94- Cosas del azar. Por Mar i Luz

Aquella llamada le había llenado de alegría. Él nunca había sido un hombre con suerte. Una voz artificial le anunció un premio que consistía en un crucero por el Mediterráneo en compañía de quien él quisiera. Mujer, por supuesto, porque la Organización exigía parejas heterosexuales dispuestas a convivir durante quince días. Lo que ellos hicieran en la intimidad a nadie importaba, pero ante los demás debían comportarse como una pareja de hecho. Seguramente era un experimento sociológico para demostrar la inutilidad del matrimonio, creería el incauto afortunado.

Era la suya una existencia cómoda, exenta de las fatigas propias de la tragedia humana que conjuga el verbo sufrir. Pero no era feliz. – “¿Quién lo es?”, se decía-.  Aquel imprevisto viaje, sin embargo, sería el comienzo de una aventura para él, poco dado al riesgo, que nunca había traspasado la frontera de aquella ciudad de provincias donde había nacido y vivía. El conformismo había sido siempre la esencia del aburrido transcurrir de su vida.

La repentina muerte de sus padres, siendo él todavía joven, lo había transformado en una persona solitaria, algo huraño y muy independiente. Y le había acentuado su natural timidez, lo que, con el transcurrir de los años, se había convertido en una pesada carga y en un obstáculo casi insalvable. No tenía amigos ni amigas. Y de su familia, algunos parientes lejanos a los que nunca tuvo interés en conocer.

“¿Y a quién busco yo?”, se preguntaba angustiado.

No era fácil, para él desde luego, resolver el problema. Más bien al contrario,  pero aceptó el premio a pesar de la advertencia que le hicieron:

“Si por la razón que fuera, no pudiese realizar el viaje, indemnizará a la Organización con una cantidad a determinar en su caso, pero nunca inferior al doble del precio del viaje según tarifas vigentes”.

Y es que probablemente lo que pretendían era venderle un apartamento en alguna de las playas destrozadas del Mediterráneo, pensaría el desesperado solterón ya repuesto de la primera emoción que le produjo la llamada.

Convencido de su incapacidad para encontrar una solución, por fin se decidió a comentárselo a su vecina, viuda y mamá de Maripili. Las viudas siempre han tenido mucha mano para arreglar este tipo de asuntos. Las viudas de antes, claro, no éstas de ahora que apenas si le dan importancia al hecho de encontrarse en tal estado y enseguida se buscan otro hombre, más joven a ser posible, para ponerle los cuernos a su marido en el más acá cuando él está en el más allá.

Maripili, más conocida en el barrio como “Mariperro” porque siempre salía acompañada de un perro de marca desconocida, sin pedigrí, de carácter inhóspito y desagradable, era una criatura aparentemente endeble, poquita cosa, pero no fea. Sí es verdad que todo en ella parecía pequeño, aunque bien proporcionado. Digo parecía, porque, con aquella ropa aburrida y clasicona, su cuerpo sólo se podía intuir. Era una mujer imaginada.

Doña Pilar, su madre,  era una señora de buenos modales y una hábil cotilla que conocía los entresijos de la pequeña ciudad donde vivían. Tenía fama de casamentera y arregladora de asuntos delicados. Conocía bien el gusto de los hombres y sin embargo -o quizá por eso-, no conseguía casar a su hija.

         Cuando escuchó la propuesta del afortunado no se lo pensó dos veces y decidió que quién mejor que su hija para completar la pareja que exigía el premio. Y él, hombre apocado pero partidario del pájaro en mano, consintió porque sabía que por sí solo no encontraría a nadie. Más valía “Mariperro” que renunciar al viaje.

         Las meriendas, que doña Pilar preparaba en casa para propiciar el acercamiento de la pareja, no ayudaban demasiado al mutuo conocimiento de aquel hombre y Maripili, a la que no parecía entusiasmarle la idea ni  ponía voluntad para mostrarse simpática. Todas sus atenciones las acaparaba el perro, pues sus más tiernas miradas siempre las dirigía a él, ese can famélico, ladrador y antipático que no hacía otra cosa que meterse con el pretendiente cada vez que llamaba la atención de su dueña.

Después de mucho insistir, Maripili aceptó el ofrecimiento, pero sólo si le permitían que les acompañara su perro. Aceptaron al perro y a Maripili. Y, llegado el día, los tres embarcaron ante la dichosa y atenta mirada de doña Pilar.

– ¡No olvides mis consejos! -gritaba la mamá al pie de la escalera. 

Maripili no contestaba, únicamente sonreía. El perro ladraba eufórico. Y él callaba. Enseguida hicieron amigos. Y despertaban simpatía y admiración. A los ojos de todos parecían un trío feliz.

         Después de visitar Barcelona, los pasajeros, que le habían tomado cariño al chucho, comenzaron a echarla en falta.

-¿Y la señora? –preguntaban con intención malsana-. Hace días que no la vemos y sin ella las tardes en cubierta no son igual –en realidad era el segundo que no comparecía en la “comunidad”, como llamaban al grupo en la Organización-. Es tan atenta y callada… Estará enferma –apuntillaban-, parece tan frágil… Las jóvenes de ahora, que se enamoran de cualquiera –dijo la que parecía dirigir el interrogatorio, antes de despedirse airada sin decir adiós.

Su compungido silencio era la el de un hombre que empezaba a estar casi arrepentido de aquella aventura. Su situación era la de un hombre confuso, hundido en la impotencia, harto ¡Cómo añoraba su casa, su sofá y su televisión!

Todo el mundo comentaba la extraña ausencia de Maripili. Todos especulaban sobre cuál sería el mal que la aquejaba. Todos admiraban la lealtad del perro. Algunos comenzaban a mirar con desconfianza a aquel hombre que rehuía cualquier relación y escurría el bulto cuando las señoras insinuaban una supuesta preñez de la desaparecida.

Él, entre tanto, mantenía el tipo a malas penas, como si nada extraordinario hubiera ocurrido, como si las cosas siguieran su curso normal, como si el miedo al ridículo no lo tuviera atenazado y mudo.

Sospechaba que aquello estaba preparado, que todo había sido un malvado montaje entre Maripili y doña Pilar. Estuvo tentado en llamarla, pero le pareció precipitado y prefirió dejar que pasaran algunos días más por si Maripili había decidido volver con mamá.

         Sin embargo, no agotó el plazo que se había fijado. Un suceso inesperado –de nuevo el azar- procuró la solución a este embrollo. Una avería en el barco obligó al capitán a poner rumbo de nuevo a Barcelona. Y entonces fue cuando, al descubrirse la desaparición de Maripili y su perro, entró en juego la policía.

El capitán le explicó su versión. El premiado sospechoso la suya.  Y el inspector, sonriendo maliciosamente, les mostró una fotografía en la que aparecían una mujer y un perro en el escenario de una famosa sala de fiestas donde se ofrecían espectáculos porno.

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2 comentarios

  1. Mar i Luz: Relación insólita, pero creo que no entendí bien a bien que sucedió con la mujer y el perro. Extraño tu cuento.
    Me gustaría tu opinión del 168. gracias

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  2. En los tiempos que corren, ya es bastante agotador tener que mantener el tipo y tratar de ganar los favores de las damas casaderas frente a la feroz jauría de bípedos babeantes, como para pensar en competir también con otras razas seguramente más dotadas para ciertas artes. Donde esté un buen sofá, una buena copa y un buena película, que se quiten todas las Maripilis del mundo. Suerte con el relato.

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