2-Cuando se cierran los ojos. Por Valentina

No sientan lástima por mí.  Puedo soportar casi cualquier cosa; de hecho, he padecido tantas infamias que muchas veces llego a avergonzarme, pero no tolero inspirar compasión.

La realidad es implacable: por mucho que te empeñes en ignorarla, jamás te corresponde. Puedo decir muchas cosas sobre él, y casi ninguna buena, si bien  no le puedo echar en cara que me engañase; si he de ser honesta conmigo misma, debo admitir que fui yo la que me engañé cuando pensé, con toda mi ingenuidad, que podía hacerle cambiar. Él siempre se comportó tal como era, o al menos conforme a la imagen de sí mismo que quería transmitir al resto del mundo.

Cierto es que, cuando nos conocimos, yo tenía la cabeza llena de pájaros; él me hizo plantar los pies en el suelo, a fuerza de bofetones, y aun así seguí transigiendo bochornosamente. Después he pensado infinidad de veces sobre ello; no obstante, reconozco que la mayor parte de ellas me he limitado a tratar de justificarme, sin éxito alguno. No se pueden racionalizar los sentimientos: uno puede negarlos, en vano, o asumirlos, mas de ningún modo explicarlos. Él era verdaderamente guapo, todavía lo sigue siendo, y eso que ha desmejorado bastante; aunque eso no sirve para explicarlo todo ni las cosas fueron nunca tan sencillas. Para hacer honor a la verdad, lo que contribuía a prestarle mayor atractivo era justo ese aire de peligro permanente que parecía emanar de él.

 ¿Puedo tener, entonces, derecho a quejarme? He meditado mucho sobre esto  y, desde luego, tengo claro que nadie debería cometer las tropelías de las que fui víctima; aun así, no termino de eximirme de mi parte de culpa: jamás debí haber estado con él o, en todo caso, debí abandonarlo en cuanto que manifestó las primeras evidencias de cómo iba a ser la  vida en común.

Estas cosas no son sencillas; nunca lo son; sólo pueden serlo nuestras ideas, incapaces de abarcar de forma adecuada la complejidad de un mundo que nos envanecemos de entender. Cuando por todas partes te ves abocada a una realidad, por desagradable e irracional que esta sea, es demasiado fácil asumir que ese es el  nuevo orden de las cosas. Mi padre jamás me entendió y, mucho menos, me apoyó; es más, ni siquiera me creyó. Nunca podré olvidar el desprecio y el menoscabo que padecí la única vez que me atreví a suplicarle ayuda; llevaba poco más de seis meses casada y, aunque él ya me había puesto la mano encima en más de una ocasión, esa fue la primera paliza merecedora del nombre que recibí. En cuanto que él se metió en el dormitorio, huí corriendo a pedir auxilio a mi padre; me había partido el labio y también sangraba por la nariz; quien me había criado tan sólo fue capaz de mirarme con desaprobación y exclamar:

– Tu madre, que en gloria esté, jamás me dio motivos para ponerle la mano encima.

 

Él mismo me llevó de nuevo a  casa. Cuando llamó a la puerta –se empeñó en hacerlo a pesar de yo disponía de llaves– y él la abrió, se limitó a mirarlo con severidad. Si hubiese vivido mi madre habría sido distinto; estoy segura de que ella lo habría entendido. Mi padre siempre desaprobó mi matrimonio; él no le gustaba, pero creo que yo le gustaba aún menos: me consideraba poco menos que una puta, a la que no sabía cómo manejar desde que mi madre nos dejó, y, en cierta medida, mi boda debió producirle alivio.

Admito que nunca me había preocupado demasiado por aprender a hacer las cosas de la casa. Cuando vivía mi madre, ella se encargaba de todo; durante los seis meses que mediaron desde su repentino óbito hasta mi boda, las tareas domesticas no eran lo más importante, y nos apañábamos de cualquier modo. Con él era distinto; el primer guiso que preparé tras nuestro viaje de novios –lentejas, su plato favorito– me lo arrojó a la cara. Por fortuna, no estaban demasiado calientes y el episodio se quedó en una vergonzosa humillación, la primera de una larga serie.

A pesar de las vejaciones y de los golpes, debo confesar que lo que más me dolía era la vergüenza. Cuando se vive en un pueblo, no demasiado grande, hay pocas cosas que se puedan pasar por alto, mucho menos si son tan evidentes como un ojo morado o una nariz reventada; sobre todo si reaparecen con una regularidad que convierte en ridículas las primeras y torpes excusas.

Ni siquiera puedo afirmar que tuve el arrojo de abandonarlo, pues fue él quien me dejó a mí. Si te repiten a cada momento que eres una vaga y una inútil, de modo ineludible terminas creyéndolo; al final, acabé pasándome el día tumbada frente al televisor. Me cambió por una más joven, apenas cinco años menos, aunque mis poco más de treinta años de entonces, dado el estado de abandono en el que me había sumido, se antojaban cincuenta.

Un martes de marzo, se presentó a media tarde y me levantó a patadas del sofá; después, me obligó a hacer una maleta apresurada y me echó a la calle. Incluso así, todavía me demoré más de una hora sentada en un banco, frente al portal, hasta que salió y me expulsó de nuevo a golpes, como a un  viejo perro sarnoso. Más tarde, supe que al día siguiente ella ya estaba allí; no me atreví a volver para comprobarlo, pero en un sitio pequeño estas cosas se terminan por saber.

La vida desde entonces no ha sido fácil; trabajo fregando suelos y el salario apenas me alcanza para vivir, si bien he recuperado la dignidad. A pesar de todo, no puedo negar que, cuando me crucé con ella y vi su cara llena de cardenales de todos los colores, atornasolados según su grado de antigüedad, sentí una indudable  satisfacción. La evidencia de que ahora fuese ella la víctima de turno no borraba el hecho de que, a causa suya, me había visto en la calle y forzada a vivir de la misericordia. Ella también me reconoció, mas se limitó a apartar la mirada.

Cuando llaman a la puerta de madrugada, uno siempre se imagina que se trata de alguna desgracia, en especial en un pueblo, donde no existe esa clase de gamberros y hace tiempo que los borrachos están en casa. La mirilla estaba casi cegada por una mano de barniz, por lo que atisbé por la rendija que permitía abrir la cadena: tenía la cara reducida a pulpa y no decía nada, se limitaba a gemir y a hipar. Volví a cerrar la puerta.

Si se han cerrado los ojos a tantos oprobios, ¿qué puede importar uno más? Por supuesto que me inspiraba lástima, no soy inhumana, como él, pero cargo con mi propia penitencia; en todo caso, soy la última persona del mundo a la que debería haber acudido, pues, a pesar de todo cuanto había sufrido, aquel abandono fue uno de los golpes más dolorosos que encajé.

No puedo conciliar el sueño; aunque ha pasado más de media hora, vuelvo a abrir la puerta y ella continúa allí.

– Ven, pasa.

 

En este momento, me doy cuenta que he completado con creces mi cuota de cerrar lo ojos, y que no podré volver a hacerlo nunca más.

 

– Emergencias cero, uno, seis ¿dígame?

– Quiero denunciar a un agresor, reincidente.

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62 comentarios

  1. Este es otro de los que me han pasado como favoritos. Es una historia muy dura pero conozco varios casos peores.

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  2. Edu:

    Gracias por tus palabras, es especial por incluirme en el grupo de los favoritos, circunstancia que, si examinas buena parte de los comentarios que he recibido, no debería aproximarse demasiado a la realidad.

    En todo caso, no pretendía escribir una historia dura, sino humana, y he evitado con plena intención los detalles truculentos y he tratado de centrarme en las motivaciones de la protagonista.

    Gracias de nuevo.

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