194-“El peso del tatuaje”. Por Ocho

         El primer empleo que tuvo Carmen en su trayectoria laboral fue el de vendedora de pisos en una inmobiliaria, con contrato mercantil, es decir, sin sueldo, ni fijo ni variable, según comisión de venta. Luego, cuando decayó el sector de la construcción, trabajó los meses de verano en una cafetería, y, aunque no tenía experiencia, aprendió bien el arte de llevar la bandeja. No es que Carmen careciera de profesión; era licenciada en derecho, pero para ser abogada, ejercer, y vivir de ello es necesario una cantidad de dinero a fin de colegiarse y pasar el tiempo de pasantía sin cobrar, de la que, a pesar de sus orígenes familiares, ella carecía.

         Carmen vive en Benidorm, en la misma costa mediterránea,  es una ciudad llena de gente de todas las partes del mundo, cosmopolita, de edificios altos, casi rascacielos, y vacaciones permanentes. En Benidorm es fácil ser una mujer invisible.  

         Cuando Carmen cerró con sus propias manos la persiana de la tienda de ropa joven en la que trabajaba tras cansarse de los cafés,  a pesar de ser su tarde libre, y de tener  medio día de libertad por delante, sintió un extraño presentimiento que nunca antes había experimentado. 

         Cerca de las tres de la tarde, Carmen llegó al edificio de su apartamento, en las afueras de Benidorm, dejó su bicicleta en el trastero, entró y antes de tomar el ascensor, abrió el buzón, allí dentro encontró una carta, en cuyo remite figuraba el nombre completo de su único hermano: Francisco Cisneros de Beltrán. Carmen recibió un vuelco en su corazón, y un dolor agudo se posó en su pecho porque supo, antes de abrir el sobre de la carta, que su madre había muerto. Y a juzgar por el tiempo que suele tardar el correo ordinario desde Madrid, su madre llevaría enterrada al menos dos días.

         Hacía exactamente cinco años que no tenía ninguna relación con su madre; ni una llamada de teléfono, ni una carta, ni una sola noticia entre las dos mujeres, que, aunque unidas por ese extenso caudal de sangre familiar, habían decidido sepultarse para siempre en plena vida. Asunto raro, pues dicen que las madres hacen y comprenden todo por sus hijos o hijas, pero éste no fue el caso, en el que pudo mucho más la estirpe y casta social, que el volumen sanguíneo que se ha citado más arriba. Carmen Cisneros, la madre, era mujer de moral intachable, muro basáltico de un rango genético cuyas raíces se hundían por encima de la carne de los sentimientos. La madre de Carmen pertenecía por nacimiento y derecho a esa elite senatorial  española de obispos, terratenientes, abadesas, propietarios y militares que pertenecía incrustada en el barrio Salamanca de la capital de España. Rentas heredadas y privilegios eran causa sustancial de una vida recta, pero de lujos. Su padre había muerto joven, en un accidente de caza, debido a un desafortunado disparo de fatales consecuencias, y había dejado viuda y dos hijos; Carmen, la pequeña, de cinco años, y Francisco, su hermano mayor, el primogénito. En la familia nunca hubo lugar para la heterodoxia de naturaleza alguna. Se obviaban las astas  con las que cualquiera pudiera nacer al mundo, y se diseñaba la vida como si cada cual fuera el camino viejo de un mapa, cuyo principio y fin está ya diseñado y pintado desde hace mucho tiempo sobre el papel añejo. La familia de Carmen era criogénesis de siglos antiguos. Aunque, gracias a la muerte de la madre matriarca, todo estaba ya condenado a la carcoma de los recuerdos. Francisco no era del modo tan recto, aunque no aprobara la extraña vida de su hermana, tampoco llegaba a condenarla con tanto rigor.

         Los Cisneros, abolengo mayoritario de rentistas sin otro recurso que el de explotadores y ladrones legales, eran la única familia de Carmen y a la que había renunciado desde casi su adolescencia. No participó de arrogancias, ni fastos de bautizos, comuniones o bodas. Jamás quiso contraer el oficio de casada y devota de esposo hereditario. Carmen permaneció en la insolencia, disidente de ceremonias, dueña de un silencio rebelde, y la mayor parte de los días, los meses y los años, oculta y amotinada en su propia habitación. Un perro, pastor afgano, única herencia viva de su padre, fue el compañero del castigo y exilio doméstico de Carmen, también algunos libros, la música y sobre todo, la ventana, desde donde se veían las calles, la gente, los coches; el paisaje urbano yuxtapuesto a la vida de Carmen. Desde aquella apertura en el muro se veía casi toda la perspectiva longitudinal de la calle Velásquez y al fondo, se distinguía la bandera de los Estados Unidos,  guirnalda principal del edificio de la embajada. La cabeza de Carmen iba de las barras y las estrellas  a las películas de Hollywood;  imaginaba muchas veces que se iba  de viaje a Nueva York y alquilaba un apartamento en Manhattan con vistas a la estatua de la libertad. Allí conocía gente nueva y se olvidaba de Madrid.  A Carmen le gustaban los rascacielos, el mar y las ciudades en las que podía ser una mujer desconocida e invisible. Su hermano, a pesar de la prohibición, interrumpía a veces la soledad de los castigos de  Carmen e introducía en la habitación algún disco de jazz, El último de la fila o Héroes del silencio.    

         Sorprenderán los hechos en pleno siglo XXI, que siguen soldados a un mundo aparentemente fenecido, pero que continúa existiendo fuera del devenir social, a veces escondido a la vista de cualquiera.  No parece creíble ni verosímil, pero son muchas familias de esclavos posmodernos todavía, que siguen penetrando en la mente de sus miembros, como si hijos y hermanos fueran mayordomos o sirvientes de su propia casta.

         Después de leer la carta, conocer los detalles del fallecimiento y detenerse a pensar en algunos recuerdos, Carmen reunió sus cosas del armario, las metió en su mochila, revisó que llevaba todo lo necesario, se calzó sus zapatillas deportivas y como si se hubiera tratado de todo un rito iniciático, se echó la mochila a los hombros, y sin ni siquiera comprobar su aspecto físico en el espejo, salió de su apartamento recogiéndose el pelo, con tiempo suficiente para llegar al gimnasio a las nueve en punto.

         Atravesó con su bicicleta la mitad de Benidorm. Se deslizaron las ruedas sobre el asfalto del carril para ciclistas, pasó por delante de algunos rascacielos y en el tramo más cercano al mar, su cara recibió la brisa del Mediterráneo en invierno, justo antes de llegar al edificio del gimnasio y aparcar la bicicleta en un soporte metálico de la puerta. 

         La recepcionista era una mujer joven como Carmen, con el pelo muy corto y el cuerpo fornido de darse al ejercicio físico. En cambio, Carmen era grácil y se había dejado crecer el pelo de nuevo. Ambas mujeres se miraron como de costumbre, aunque los ojos de  Carmen  delataran un rastro de tristeza y su cara no fuera capaz de ocultar la reciente cicatriz.

         Qué duda cabe, Carmen y la mujer recepcionista se deseaban  la una a la otra y cada una por su cuenta, esto quiere decir que ese deseo entre ellas no había sido indicado con suficiencia, aunque fuera claro para cualquier ojo humano.

         Después de la clase de spining, Carmen entró cansada a los vestuarios, se quitó la ropa y se introdujo en la ducha.  Mientras el cuerpo recibía el agua caliente por toda su piel, Carmen repasó en su cabeza la delgada película de su memoria en Madrid, en el colegio de los jesuitas; se vio en el espejo con el uniforme y sus coletas de niña feliz. Mientras se volvía a vestir, le vino a la mente la última conversación con su madre, lejana en el tiempo;  aquellas palabras  sardónicas.  El primer amor de Carmen fue una compañera de clase, que se llamaba Esther. Ambas tenían catorce años y nos sabían como podía ser que su deseo fuera contrario a la educación, si a ellas les nacía sin más conciencia ni artificio. Comprender que hay que ocultar lo natural es la primera frustración con la que Carmen chocó y de ahí en adelante, su vida se convirtió en un secreto gigantesco y en un ansia por dejar de sentir el escándalo de su naturaleza. Su madre detectó pronto la anomalía y a Carmen le sobrevinieron castigos innumerables, sobre todo, encierros prolongados en su habitación, de lunes a domingo, y aunque su cuerpo nunca recibió violencia, su mente fue adoptando ese tatuaje que caracteriza la condición del monstruo. Ella misma intentó  escapar de su cuerpo como si alguien pudiera  escamotear su propia identidad  a sí mismo con trucos de trilero.

         Repitió curso dos veces y a marchas forzadas, continuó el rosario de la enseñanza privada en los colegios  más caros de Madrid, con sus estigmas y prohibiciones a cuestas.

         Nunca supo nada más de Esther, que siguió adelante en el bachillerato en un instituto de Las Rozas. Una vez se la encontró por el Paseo de la Castellana y apenas la reconoció; se había cortado el pelo y paseaba de la mano con una joven alta y rubia. Ni si quiera se saludaron. Carmen la buscó con sus ojos, pero Esther bajó la vista. Esa misma tarde cumplió Carmen los veintiséis años de edad, se cortó el pelo y  salió de su casa a primera hora de la mañana. Ya no volvió nunca más al solar de la familia. Luego, sólo unas cuantas llamadas de teléfono y una visita estéril de su hermano.

         Carmen llegó a Benidorm hace cinco años y empezó a vivir. Tuvo que trasladar  su expediente a la Facultad de Derecho de la Universidad de Alicante, y, aunque perdió un par de asignaturas y sufrió  graves dificultades académicas, continuó sus estudios, y en dos años terminó la carrera.

         En Benidorm su existencia ya no fue un secreto ni una vergüenza. Innumerables amigos y amigas fueron desbaratando poco a poco el vacío de Carmen y se ejercitaron en el oficio de  familiares sin sangre ni genética.

         Aquella misma noche, al salir del gimnasio, justo cuando iba a desencadenar su bicicleta, Carmen y la recepcionista chocaron como dos bolas de villar y se sonrieron. Después de presentarse, Carmen supo por fin el nombre de la desconocida, Raquel: mujer bella y atractiva de veintiocho años. Compartieron la noche. Desde el apartamento de Carmen el mar se veía  lejos, también algunos edificios muy altos, casi rascacielos y la costa, llena de luces amarillas. Las dos mujeres, Carmen y Raquel,  hicieron larga su conversación hasta la madrugada y supieron de algunos secretos de cada una. Las dos estuvieron hablando de la estatua de la libertad y de la gran manzana. Desde el apartamento de Carmen, Benidorm parecía una fotografía trucada de Nueva York.  

         Mientras, a unos pocos cientos de kilómetros, Francisco Cisneros, hermano mayor de Carmen, a la luz de su despacho de ingeniero de caminos, leía detenidamente el testamento de la madre muerta.    

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4 comentarios

  1. Quizá hay un poco de desorden en la historia, cabos sin atar, tal vez por tratar de abarcar demasiadas cosas, y en conjunto me ha resultado poco verosímil.

    Por cierto, el nombre «Carmen» se repite en exceso a lo largo del relato; probablemente se podrían haber suprimido algunas de ellas o haberlas sustituido por pronombres.

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  2. Qué complicado resulta seguir los dictámenes del cuerpo cuando éste queda encorsetado por la educación. Suerte.

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  3. Historia interesante, que apunta más de lo que desarrolla, quizá por falta de más espacio, pero hay que ajustarse a las bases, ¿no?
    Suerte.

    El mío es el 190.

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  4. Ocho: Te felicito, tu relato está lleno de ternura. Me alegré por carmen al imaginarmela aquella noche con raquel.

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