24- El trabajo de Spoon. Por Orestes

El trabajo de Spoon era simple: cuando un bicho sin alas, generalmente una ardilla o un topo, pusiese los pies sobre el césped, él tenía que echarlo de allí. Trabajo que emprendía en un arranque frenético y babeante de ladridos, seguido de una desenfrenada carrera hacia su presa que huía atemorizada hacia el horizonte. Tenía una cadena atada al cuello y ésta a su vez estaba atada a un poste que sobresalía medio metro en mitad del jardín; “Suficientemente larga para cubrir la mayor parte del terreno, pero corta para atravesar la cancela de salida o permitirle dejar pasar al interior de la casa” – eso decía siempre Tom, el dueño de Spoon. Así que aquellas persecuciones finalizaban inevitablemente con un fuerte tirón en el pecho del perro que hacía que éste se irguiese sobre sus patas traseras mientras seguía gruñendo furioso hacía la dirección por la que huyó el intruso. Después de cumplir su tarea le gustaba tumbarse a descansar junto al poste; haciendo una curva con el lomo y dejando que llegase la hora de la cena mientras disfrutaba viendo el césped completamente despejado. 

 

Su vida era apacible en esa casa: la comida, los dueños, los hijos de los dueños, las caricias de los hijos de los dueños, incluso tenía una caseta que Tom le construyó con los peldaños de madera de la antigua escalera. Todo estaba bien, sí, pero no para él. Él no había nacido para vivir circunscrito al círculo que dibujaba una cadena. Spoon, a pesar del ridículo nombre con que le habían bautizado, era un perro salvaje, tenía algo de lobo dentro que le hacía husmear el aire durante el atardecer, levantar la cabeza y aullar a la negrura del cielo. Ya había cumplido cuatro años de vida encadenado. Quería escapar y mordía inútilmente la cadena que le apresaba, y corría hacía la salida con la intención de que la cadena quebrase; en ataques de rabia la tensaba todo lo que podía, se giraba y asiéndola con la boca retorcía los dientes sobre los eslabones. Si alguna vez Tom o alguno de sus hijos le sorprendía haciendo esto se acercaban hacia él preocupados y pasaban la mano sobre sus orejas; “Tranquilo Spoon. ¿Qué te pasa?”, entonces cerraban la cancela, le liberaban durante un tiempo y le daban pienso del bueno y pan mojado en agua, pero él no quería esos pequeños lujos, ni ese cautiverio controlado; él quería ser libre.

 

Una tarde, después de que los dueños hubiesen salido a la ciudad llevando a los niños consigo, Spoon se encontraba especialmente nervioso. Este día era el día,  llevaba toda la tarde mirando la puerta de entrada, tumbado solemne al lado de su poste; en esta ocasión no fallaría. Empezó a correr, tan rápido como pudo, tan fuerte como pudo, se imaginó atravesando los montes que rodeaban la casa, durmiendo en recovecos que encontraba entre las rocas, alimentándose de todas esas alimañas que siempre escapaban de sus mandíbulas por culpa de la cadena, la maldita cadena. Los eslabones silbaban en el suelo mientras el perro corría hacia la salida, calculó cada movimiento, cada impulso y cuando su recorrido estaba apunto de terminar estiró su cuerpo hacia delante, hacia la libertad, y para su sorpresa, esta vez uno los eslabones se abrió y la cadena se partió por la parte final. Spoon, rodó por el suelo, se levantó, y miró perplejo el trozo de cadena que aún se balanceaba bajo su cuello. Era libre. Al fin. Libre. Aún no lo creía. La cancela estaba abierta, los amos fuera, podría salir corriendo y nunca más le encontrarían. Tuvo una sensación extraña, había pasado toda su vida allí, atado a ese poste, ladrándole a los topos, viendo crecer la hierba para luego ser cortada, una y otra vez; con un sol de justicia sobre la nuca o empapado hasta los huesos.

 

La luz empezaba a esconderse tras las montañas, y su sombra se alargaba sobre la pista de grava que salía de la casa. Pronto llegarían los dueños, casi podía oler el gasoil del todo terreno rugiendo sobre el camino; le echarían algo bueno para comer, como siempre que vuelven de la ciudad, el niño pequeño se le agarraría al cuello y pronunciaría cuatro o cinco palabras ininteligibles cerca de su oído. Un aire frío movió en el suelo unas cuantas hojas marrones. Estaba cansado, ya era casi de noche, se acercó lentamente hacia el poste del jardín y se tumbo junto a éste haciendo una curva con el lomo.

 
 

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5 comentarios

  1. Orestes:
    La temática del cuento me parece interesante. El cuento me parece aceptable, aunque creo que la historia y su narración se podrían agudizar algo más. En cualquier caso, es sólo mi opinión.
    Por otro lado, creo que se te ha pasado poner DE entre UNO y LOS en la siguiente frase:
    …esta vez uno los eslabones…
    Suerte y ánimo.

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  2. Auster, efectivamente se me ha perdido por el camino un «de» entre «uno» y «los», gracias por la corrección.

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  3. Tu cuento es uno de los que más me ha gustado. Me gusta la épica con la que se inicia, al estilo de London, y el final, marcado por la rutina y el conformismo.

    Suerte.

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  4. ¿Libertad? ¿Para qué? Puede que en nuestro código genético, todos los seres vivos nos parezcamos más de lo que pensamos. Enhorabuena por tu relato.

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  5. El trabajo de spoon era algo más que cuidar la casa o el césped del jardín.
    Felicidades por tu bello cuento Orestes.

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