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38- Final de un domingo de lluvia. Por Mujer

Hoy es domingo. Hace frío y diluvia desde ayer. El cielo está terrible. Los árboles se sacuden al ritmo de un viento helado, extraño para el mes de octubre. También es extraño que esta mañana me haya despertado así, con esa sensación de abandono que ya había olvidado. Como si la tormenta, el agua impiadosa y los árboles se hubieran complotado en mi contra.

Estoy entrenada para salir de esos estados de abatimiento que, aunque cada vez con menor frecuencia, aparecen ante ciertas situaciones. Me quedé en la cama, pensé que el clima tenía mucho que ver con el recalentamiento global y nada con mi persona y mi decaimiento. Por lo tanto me dispuse a terminar el libro que había empezado la semana anterior. Mientras, busqué en la radio el programa que sorteará en diciembre dos pasajes a Madrid entre los cinco primeros que aciertan las preguntas que se formulan cada domingo.

Los últimos capítulos de la novela me desilusionaron. Cerré los ojos y pensé cómo hubiera terminado yo esa historia que, al principio, me había atrapado tanto. Pensé que también mi historia se había derrumbado como la novela. Que lo mismo le estaba ocurriendo al país donde me había tocado nacer. Que, tal vez me persiguiera un destino ineludible  de finales deslucidos.

Es un día oscuro, me dije. Justo cuando el locutor lanzaba el cuestionario. Presté atención. Quién fue proclamada heredera del trono español en “Los toros de Guisando”, cuál es el nombre del pintor de “Los fusilamientos del tres de mayo”, qué islas componen el Archipiélago Balear. Algo bueno, sabía las tres y no tendría que levantarme para acudir al ordenador.

Desde que estaba sola dormía con el teléfono a mi lado, por lo tanto marqué el número de la radio sin mucho esfuerzo. O muy pocos sabían las respuestas o era el tiempo, ideal para dormir y para otras distracciones, porque en el segundo intento me atendió el locutor. Ya nos conocíamos la voz. Me puse contenta y respondí con orgullo. Muy bien Alicia, muy bien, con quién piensa viajar si se gana los pasajes. Hice un silencio, estaba claro que no había llamados, el tipo nunca preguntaba nada. Uno respondía, dejaba el número telefónico y gracias y siga participando y buen domingo. Pero hoy, justo hoy se le ocurre preguntarme con quién viajaría en caso de tener suerte. Qué se yo, qué te importa, le hubiera dicho, pero no. Contesté con parsimonia, primero tengo que ganar y no quiero ilusionarme. Muy sensata Alicia, agregó, gracias, siga participando, que tenga un buen domingo.

Sensata, buen domingo. Me reí. Si yo acertaba como él, adiós España, adiós Madrid, adiós viaje.

Volví a cerrar los ojos, la tormenta hacía todo lo posible para meterse entre las letras y mis pensamientos, para distraerme. Podría ir con alguno de los chicos. Con cuál. Habría disputas, cómo decidir con cuál de los dos, recurrir a un sorteito casero, o por la edad, o por los méritos. Difícil. Habría disputas. Seguro.

Mejor lavarme la cara y comenzar el día.

Tengo un lindo pedazo de carne en el freezer. Al horno con papas y cebollitas, el menú ideal. A ellos les va a gustar la idea. Los conozco, son mis hijos. Un par de adolescentes tardíos, que se han acostado, también tardíamente, para mi gusto, y que empiezan a levantarse. Es hora, claro.

Desde la cocina escucho los ruidos, abren placares, buscan zapatillas, ropa, van al baño, putean porque llueve. Bajan, toman el café, protestan porque no hay manteca. Me dicen que se van. Cada uno almorzará en la casa de su respectiva novia, con los padres de las novias y las madres y los hermanos y los abuelos, en algún caso. Como casi todos los domingos.

Siempre les dije que deben hacer su vida, como la hice yo, como la hace todo el mundo o casi todo el mundo. Sin culpas, aunque yo me quede sola. La vida es así y yo estoy bien, muy bien y es lo que me tocó. Que ellos son jóvenes, que tienen derecho a crecer, a enamorarse, a disfrutar, etc., etc., etc.

Lo habré dicho en serio o serán frases elaboradas en las sesiones de terapia. No sé. La cuestión es que la carne seguirá durmiendo en el freezer, con suerte hasta la semana que viene, que yo comeré sola frente al diario, que es domingo y que llueve.

Me llama mi socia. También está sola. Le cuento.

Las mujeres somos jodidas, siempre los llevamos para nuestro lado.

Yo no, le contesto. No pude o no intenté. De todos modos no me interesa. No vale la pena recordar ni analizar. Tiempo pasado. Entonces le hablo del negocio. Del futuro. Tengo ideas nuevas. Trabajamos mucho, nos gusta lo que hacemos. Nos complementamos. Los éxitos se vislumbran y, en esta época, es mucho decir. Me entusiasmo. Quedamos en encontrarnos el lunes, temprano, en la oficina.

Y ponemos nuestras orejas a disposición. Las tardes de lluvia y frío son propensas a la tristeza.

Un cierto placer acompaña mis tostadas, mi segundo té y las últimas hojas del diario. El almuerzo ya no tiene sentido. Ordeno la cocina y le doy una mirada al cielo que no se ve tan oscuro. Subo a mi dormitorio. Prendo la compu. Reviso los mails, anoto cosas que temo olvidar mañana. Es un buen día para leer. El silencio abunda en la casa y en la calle. Empiezo un nuevo libro. Estoy tentada de espiar las últimas páginas, para evitar la desilusión de otro desenlace insípido.

La tarde pasa rápido.

Vuelven los dos. Con hambre, con sed, putean porque la lluvia no para y protestan porque no compré Coca Cola. A cambio de su perdón, me piden que amase pizza para la cena. Mientras bajo la escalera les digo que no, que se compren ellos la Coca, que se dejen de molestar, que estuve tranquila toda la tarde.

Pero me alegra verlos. Sanos, contentos, enormes. Les digo, enojada, que se limpien los pies, que no ensucien el piso, que no enloquezcan al perro.

Y saco la harina de la alacena.

La cocina se desordena mágicamente. Se llena de sonidos, de voces, de olores. Ellos, la televisión, el teléfono que suena sin parar, la levadura.

El domingo se termina. Lluvioso, con viento y con frío.

Me gusta este final.