{"id":91,"date":"2007-03-23T15:16:52","date_gmt":"2007-03-23T14:16:52","guid":{"rendered":"http:\/\/www.canal-literatura.com\/4certamen\/?p=91"},"modified":"2007-03-23T15:16:52","modified_gmt":"2007-03-23T14:16:52","slug":"69-hangar-28-por-ataraxia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/4certamen\/?p=91","title":{"rendered":"69- Hangar 28. Por Ataraxia"},"content":{"rendered":"<div class=\"pdfprnt-buttons pdfprnt-buttons-post pdfprnt-top-right\"><a href=\"https:\/\/www.canal-literatura.com\/4certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fposts%2F91&print=print\" class=\"pdfprnt-button pdfprnt-button-print\" target=\"_blank\" ><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/www.canal-literatura.com\/4certamen\/wp-content\/plugins\/pdf-print\/images\/print.png\" alt=\"image_print\" title=\"Imprimir contenido\" \/><\/a><\/div><p><span style=\"font-size: 10pt; color: #333333; font-family: Verdana; mso-fareast-font-family: 'Times New Roman'; mso-bidi-font-family: 'Times New Roman'; mso-ansi-language: ES; mso-fareast-language: ES; mso-bidi-language: AR-SA\">La interminable seguidilla de libros apilados se extiende en el hangar gigantesco. Taciturno, el hombre deambula con su lazarillo.<!--more-->\u00a0Cada tanto se detiene, tantea el suelo y se\u00f1ala con adem\u00e1n en\u00e9rgico. El perro husmea entre la pila, rasgu\u00f1a p\u00e1ginas amarillentas, revuelve con el hocico libros gastados; hasta que algo lo inmoviliza. Un ladrido seco y el hombre comprende que la b\u00fasqueda no ha terminado.<br \/>\nAcaricia el hocico, el vientre, un libro; ya es hora de descansar. No es posible buscar sin pausa por todo el tiempo, aunque el tiempo, en este reducto imposible, sea s\u00f3lo un racimo de decepciones y babas. Agotado, se deja caer entre los libros con la voluptuosidad de un dios en un lecho de p\u00e9talos y flores.<br \/>\nAcaricia su brazo izquierdo: en el lugar de siempre, la llaga profunda y seca. Recorre despacio la hendidura de la carne y recuerda el libro que le costara la m\u00e1s violenta de las luchas con el perro y esa cicatriz aguda en forma de v. Trata de incorporarse pero la ansiedad acumulada en estos d\u00edas de b\u00fasqueda est\u00e9ril ha tomado la forma de una mano gigantesca que lo aplasta contra el piso. Boca arriba, inm\u00f3vil, se dedica a imaginar sabores nuevos.<br \/>\nSabe que un bocado nunca es igual a otro, que cada libro exquisito es tr\u00e1gicamente distinto a todos los anteriores: una conmoci\u00f3n violenta y sensual en un lugar virgen de sus fibras nerviosas. El perro suelta un quejido apagado que lo arranca de sus pensamientos; guiado por este sonido gira la cabeza y murmura una maldici\u00f3n resignada. Flexionando lentamente las piernas, entre bostezos y movimientos pausados, consigue salir de su letargo. Penosamente se incorpora y oye el inconfundible repiquetear de patas que se acercan. Avivado por una s\u00fabita r\u00e1faga de deseo, tira de la soga y empuja al animal hacia una nueva b\u00fasqueda.<br \/>\nBas\u00e1ndose en el estudio constante de las formas y texturas de los libros, ha descubierto que las monta\u00f1as de libros hexagonales limitan entre s\u00ed formando una superficie cerrada. Una vez dentro de esta secci\u00f3n, deambula hasta dar con alguna pila de libros lisos: la cantidad de ejemplares que contiene, indica el n\u00famero de mont\u00edculos que debe desplazarse hasta encontrar la siguiente pila de libros lisos (si el n\u00famero es par, seguir\u00e1 hacia delante; si es impar, doblar\u00e1 hacia la derecha \u2013de ser n\u00famero primo\u2013, o hacia la izquierda.) Este sendero lo conduce hacia la zona de libros curvos.<br \/>\nAll\u00ed tantea texturas y se\u00f1ala; el perro rebusca enardecido en un cataclismo de olores, imperceptibles para el olfato de su amo; escarba, la boca transformada en un enjambre de babas y el hombre espera \u2013una mano aferrada a la soga, la otra empu\u00f1ando el bast\u00f3n\u2013, el silencio brusco que marcar\u00e1 el inicio de la lucha: torbellino de sangre, pelos y gru\u00f1idos, golpes inciertos sobre p\u00e1ginas y orines, dentelladas de odio contra la vara maldita.<br \/>\nEn ocasiones, el perro logra escabullirse con el bot\u00edn, dejando al hombre presa de sus fantasmas en un llanto oscuro y melanc\u00f3lico; vuelve el animal horas m\u00e1s tarde y el hombre lo abraza con una resignada caricia doliente. Otras veces, a fuerza de golpes y manotazos desquiciados, es \u00e9l quien captura el bocado.<br \/>\nPero hace d\u00edas que la escena es muy distinta: un ladrido seco y la angustiosa calma tras la ansiedad desmesurada.<br \/>\nAvanza a paso firme entre las pilas y frena de golpe. Tantea y comprueba los relieves curvos; afloja la soga y se\u00f1ala. Venteando con fuerza, el perro escarba entre los libros y el hombre reconoce que la rutina se prolonga m\u00e1s de lo habitual. Entre ara\u00f1azos y mordiscos, sumergido en una profundidad de p\u00e1ginas, el animal retrocede despacio, un libro apresado con fuerza entre los dientes.<br \/>\nEl hombre lanza el golpe de bast\u00f3n y hay un aullido y luego un llanto. Est\u00e1 por lanzar otro golpe pero detiene el brazo en el aire: los gemidos del animal tienen un tono inusitado, implorante. Suelta el bast\u00f3n y recorre con las palmas el pelaje c\u00e1lido. El animal suelta el ansiado ejemplar, que cae al piso, entre la h\u00fameda respiraci\u00f3n del perro y la incr\u00e9dula expresi\u00f3n del hombre.<br \/>\nTendido boca abajo, apoya la yema de los dedos sobre la cubierta y abre el libro lentamente, atento al menor ruido. Acerca la cara y su lengua repta como una babosa sobre las palabras de la p\u00e1gina central; un polvillo p\u00farpura mancha su boca, l\u00edquido viscoso que dibuja un c\u00edrculo morado alrededor de los labios; a\u00falla, sacudiendo los brazos y las piernas, r\u00e1fagas de incienso y vapor c\u00e1lido inundan los pulmones; su esp\u00edritu y su sangre han formando una alquimia imposible que trepida por un nuevo torrente de venas y arterias. Imagina y siente que est\u00e1 de pie, al borde de un precipicio, los pies desnudos tocan el filo de la roca. Un impulso animal incontenible lo empuja a arrojarse al vac\u00edo: la velocidad del cuerpo en ca\u00edda libre, el v\u00e9rtigo del aire que sacude sus cabellos, un grito de terror y el aire se condensa y es de pronto l\u00edquido transparente que inunda el cielo; chapotea entre las nubes, en un mar cristalino por el que se desplaza, con amplias brazadas, extasiado por la visi\u00f3n de la pradera en la que discurre, abajo, en la lejan\u00eda de la tierra firme, un bosque extenso de pinos. Por las azuladas aguas, recortando su silueta entre blancas nubes de coral, una sirena de escamas doradas culebrea y canta; la piel de la parte superior es negra; el rostro de facciones delicadas y labios gruesos, ojos celestes \u2013muy claros, casi blancos\u2013, pesta\u00f1as delineadas en un verde turquesa; nada entre burbujas blancas, ondea el largo pelo rojo.<br \/>\nPegado al hombre, el perro lame la p\u00e1gina central como si bebiera de un estanque apacible; luego rueda por el piso, sacude las cuatro patas, gimotea; el hombre a su costado, los ojos cerrados, exhibe los dientes morados en una sonrisa interminable hasta que con un grito de dolor que retumba en la inmensidad del recinto percibe que sus sentidos han vuelto al hangar.<br \/>\nExhausto, lanza un gemido ronco y antes de caer en un sue\u00f1o profundo estira la mano hacia la oscuridad, buscando al perro; el perro lame su mano ya dormida y se ovilla a su costado. Una claridad difusa, que parece emanar de todas las cosas, comienza a iluminar la oscuridad. Por primera vez amanece en el hangar.<br \/>\nMurmurando s\u00edlabas inconexas abre los ojos y una punzada aguda lo obliga a apretar los p\u00e1rpados con fuerza. Cuando el dolor ha cedido, pesta\u00f1ea, el rostro cubierto por una cortina de l\u00e1grimas. La luz hiere la atrofiada b\u00f3veda de su mirada; bultos gris\u00e1ceos, que luego viran hacia el sepia, se contornean en una escena gelatinosa de siluetas cada vez m\u00e1s n\u00edtidas y coloreadas.<br \/>\nAhora puede ver al perro; lo sorprende su color: imaginaba un pelaje claro, jam\u00e1s esa negrura. Una r\u00e1pida mirada al hangar no le muestra nada que sus otros sentidos no le hubieran insinuado: la altura del techo la conoc\u00eda por el eco de su voz; el ancho de dos mil pasos contados hasta el hartazgo y el largo del edificio, cordillera de libros sin principio ni fin.<br \/>\nEl perro camina hacia \u00e9l con su lento andar de pura raza, porte atl\u00e9tico y cola bamboleante. Lo acaricia con ganas y el perro demuestra su alegr\u00eda con ladridos y cabriolas. Toma un libro del mont\u00f3n y lo arroja con todas sus fuerzas. El perro se lanza a la carrera y vuelve con el libro entre los dientes. Repiten el juego hasta que terminan revolc\u00e1ndose por el suelo entre risas y ladridos. Luego, sentado sobre la cima de una de las pilas, acaricia la cabeza del perro y recorre con la mirada el vasto hangar: frente a \u00e9l, la interminable pared gris\u00e1cea se extiende hasta el infinito, en ambas direcciones; gira: la distancia que lo separa de la pared opuesta s\u00f3lo le permite ver una franja gris que se confunde con los libros y el techo; muralla de cemento, a la que asocia con una fr\u00eda rugosidad seca. Observa el techo \u2013hasta entonces el aroma dulz\u00f3n de un eco blando\u2013, ahora listones entrelazados de madera parda. Vuelve la mirada hacia la pared m\u00e1s cercana y reconoce una forma oscura que quiebra el orden del cemento gris. Cerca del techo, un rect\u00e1ngulo negro invade la monoton\u00eda de kil\u00f3metros de hormig\u00f3n.<br \/>\nDesciende; atraviesa las pilas hasta la pared y se detiene bajo el rect\u00e1ngulo negro. Es una abertura, del tama\u00f1o de una puerta, casi pegada al techo, a unos diez metros del piso; el perro, echado a sus pies, parece una alfombra comprimida contra el piso.<br \/>\nRaspa el muro con el lomo de un libro, con la intenci\u00f3n de escarbar un primer escal\u00f3n, pero tras una penosa batalla con el cemento s\u00f3lo consigue unas marcas rid\u00edculas. Mira hacia la abertura inaccesible y est\u00e1 por lanzar el libro por los aires cuando descubre la soluci\u00f3n al enigma.<br \/>\nAcomoda el libro en el suelo, en el \u00e1ngulo que hace la pared con el piso; toma otro y lo ubica al lado; el perro ladra, va y viene, se trepa a una monta\u00f1a de libros y baja a la carrera.<br \/>\nCuando ha sobrepasado la mitad de su tarea, la construcci\u00f3n de cada nuevo escal\u00f3n requiere que suba una y otra vez transportando una pesada carga. El perro ha intentado seguirlo varias veces, pero sus pasos torpes hacen que la escalera de libros tiemble, amenazando con desmoronar la obra que culmina tras largas horas de trabajo: los escalones, de dos libros de ancho, ascienden los diez metros hasta llegar a la puerta.<br \/>\nAlza al perro en brazos y apret\u00e1ndolo contra su pecho, con paso lento, consigue superar los primeros escalones. Pero a mitad de camino el perro comienza a sacudirse; trastabilla, varios libros caen, la estructura tiembla. Apoya un hombro contra la pared, alcanza a agacharse y recobra el aliento; pero esto no hace m\u00e1s que empeorar las cosas ya que el perro, asustado, quiere soltarse. Lo aprieta aun m\u00e1s contra su pecho, lo arrulla y le besa el hocico. Retoma la ascensi\u00f3n, la vista clavada en la abertura negra; pero la escalera vuelve a moverse, oye el golpe de varios libros contra el piso, est\u00e1 por llegar, acelera la marcha y a menos de un metro del final la estructura se ladea, alej\u00e1ndose de la pared; arroja al perro a trav\u00e9s de la abertura y este movimiento brusco hace que la escalera se desmorone por completo; salta, pataleando en el aire y entre manotazos desesperados se aferra al borde de la cornisa.<br \/>\nA sus espaldas, oye el golpe de los libros contra el piso; cuelga de la abertura, sostenido por sus dedos crispados. El perro aparece entre las sombras, arrastrando sus patas con un andar pesado; le lame los dedos y se sienta sobre sus cuartos traseros. Con un esfuerzo coordinado de los abdominales y los brazos consigue apoyar los codos en el borde de la pared y trepa.<br \/>\nLado a lado, observan largamente la inabarcable extensi\u00f3n de libros: vista desde esta nueva altura, le parece un ingenuo mont\u00f3n de papeles. Gira, d\u00e1ndole la espalda al viejo hangar y una brisa fresca, venida desde una lejan\u00eda infinita, le acaricia la frente. Toma al perro de la soga y avanza, tanteando las sombras, con paso incierto.<\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La interminable seguidilla de libros apilados se extiende en el hangar gigantesco. 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