21-La Trampilla. Por Anadiplosis

-¿Dónde vamos? -preguntó el taxista.

Rebeca dijo el nombre de la calle. Tomó el espejo y el lápiz de brillo y dibujó una o mayúscula sobre sus labios. La noche ya se había acomodado y los espejos retrovisores le devolvían un juego de luces como de luciérnagas simétricas.

-Esto ya no es lo que era –sentenció el taxista con una de esas frases que sirven tanto para iniciar una discusión como para concluirla.

La joven se encogió de hombros y se diluyó en sus propios pensamientos.

Cuando llegó al local, aún no habían empezado los monólogos. Buscó un taburete junto a la barra, se mimetizó entre la concurrencia y continuó la lectura de su libro. Era una novela de misterio que la había absorbido desde el principio, hasta el punto de hacerla faltar a varias clases durante la mañana. Al llegar a final de página, levantó la vista y se encontró con los ojos de David, escrutándola a unos metros de distancia.

-Ah, ya estás aquí -dijo regresando a la novela.

-Sí, bueno… ¿Quieres hablar?

-Claro. Para eso hemos quedado. Vamos mejor a la parte de abajo, van a comenzar las actuaciones.

David no comprendió por qué Rebeca quería hablar en el sótano, donde había más gente y más ruido, y donde los monólogos exigirían una dosis de atención que vendría a cobrarse a cargo de su diálogo. Sin embargo optó por no preguntar nada, pues en casa se había propuesto mantener una actitud neutra desde el principio.

Descendieron por la escalera y encontraron un espacio donde sentarse entre dos parejas que tuvieron que abrirse a un lado para hacerles hueco.

-Lo que quería decirte –comenzó ella– es que… no sé. No es sencillo. Le he estado dando vueltas a lo nuestro estos últimos días y pienso que hay algo entre nosotros. No sé lo que es, no sé muy bien si te amo, si te tengo cariño o si serás alguien importante en mi vida. O no. Pero lo que sí tengo claro es que, si no cambias, no podremos estar juntos.

Él pestañeó varias veces, como si con cada pestañeo fuese asimilando la dimensión de cada palabra. Luego bajó la vista y se observó las manos, reprimiendo el impulso de llorar.

-Te entiendo –mintió-. Yo creo que lo importante es que haya amor; el nombre que le demos es lo de menos.

Rebeca sonrió y tomó la mano de David entre las suyas.

-Ahora vengo –dijo él.

Esquivó unos cuantos cuerpos, pasó por delante de la segunda barra y entró en el cuarto de baño. Se enjuagó la cara repetidas veces, y se echaba agua en la nuca cuando creyó percibir unas vibraciones en la pared. Pensó que eran las tuberías y no le dio importancia. Pero una vez fuera, experimentó una extraña necesidad de regresar.

Volvió a su asiento con la intención de retomar la conversación y darle un nuevo sentido.

-Creo que no soy el único que debería cambiar. Si una pareja no funciona, lo normal es que sea culpa de los dos. Quizás tú también deberías cambiar un poco.

-Espera –le interrumpió Rebeca–, que va a empezar el monólogo.

La chica reía con el humorista mientras él, ajeno, trataba de encontrar una estrategia para ganarse su atención.

-Yo también tengo algo que decirte.

-¡Jajajaja! Este cómico es genial.

La pareja sentada a su izquierda empezó a discutir. Ella lo acusaba de jugar con sus sentimientos y él se escudaba en estar atravesando una mala racha. Entre las risas del público, David pudo distinguir: «Tal vez no haya sido el mejor, pero me he esforzado».

-Tal vez no me haya esforzado, pero soy el mejor –le dijo a Rebeca.

Ésta se giró, ausente, y le dedicó una sonrisa mecánica.

El primer monólogo terminó, coyuntura que ella aprovechó para subir a por una cerveza. David no podía quitarse de encima la incomprensible urgencia de volver al cuarto de baño. Entró de nuevo para cerciorarse de que no sucedía nada fuera de lo común. Entonces volvió a sentir las vibraciones tras el alicatado. Esta vez no le pareció el efecto sonoro del agua recorriendo la tubería, sino una corriente de aire más allá del tabique.

-Creo que ahí dentro pasa algo raro –le comentó a Rebeca.

-Calla, que va a empezar el segundo monólogo.

Le acometió un latigazo de rabia que acusó a la altura de la mandíbula. Quiso gritar, repasar con ella la relación, paso a paso, demostrarle en qué aspectos y de qué manera se había equivocado. Pero se había concienciado para estar sereno a cualquier precio y concentró toda su frustración en la búsqueda de un comentario que la hiciese relajarse.

-Estás muy guapa.

-Gracias.

No pudo continuar en la línea del elogio porque volvía a sentir la respiración del cuarto de baño en su cabeza. Regresó decidido a encontrar una respuesta a su turbación. Con las vibraciones haciéndose cada vez más obvias, imaginó que los azulejos se desprendían, dejando al descubierto la trampilla, que cedía sin oposición revelando un pasadizo incómodo por el que tuvo que agacharse para llegar al otro lado.

Al otro lado, todo parecía igual que en el original: La misma trampilla desembocando en los mismos servicios, la misma barra y el mismo sótano donde el mismo humorista continuaba con el mismo monólogo. Sin embargo, al volver a su mesa, en lugar de sentarse al fondo de la sala, me senté al principio, en un enésimo intento de captar el interés de Rebeca.

-A ver, ¿qué te pasa? ¿Qué querías decirme antes?

-Nada –le puse la mano sobre el hombro, consciente de el cambio que se acababa de obrar en mí –Tú no te preocupes, todo va a salir bien.

Rebeca arqueó las cejas y torció la boca en un gesto de incredulidad. Había algo desconcertante en esa frase o en ese rostro, que no conseguía descifrar.

-Todo va a salir bien –repetí.

-Tengo que ir al baño –anunció ella.

Por algún motivo, no se dirigió al servicio de mujeres, sino al de hombres, donde enseguida se introdujo a través de la trampilla. Cuando estuvo de vuelta, la nebulosa emocional se había disipado, dejando atrás cualquier atisbo de duda. Ahora el mundo se le ofrecía con una claridad impúdica. No se anduvo con rodeos y regresé de nuevo a la sala de los monólogos, donde por fin me besé y acepté mi propuesta de volver a salir conmigo.

-Tenías razón –me dije-. Todo va a salir bien.

Yo asentí, satisfecho.

La vibración de la pared seguía ejerciendo su poder hipnótico. Uno por uno, todos iban atravesando el pasadizo, mientras, en el otro extremo, yo iba poco a poco conquistando la ciudad.

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6 comentarios

  1. Al principio está interesante y creo, se podría haber sacado más partido a un relato seudo-romántico. Pero al equivocarse varias veces con la voz del narrador y dejar ambíguo el relato; me ha dejado muy a medias.

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  2. Rosi:

    ¿Equivocarse varias veces con la voz del narrador?

    Veo que no ha entendido usted en absoluto el relato.

    Un saludo.

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  3. Yo creo que el relato romántico era casi mortalmente aburrido y que la ambigüedad es lo que lo salva, con unos elementos de realismo mágico sorprendentes.

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  4. El eterno sueño de traspasar al otro lado del espejo para saber qué y quién hay detrás.La curiosidad hipnótica por saber si somos los mismos a un lado y al otro. Mucha suerte.

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  5. Hay, evidentemente, mucho que saber sobre esto. Creo que usted ha hecho algunos buenos puntos de Caracter

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  6. No entendí este ambiguo relato, pero debe tener sus puntos de interés, tal vez la intención del autor fue hacernos caer en una trampilla.

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