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21- Nina H. Por Hans

NINA H.

Me encontraba bebiendo diet Seven Up desde no sé que horas de la mañana, como casi todos los días de ese verano, en un boliche de la Playa Sur llamado Nina H. Entre otras miles de cosas diferentes con los demás bares de la playa, éste contaba con la particularidad de ser administrado por el gordo Hans. Según su propia versión: viejo rockero alemán de gran éxito por los ´70, abandonado por su mujer, perseguido por problemas fiscales, deprimido, drogado o vaya uno a saber, que despertó una mañana a bordo del Fishfrito 3º, pesquero de bandera japonesa que merodeaba ilegalmente por las costas de Rocha. Según mi propia versión: agregaría a la suya el look exterior e interior de villano de la vieja zaga de Mad Max, con su cabello rubio tapando la nariz roja y grasienta, que en contados momentos traslucía aquellos labios finos, repulsivos, que ocultaban unos pocos dientes de color indefinido, uno de ellos traspasado por un arito de oro de baja calidad.

Me gustaba beber en aquel boliche, bajo viejos acordes del rock más pesado y setentoso, mis adoradas diet Seven Up que el gordo Hans compraba exclusivamente para mí. El horario de atención del boliche, si es que puede llamársele así, estaba marcado por el pulso del personal. Su dueño y los ocasionales dependientes solían estar tan pasados de drogas y alcohol, que era muy común verlos caer sobre las pequeñas mesas de madera podrida repletas de vasos y botellas, dándole un toque peligrosamente exclusivo a dicho lugar. Existían indescriptibles bandas de habitués, esperando ansiosos el majestuoso crashks de vidrios rotos, para lanzarse furiosamente sobre los mozos(as) sobrevivientes a las caídas, generando luchas encarnizadas de interminable desenlace. Otras veces, cuando los miembros del personal estaban al mango pero todavía en pie, eran ellos los que encaraban a las bandas, que no hacían otra cosa que huir despavoridos al viejo grito de sálvese quien pueda. En los momentos desbordantes, Hans emitía unos sonidos roncos, rusj-rosg-args, pastosos, que podrían traducirse como carcajadas. Otras veces se calentaba y amenazaba con cerrar el boliche, cosa que hacía para poder meterse también él en la trifulca. Yo, adoraba aquellos momentos, porque aunque exteriormente luciera como una persona normal, normal en el sentido más conservador de la palabra, en el fondo, y a pesar de mis diet Seven Up, yo tenía muchas cosas en común con el gordo. Creo que Hans lo intuía y por eso pasábamos horas, entre descontrol y descontrol, recordando viejas historias y a los dos nos importaban un carajo los malos y buenos momentos de nuestras vidas.

El boliche duró solamente una temporada y para muchos quizás pasó desapercibido, pero para mí, ese fue el verano del Nina H..

El gordo Hans me caía bien. En los días que lograba reconocerme, teníamos esa conexión, de pertenencia de un mismo lugar, a pesar de su origen alemán y yo que era un uruguayo descendiente de vascos. Disfrutábamos de esas viejas historias supuestamente verdaderas, de épocas en que solíamos ser un poco más osados. En algo de eso estábamos, cuando me vinieron unas ganas locas de eliminar los restos de mis adoradas diet Seven Up. En el Nina H. no existía baño, así que me fui de cara al océano.

El montaje era perfecto. Con suspenso incluido, por el pasaje de una gorda nube negra, a la que siguió un flash de sol que concentraba su energía sobre aquella maravillosa escenografía. Sobre aquellas dos anémonas doradas. Aquellas dos tetitas redondas que asomaban y se hundían entre ola y ola. Amé la transparencia con todo mi ser. Encandilado. Enfrentado a la acción con el cuerpo tenso, presenciando admirado, la obra más sublime del mundo. Aquellas dos simples, pequeñas, redondas y bellas tetitas.

Lo primero que se me pasó por la cabeza, fue intentar un acercamiento con la dueña de tal obra. Hundí la panza y chau, allá fui y encaré. Hablé de no se cuanta boludez se me pasaba por la cabeza. Que el feminismo, que Buda, que el ozono. Ni cerca pasé de sus tetitas. Me cagué. No logré ni mirarlas de reojo. Siempre hablándole a los ojos. Inmóvil hasta la médula. Absurdo como una estatua viviente. Con el corazón contenido, a punto de estallar.

Mi monólogo concluyó preguntándole la hora. Ella, con el mínimo esfuerzo de sus labios, contestó: no llevo reloj. En la playa me gusta andar muy suelta, sin ataduras (sic).

Momentos después, tirado al sol sobre la arena húmeda y fría, supe que la amaba con todo mi ser. También supe que debía encontrar algún medio para llamar su atención. Un medio indirecto, porque de frente no podía ser, me paralizaba.

Como por arte de magia me empezaron a llegar imágenes de versos del pasado. Mi antigua y dormida veta literaria. No tuve dudas, ése era el camino. Le escribiría un poema: pocos versos, emotivos, llameantes. Que reflejaran el bum-bum que vibraba mi cuerpo en señal de su proximidad. Su figura ocuparía el centro de mi inspiración. Así, casi de un plumazo, surgieron aquellos versos perfectos. No había dudas, había goce, había inspiración, la enamoraría al instante:

Suavidad de algas tu cuerpo

Textura de pan

Dulzura de agua bendita

¡Uy! Tus tetitas

En los días siguientes seguí su rastro como un Guaná. Memoricé enfermizamente sus desplazamientos. Gran-asombro-Gran. Todos los días, a media tarde, se explayaba en la barra del Nina H..¿Cómo era posible que no la hubiese visto antes?. Lo cierto es que esa tarde, sus tetitas volvieron a aparecer debajo de un top verde oliva, con brillantes cabellos negros, rodeándolas celosamente. Fui presa de pánico, lo confieso. Me volví a cagar. No tuve otra que acercarme sigilosamente por la espalda, su no menos maravillosa espalda. Me apresuré a colocar una hoja arrugada, de color melón, dentro de su bolso. El secreto estaba en el seudónimo utilizado para la ocasión: tu lengue-lengue. Quería darle a entender que yo no era cosa fácil. Que disponía de múltiples opciones para engancharla.

Las cosas no salieron como esperaba. Todo aquel misterio que traté de crear en torno a la identidad del autor de los conquistadores versos se me fue al carajo. Había planeado colocar el papelito en su bolsa sin que lo notara, cosa que logré. Ahí estaba yo, sentado frente a ella, en la barra, como si tal cosa, esperando el momento justo. Jugueteando con el brillo de mi diet Seven Up y la fascinación del amor en mis ojos, intercambiando algunas miraditas que descontrolaron mi Bum-Bum interior. El climax alcanzó la cumbre, cuando al sacar su billetera, observé de reojo que asomaba mi papelito rancio y conquistador que cayó volando lentamente hasta el suelo. Todo sucedió en un instante. No entendí cómo ni de dónde salió mi amigo Luisito alcanzándole el tan mentado y esperanzador papelito. Mis sentidos se centraron en las manos de ella desdoblando cuidadosamente mi pócima para el amor. El contacto resultó fulminante. Mi amigo no pudo ni emitir sonido cuando fue aprisionado contra la barra por ellas, las merecedoras de mi poesía, las tetitas de la mujer que iluminaría mis días.

Luisito venía de varios días sin dormir, producto de los cocteles de drogas y alcohol que se mandaba. Siempre se las ingeniaba para conseguir algo más fuerte que lo del día anterior. Y allí estaba, volando y manteniendo su eterna discusión interior  sobre la existencia de dios y la condena terrenal a todos los pecadores. Entre estos últimos no se encontraban ni él, ni ningún otro amigote, porque (según disertaba), en la biblia no habían rastros de cocaína, metanfetamina, heroína, ni las inas que se te ocurran.

Ella, no podía contenerse. Parecía más volada y más loca que mi amigo. Yo no lo podía creer. Mi furia se condensaba. El brillo de mi diet Seven Up se apagó de repente. El de mis ojos daba miedo. Instintivamente tomé la botella por el cuello y los perseguí zigzagueante hasta que se perdieron tras las dunas.

Le decían El Noctiluca. Su trabajo era recoger los desperdicios de todos los veraneantes de la zona. Se le había acondicionado un carro con caballo y se le pagaba con una pequeña colaboración de cada uno de los habitantes del balneario. De piel tostada y curtida, producto de toda una vida en aquellos parajes, conducía el carro a lo Chalton Heston en Ben-Hur, posiblemente la última película que había visto en alguna matinée de algún pueblucho cercano, ya que en aquella península mezcla de campo y playa donde vivía, ni siquiera había energía eléctrica. El tipo, parado sobre el carro con las piernas bien abiertas para conservar el equilibrio, con una rienda en cada mano, atravesó las dunas como todos los pegajosos días, para dirigirse a su rancho. Ni los vio venir. De atrás de una de las dunas más altas, aparecieron como diez policías mal entrazados babeando y excitados por encontrar su presa. El más flaco de todos dio un salto descomunal y en el aire bajó a Noctiluca de un terrible bastonazo. Ni había tocado tierra (o arena en este caso), cuando le cayeron todos encima y lo dejaron aplanado en el piso. La técnica parecía similar a la que emplean en esa zona para la zafra de casa de los lobos marinos, claro que los lobos andan en barra y el pobre Noctiluca venía más sólo que el correcaminos. De sobre pique lo tiraron como bolsa de papas al camión todo terreno que apareció no se sabe de dónde y como un espejismo se marcharon por la playa rumbo a la comisaría del pueblo costero más cercano.

Al otro día, en el Nina H., con Led Zeppelin sonando a todo trapo, escuché las conjeturas y los disparates más grandes de mi vida. Aunque en mi plan contaba con la memoria de los lugareños. El Noctiluca, en la actualidad llevaba una vida normal (entre comillas). Tenía mujer, dos bellas hijas, trabajo seguro y ya casi ni pisaba los boliches. Pero todos recordaban cierto verano en que se lo había visto involucrado con un famoso actor argentino que había caído por aquellas costas perdidas del mundo y que había sido encontrado muerto entre las rocas, debajo del faro.. Yo lo recordaba a la perfección. Se los podía ver juntos a toda hora, borrachos hasta las patas y con aquellos arrumacos y guiños cómplices que no pasaban desapercibidos. Los lugareños los alquilaban, más para sacarse el aburrimiento que por prejuicios. A ellos les importaba un carajo con quién transaba cada uno. Nadie se metía con nadie. Sólo se tejían historias.

Ahora lo tenían como a un bicho, encerrado en algo parecido a un calabozo. A Luisito, mi amigo, todavía no lo habían podido despertar. Entre el golpe y la resaca, hacía días que se mantenía estable pero en coma.

Con mi vejiga cargada de refresco, como siempre, me dirigí a mear en el océano. El agua no se podía más, templada, verde, pocas olas. Calma, muy calma. Con el suspenso del pasaje de una gorda nube negra, a la que siguió un flash de sol que concentraba su energía sobre aquella maravillosa escenografía. Sobre aquellas dos anémonas doradas. Aquellas dos tetitas redondas que asomaban y se hundían entre ola y ola. Amé la transparencia con todo mi ser. Encandilado, me quedé pensando en que nadie dudaba de la culpabilidad de Noctiluca. Incluso aparecieron hasta algunos testigos que aseguraban haberlo visto en acción y todo. La única cosa rara giraba alrededor de la elección del arma homicida: un envase de vidrio verde, vacío, de diet Seven Up.