerta de cristal—. Si usted sale ahora, se va a mojar entero…

           Él responde con un gruñido. Ni siquiera repara en ella cuando coge la baguette, bien envuelta en papel de estraza. Pero a Ágata le parece que siempre, al final, él la lanza una tímida miradita y deja al descubierto la cicatriz del mentón. Ella adora esa cicatriz. La recrea, cada noche, en su mente, como una herida de guerra, esbozando un Alatriste curtido en Flandes, valiente y romántico. No sabe su nombre, ni falta que le hace, es Diego, su capitán Alatriste particular, y lo ama en silencio. Ella está convencida de que él siente lo mismo, y que algún día se declarará.

          Un trueno espantoso hace temblar las espigas doradas que adornan el mostrador. Alatriste se para ante la puerta. Ha comenzado a llover muy fuerte. Puede que decida quedarse dentro hasta que amaine. Ella sonríe satisfecha. Le gusta el efecto secundario: Ágata siente que lo tiene atrapado en su feudo de harinas y dulces, y él parece una presa fácil. Y no es probable que vaya a venir nadie a comprar con la que está cayendo. Agarra una bandejita de cartón, plateada, de esas que vende con dulces para ocasiones importantes (también las tiene blancas de porexpán), y la rellena de pastelitos jugosos y multicolores.

          Alatriste mira hacia la calle a través de la cristalera del escaparate. La lluvia choca contra el vidrio y difumina los edificios de enfrente. Ágata levanta la vista para ver si todo está como ella quiere. No cree que vaya a aparecer Varguitas, que es la que suele llegar a esta hora. Coge la bandeja y sale del mostrador. Su corazón se revoluciona. Va hacia su soldado de Flandes y le ofrece un pastelito. Le acaricia la mano en un breve pero intenso arranque. Él la mira, esta vez se detiene en su cara, y asiente con la cabeza. Atrapa uno de kiwi y baja los ojos con aire incómodo, aunque ella no se da por aludida.

            —Puede comer los que quiera —le dice Ágata, impaciente.

           —Gracias, señorita. Es muy amable —contesta sin levantar la mirada.

—El día se soporta mejor con un dulce, ¿no cree?

—Sí —y alarga la mano y captura uno de crema y almendras.

—No sabemos lo que durará el aguacero —dice ella, deseando que dure toda la mañana—. Coja, coja más.

—Están muy buenos.

          —Coma, coma, Diego —le traiciona el subconsciente.

          —No me llamo Diego. ¿De dónde se sacó ese nombre? —pregunta muy enfadado.

          —Perdone, no sé, pensé que…

         —Pensó, pensó… ¿usted piensa?

         —Creí que se llamaba Diego, lo siento.

         —¿Viene a regalarme pasteles y no sabe cómo me llamo? ¡Vaya a buscar a la dueña! No he visto nunca un atrevimiento igual. Y encima tutearme.

         —Doña Berta no está.

         —Ya hablaré con ella de este asunto. Vaya dependienta… —y sale a trompicones con el pan bajo el brazo, quejándose.

          Ágata, totalmente contrariada, no ha sabido cómo actuar ni qué decir. Una especie de pena le agujerea el estómago. Mira la bandeja plateada: queda un pastelito de menta, y se lo emboca sin pensar. Una lágrima baja por sus mejillas mientras entra Varguitas vociferando:

          —¡Qué hombre más mal educado! Se tropieza conmigo y no pide disculpas. Y luego querrán que sepamos comportarnos nosotras… ¿Te pasa algo, Ágata?

         —No, no me pasa nada.

         —Pues lo parece. Vaya, ¿te has comido una bandeja de  pasteles tú sola?

         —No, los compartí con Alatriste —dice, mirando un punto vago de la calle.

         —¿Alatriste? Se ve que la tormenta te afectó de lleno.

         —¿Y dónde está ese Alatriste?

         —Se fue —dice sin mirarla.

         —No será… ¡no! ¿Es ese viejo indiano con el que me acabo de topar? ¿Ese mojigato?

         —¿Pero, qué dices? —ruborizándose.

        —Ah, así que es verdad, se trata de Manuel, ese loco… No me lo puedo creer. Mírate en el espejo: no eres joven, pero tampoco una vieja como él. Además eres bonita todavía, mi madre siempre lo dice, Esa Ágata parece que se conserva en formol, y seguro que has tenido pretendientes. Vamos, que estás de buen ver… Pero dime: ¿qué has visto en él? Y ten cuidado eh, se cuenta que tiene un oscuro pasado.

         —¿Qué sabrás tú? Y si lo tuviera, a mí qué me importa.

         —Dicen que se hizo rico en el Perú y que ahora está arruinado. ¿Le has visto la cicatriz? Es de una pelea, mató a un hombre y tuvo que huir. Problemas de faldas, ya sabes. Luego, cuando volvió a Barcelona, se chuleó a las más guapas y creo que tiene dos hijas por ahí, sin reconocer. Hoy ya lo ves, un viejo inaguantable que no se soporta ni a sí mismo. Así que, olvídalo.

        —Pero qué perra te cogió con eso. Que no es él, que no tengo nada que ver con ese desagradecido. Que no vuelvas a repetir eso. Ni siquiera sabía su nombre, mira lo que me importa.

        —Vale, vale… perdona hija.

        Pega la bandeja sobre su pecho y vuelve detrás del mostrador. Varguitas la mira, confusa. Ágata piensa que soñar está bien; la realidad, en cambio, es otra cosa. Que su Alatriste le ha salido sapo. Un sapo repugnante, y a esos es mejor desenmascararlos pronto. Aunque a ella no le importa seguir fantaseando. Es más, cuando él vuelva mañana, ella habrá olvidado la parte desagradable de hoy y pensará que no es una batalla perdida, que tiene todo el tiempo del mundo para enamorarlo. Ahora más que nunca, porque sabe cómo se llama y porque sabe su historia. Ya no es un desconocido, eso seguro.

        —Anda, date prisa y dame los cruasanes que hoy estás más rara… —sentencia Varguitas.

        Ágata la mira. Arroja la bandeja vacía a la basura, y susurra:

       —Qué pena de pasteles.