- 7 Certamen de Narrativa Breve 2010 - https://www.canal-literatura.com/7certamen -

39- La herencia del honor. Por Suero de Luna

            ¡Mira que llevo tiempo esperando este momento! Creo que desde que el caballo de mi padre casi me mata, y pensé que alguna vez le mataría yo a él, pero para eso, tendría que ser caballero y disponer de la suerte de mi cabalgadura. Ese día decidí que seguiría los pasos de mi padre, y hacer del valor, la lealtad y la dignidad, mi camino de vida y causa de muerte si era menester.

            Mi padre, guerrero de gallardía impar, al servicio del rey Enrique, que Dios guarde muchos años; me dio muchas lecciones que jamás olvidaré: “no desees el final al amigo o enemigo, que de males te puede librar”, “el caballo es el único animal que al caballero puede ayudar”, “sé justo cuando el poder de tu espada sea la ley que impere”…

            El código de conducta de mi padre que me inculcó desde niño, no es suyo solo por elección, sino por convicción hasta convertirlo en credo del honor, y universal para todos los caballeros. Así pues, la protección a los débiles y a las mujeres, el triunfo ante el mal y de la justicia frente a la injusticia, el amor a la tierra natal y la defensa de la Iglesia, incluso a riesgo de perder la vida; se convierten en verbo defendido por la espada.

Mi padre. Se me llena la boca de mieles y el alma de orgullo al pensar en él. El nombre de Beltrán de Merlo sobrevivirá al paso de los siglos, respetado en la paz y temido en la guerra. Curtido en estos menesteres me hizo jurar que nunca emplearía mis hierros de matar en empeños necios ni desleales, contra mujer, cristiano de bondad o contra mi rey y señor, que Dios guarde muchos años.

            Doy piedra a mi espada, amiga de cinto y herramienta de mi brazo. Siempre empleada con la sabiduría de los Maestros de Armas y el poder del corazón. “No desnudes el metal si por causa justa no se ha de empeñar”. Mi padre es sabio.

            Ahora, por fin, mi primer lance, y después de la victoria, mi juramento como caballero. El polvo de la liza no enturbiará mis ojos. Miraran tras el yelmo a mi enemigo, y mi lanza golpeará certera en la cabeza del paladín, que cabalgará atolondrado hasta el otro lado de la toile, donde caerá a la arena, y allí, se encontrará con sus muertos.

            El Torneo de la Reina Fértil solo se celebra cada vez que la primera dama del reino, nuestra señora; da a luz a un nuevo vástago, luego es el más importante de esta parte de la cristiandad, detrás del celebrado cuando la victoria entrona aún más al rey, nuestro señor, que Dios guarde muchos años.

            Después de tantos entrenamientos agotadores, duros, y tras las reticencias a no ser compañero de armas de aquellos, que su honor pasean por los campos de entuerto; ha llegado el momento. Para no enturbiar mi ánimo, mi padre no ha querido verme antes de la primera justa. Me ha dicho que así, mis nervios no se romperán en pedazos. Se lo agradezco de forma infinita, pero quizá me falte su hálito veterano en los momentos que preceden al combate. Aunque sospecho, que estará entre la gente que por cientos, claman ya desde las gradas a que salgan los primeros hidalgos que lidiaran por la victoria o la muerte.

            Hay una circunstancia que aún me llena más de orgullo: lance a muerte con lanza en cabalgadura, espada o maza en tierra.

            Mil veces escuché a mi padre decir que “no hay mayor orgullo para un caballero que morir de la mano de otro”. Por eso ahora, que él esta enfermo de muerte y su cuenta escasea de días, sufre enormemente por no haber caído en manos armadas de honor. En combate contra caballero de igual gallardía.

            Fanfarrias y timbales; saltimbanquis y bufones; damas y caballeros, el heraldo, los jueces, el cirujano y el cura. El torneo y las justas van a comenzar.

            El rey y la reina, ocupan sus tronos. Llegó la hora. Mi ayudante, que también lo fue de mi padre, me mira con envidia. Llevamos toda la vida juntos. Compañero de juegos, pero hijo y nieto de escuderos, por eso, escudero. Si no fuera así, mi mejor amigo, casi hermano.

            El sol aploma el aire y hace hervir la sangre, ni el agua de rosas ni las cotas que sombrean mi armadura bajan los ardores. Pero eso no hará que pierda la concentración en el combate que me ha de tocar. El primero ha sido a suertes. El Fiel de Lides me ha informado que mi contrincante tiene Real Despacho de Nobleza, bien, me llena de honra. Acabado con el pimpollo, mi segunda justa será contra caballero sin cimera en el yelmo, ni escudo de armas, y a petición suya ¡Vaya! empieza mi fama sin haberlo echo mi gallardía. Ese pobre desgraciado morirá en el anonimato, no me importa, tras él vendrán muchos más, durante años de gloria. Pero lo que importa es el primer paso. Hoy la Reina de la Hermosura me impondrá la banda, el joyel brillará por encima de las alhajas de todas las damas, y todo el mundo aclamará mi nombre por haber vencido con valentía, gallardía y esfuerzo.

* * *

Delirios de grandeza, ansias de honores, sed de vanidades. Pedro de Merlo estuvo a la altura. El hijo del noble hidalgo, consiguió su sueño y se convirtió en caballero tras el primer lance, ya que venció con facilidad al noble, pero en el segundo combate, tuvo que poner en práctica todos los recursos aprendidos y templar sus músculos hasta el borde de la resistencia humana. Combatieron con montura y rompieron las seis lanzas que se permitían. Después, descabalgados, continuaron en aquella lucha sin cuartel, verdadero Juicio de Dios. Sus herramientas no eran Armas Corteses, sino verdaderas Armas de Muerte. Los golpes y heridas eran severos castigos que ambos aguantaban con dolor.

El final llegó como un rayo. Un mal gesto, un fallo de coordinación; hizo tropezar al luchador y cayó de espaldas. El otro, como impulsado por un resorte, no dejó pasar la oportunidad y le golpeó con su Lucero del Alba en la cabeza antes que tocara el suelo, así, atolondrado por la brutal sacudida y agotado por el combate, el vencido dejó escapar un lastimero quejido.

Pisando la mano armada, y apuntando con su espada a la rendija que dejaba el yelmo con el peto, el hombre que viviría la gloria, jadeando, le dijo al vencido ―Has defendido tu honor con valor, por eso Dios te acogerá en su seno. Tu familia no ha de odiarme si mi pulso no tiembla al darte muerte honrosa. Encomiéndate al Todopoderoso e inicia tu último viaje.

La espada penetró lentamente, mientras que el cuerpo vibraba en frenéticos estertores, pero eso no impidió que el moribundo dijera una última frase “Gracias, Señor”, pudo escuchar el verdugo. En el momento no se dio cuenta, pero un segundo después, se le volteó el corazón. ¿Esa voz…? Se arrodilló junto al cuerpo inerte y sin sacar el hierro, le quitó el yelmo. Sus ojos se clavaron en los de su victima, que aún abiertos, se habían quedado con la mirada congelada en un punto muy lejano, allí donde los hombres orgullosos tienen su reino, donde los que mueren de manos de un caballero obtienen la gloria eterna.

El joven arrancó la espada del cuerpo y se abrazó con fuerza. Solo pudo articular un grito desesperado: ¡PADRE!