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40-El hombre del mar. Por Caimán azul

Caminamos hasta el final del muelle y, en un acuerdo silencioso, nos sentamos temblorosos de frío dejando las piernas libres sobre el mar vacilante. Desde muy lejos nadaba un hombre, sin camisa y muy grande. Cuando se detuvo ante nosotros, como si hubiera frenado sus pasos en la calle, lanzó un temible grito con el que el mar pareció balancearse en una sonrisa maligna. Ashton habló primero.

                —Cuéntanos la historia.

                —¿Quién eres? — preguntó el hombre con una voz grave y terrible, extraída de las profundidades del mar Caribe.

  —Ashton. El nombre de mi amigo no importa. Hemos venido desde la ciudad a conocer los sucesos que te han traído aquí.

El hombre lanzó otro grito que me arañó la piel de los brazos. Mi compañero no tuvo la intención de moverse.

  —Caí de rodillas frente al abismo —dijo el desconocido—. Yo trabajaba en una venta de pescado muy cerca del muelle. Debido a la ambición de los propietarios del lugar un inspector pasaba cada tarde preguntando la cantidad y el precio del producto vendido. Yo, que era un empleado ordinario y temeroso, jamás pude enfrentar con mentiras su examen como sí lo hacían mis compañeros.

  >>Una tarde mi jefe, un demonio de dientes amarillos y pequeños ojos, me dejó solo. Ese espantoso conjunto de huesos, cuya espalda permanecía encorvada mientras sus pupilas se enterraban en mi abatido rostro, tuvo el placer de atar a mis temores una ligera instrucción: no debía quedar un solo gramo de pescado sobre la mesa a la caída de la noche, de lo contrario, sería obligado a vivir como un pez en la inmensidad azul que vigilaba mi trabajo. Era su maldición.

  >>Removiendo de mi lengua lo que no era más que una agitación nerviosa, procedí a hacer de mi labor el compromiso del que pendía una vida voluntaria que no deseaba perder. Una exagerada precisión parecía distribuir en el transcurso de las horas el intercambio de pescado por dinero, dejando la impresión de que nada tendría que preocuparme frente al paso lento del inspector. Pero al marcharse la luz del día y llegar tranquila la de la noche encontré dos de los animales muertos, con ojos parecidos a los míos, entre el delegado y yo.

  >>Una vez tuve el tiempo de disponer mis cosas y huir, un extraño anciano, tranquilo y notablemente perspicaz, apareció frente a mí y extendiendo sus largos dedos sobre la mesa me pidió que le vendiera lo que miraba con atención. No lo hice. Mis principios valieron más que mi coraje. Mi honestidad tuvo más peso que el porvenir de mi fortuna. Y entonces se aferró a mi alma el anzuelo del infortunio. De una oscuridad nunca antes vista apareció mi jefe. A mi lado lograba sentir un fervor perverso que cruzaba una ropa olorosa a sal y a sangre seca.

  >>Te dejé una tarea y no la has cumplido —me dijo. ¿Para qué es la mercancía si no la vendes? El pescado solo tiene un fin y es el de generarle utilidad al que lo compra, si no es así jamás debería salir de su casa.

  >>Pero señor — interrumpí — aquel que revise su propio juicio descubrirá que el camino correcto no tiene desviación alguna que lleve a la verdad, por lo que solo hay una salida a las tribulaciones de los días y es la sabiduría del alma.

  >>Tus palabras baratas no me sirven de nada —dijo—, la corriente que viene del norte se las ha llevado. No has dado los frutos que te encomendé y por eso nunca más verás esta mesa. Te irás al fondo del mar y verás el aspecto de un ser humano cuando el frío castigue a este pueblo de mentirosos y tontos indulgentes.

  >>De un golpe perdí el conocimiento y cuando desperté el mar me había sumido en lo profundo de su pecho. Desesperado, nadé hasta lugares distantes, imprecisos de ubicar, y lo único que vi fue redes fugaces de animales marinos, cadenas enteras de angustiados cuerpos lisos que se dirigían al horizonte. Iracundo, decidí apresurarme hasta encontrar una salida a mi desgracia, siempre en el fondo porque un enloquecedor dolor en los pulmones no me dejaba salir a la superficie, y con asombro vi cómo los tiburones acechaban furiosos a sus presas. ¡Qué martirio contemplar la sangre diluirse en la turbada agua que me rodeaba! Luego llegó esa paz triste que nos consuela las entrañas. Con ella las corales, limpias y hermosas ramas de colores que el sol acariciaba en silencio por las mañanas.

  >>Cuando todo se hacía frecuente veía un punto raro a lo lejos. Aún curioso, observaba un pez que al parecer vagaba firme pero a la vez titubeante, que se escondía entre las rocas, las plantas y las corrientes que le resultaban ajenas a sus propósitos. El pez se perdía en la misma soledad que había recorrido lo que había durado su existencia. <<El mar lo ve todo y a la vez no dice nada>> he pensado desde entonces, y en divagaciones que ahora no vale la pena mencionar he llegado de nuevo junto al muelle.

Pasaron unos segundos sin que ninguno de los tres pronunciara una palabra. El hombre seguía allí, recio, mirándonos a ver quién hablaba primero.

  —Se hace tarde. Deberías irte—dijo Ashton.

  —No tengo otra opción — Contestó el hombre —. Creo que el frío que me trajo a ustedes ya debe partir del pueblo.

Así que el desconocido lanzó otro grito que esta vez sonó como un lamento agonizante y pronto nadó rumbo a la línea que separaba al mar del cielo.

  —¿Quién es ese hombre? —pregunté.

  —Una vieja historia que me contó mi padre —dijo mientras caminábamos por el muelle. Nos detuvimos y le echamos un último vistazo. —Míralo — continuó —, sus ojos se enfrentan al límite difuso, al final infinito, ahora se da cuenta de que sus pensamientos solo se dirigen a él mismo y que no hay nada que temer, nada de lo que lo rodea es más eterno, miserable y omnipresente que él. Creo que esa parte no la conoce mi padre.