{"id":23,"date":"2007-03-05T22:49:08","date_gmt":"2007-03-05T21:49:08","guid":{"rendered":"http:\/\/www.canal-literatura.com\/4certamen\/?p=23"},"modified":"2016-04-24T23:26:53","modified_gmt":"2016-04-24T22:26:53","slug":"7-aguas-de-ceniza-por-el-eremita","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/4certamen\/?p=23","title":{"rendered":"7- Aguas de ceniza. Por El Eremita."},"content":{"rendered":"<div class=\"pdfprnt-buttons pdfprnt-buttons-post pdfprnt-top-right\"><a href=\"https:\/\/www.canal-literatura.com\/4certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fposts%2F23&print=print\" class=\"pdfprnt-button pdfprnt-button-print\" target=\"_blank\" ><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/www.canal-literatura.com\/4certamen\/wp-content\/plugins\/pdf-print\/images\/print.png\" alt=\"image_print\" title=\"Imprimir contenido\" \/><\/a><\/div><p style=\"text-align: justify;\">\u00a0 Era la tercera vez esa noche que Jon\u00e1s o\u00eda ruido de pasos en la sombra mientras caminaba, triste y solo, por las calles desiertas de la ciudad. Al torcer una esquina, momentos atr\u00e1s, hab\u00eda sentido alternar el eco de sus trancos con el de otras pisadas desconocidas que parec\u00edan acecharle.<!--more-->\u00a0El sonido inquiet\u00f3 a Jon\u00e1s que, desde ese momento, escuch\u00f3 en silencio c\u00f3mo aquellos pasos mon\u00f3tonos se repet\u00edan cada vez m\u00e1s cercanos. Despu\u00e9s de a\u00f1os volviendo a casa por el mismo camino eran muchos los ruidos, bocinazos y saludos que hab\u00eda o\u00eddo, pero esas pisadas trajeron algo distinto y definitivo a la mente del viejo oficinista: un rumor de presagios.<br \/>\nVen\u00eda de pasar la tarde en el ateneo, donde sol\u00eda acercarse a compartir soledad con la de otros colegas jubilados, y le anocheci\u00f3 cuando apuraba el \u00faltimo cigarro para demorar su regreso a la buhardilla carcomida y con goteras regida por el retrato ce\u00f1udo de su difunta esposa. Asustado, Jon\u00e1s apret\u00f3 el paso y decidi\u00f3 cambiar el camino de regreso m\u00e1s corto por un intrincado zigzagueo de callejuelas en un intento de burlar aquel sonido premonitorio. Las aceras estaban humedecidas por la s\u00e1bana del relente y apenas iluminadas por la luz mortecina de las farolas. Jon\u00e1s cruz\u00f3 el umbral de un arco adosado al lateral de una iglesia y se introdujo en el laberinto moro de la capital. All\u00ed, el ritmo cadencioso de los pasos rebotando en las paredes sin lustrar parec\u00eda venir de todas partes, y Jon\u00e1s temi\u00f3 hallar el origen de aquel ruido siniestro a la vuelta de cualquier esquina o aguard\u00e1ndole oculto en la penumbra de alg\u00fan portal. Busc\u00f3 desesperadamente el gesto de auxilio de alg\u00fan transe\u00fante y, tras errar durante varios minutos por la zona, abord\u00f3 al empleado que cerraba la persiana met\u00e1lica de un establecimiento:<br \/>\n\u2014 \u00bfPuede ayudarme, joven? Me persiguen los pasos de una sombra.<br \/>\n\u2014No se preocupe usted. Son cosas de la edad. Pregunte en la farmacia.<br \/>\nEl dependiente socarr\u00f3n tecle\u00f3 la clave de la alarma electr\u00f3nica y se fue canturreando por lo bajo una canci\u00f3n de moda. Jon\u00e1s decidi\u00f3 seguir el consejo del muchacho y pedir socorro en la farmacia, pero al llegar, como suele ocurrir en estos casos, tan s\u00f3lo encontr\u00f3 la reja oxidada y un micr\u00f3fono as\u00e9ptico para despachar calmantes y aspirinas urgentes.<br \/>\nEl reflejo de su silueta en las lunas esplendentes de las boutiques quedaba ya muy lejano, pues en su huida, Jon\u00e1s se hab\u00eda ido alejando del glamour de la zona c\u00e9ntrica de la ciudad, y hac\u00eda tiempo que deambulaba por calles s\u00f3rdidas llenas de gatos rebuscando en la basura. Sigui\u00f3 caminando sin descanso hasta llegar a un callej\u00f3n baldeado por la luz de quir\u00f3fano de una tienda de galas nupciales. Exhausto, apoy\u00f3 ambas manos sobre el escaparate para recuperar el aliento y mir\u00f3 a trav\u00e9s del cristal. El color p\u00e1lido de los maniqu\u00edes le trajo el recuerdo de la tez surcada por venas azules de su esposa, y le pareci\u00f3 que las facciones del mu\u00f1eco adquir\u00edan la mirada reprobatoria y severa que mantuvo su mujer hasta el momento de partir hacia el otro mundo. En ese instante se produjo el ruido de un charco desbaratado. Jon\u00e1s lo intuy\u00f3 tan cercano que ni os\u00f3 girar la cabeza. Sinti\u00f3 una mano sobre la chuleta y la voz desganada de un macarra:<br \/>\n\u2014 \u00bfLleva un cigarro, abuelo?<br \/>\nNi siquiera necesit\u00f3 sacar la navaja. La mirada ausente y un leve balbuceo gutural le bastaron para comprender que estaba ante un demente senil huido de casa. Tras despojarle hasta los anillos, el quinqui de melena escarpada huy\u00f3 por el mismo enredo de callejuelas por donde hab\u00eda venido siguiendo a Jon\u00e1s desde que lo avist\u00f3 al salir del ateneo. Momentos despu\u00e9s, dos empleados del ayuntamiento le hac\u00edan volver en s\u00ed tras zarandearlo en\u00e9rgicamente. Intentaron que el viejo les diera su direcci\u00f3n para llevarlo a casa, pero Jon\u00e1s se sacudi\u00f3 brazos y manos de encima, y ech\u00f3 a andar repitiendo ensimismado: <> No se enter\u00f3 de que le hab\u00edan robado hasta el momento en que se ech\u00f3 la mano a la pechera de la chaqueta y la not\u00f3 m\u00e1s ligera que de costumbre. Lo que m\u00e1s le doli\u00f3 fue perder el reloj de bolsillo con leontina que le regalaron los amigos el d\u00eda de su jubilaci\u00f3n, pero segu\u00eda dando gracias al cielo por haber salido vivo del asalto callejero. Despu\u00e9s de todo, pens\u00f3, la vida no le trataba tan mal. Jon\u00e1s se sinti\u00f3 aliviado, y lleg\u00f3 a pensar que quiz\u00e1 las pisadas amenazadoras se debieran a una alucinaci\u00f3n por la edad, pero finalmente consider\u00f3 que hab\u00edan sido imaginadas en el aturdimiento del desmayo.<br \/>\nA\u00fan ten\u00eda un buen trecho por delante hasta llegar a casa. Deb\u00eda atravesar la ciudad en diagonal y cruzar el r\u00edo, y ya entonces estar\u00eda en su barrio. Continu\u00f3 arrastrando los pies por la principal avenida de la capital, y la recorri\u00f3 de principio a fin indiferente a los reclamos fluorescentes de las discotecas y salas x. A esa hora s\u00f3lo quedaban divorciados en celo, prostitutas y mendigos en los cajeros. Decidi\u00f3 atajar y seguir costanera abajo, pero cuando caminaba tranquilamente por una callejuela de adoquines en penumbra el eco de los pasos volvi\u00f3 a precipitarse hasta sus o\u00eddos con una contundencia feroz. Jon\u00e1s, aterrorizado, apresur\u00f3 la marcha. Pens\u00f3 en despertar a gritos a los vecinos para que llamaran a la polic\u00eda, pero en el momento crucial apenas tuvo fuerzas para soltar un gallo desafinado. Esta vez, las pisadas sobre el empedrado llegaban tan n\u00edtidas y cercanas que parec\u00eda ser \u00e9l mismo quien las produc\u00eda, y cuando Jon\u00e1s sent\u00eda ya el aliento fatal sobre la nuca, de repente, se produjo la epifan\u00eda.<br \/>\nEl para\u00edso abierto, con ninfas incluido, se le apareci\u00f3 bajo la forma de un bar de alterne. El jay\u00e1n de cabeza afeitada que controlaba el acceso esboz\u00f3 un gru\u00f1ido a modo de saludo y abri\u00f3 la puerta. Jon\u00e1s pas\u00f3 directamente al interior sin colgar la chaqueta y sin repasar el g\u00e9nero que se exhib\u00eda desparramado sobre los sillones de cuero negro ra\u00eddo. A continuaci\u00f3n se acod\u00f3 en el peluche de la barra y pidi\u00f3 su primer g\u00fcisqui doble de la noche.<br \/>\nUnas horas m\u00e1s tarde, el regente del establecimiento informaba a la clientela de que se aproximaba la hora del cierre. Por tanto, los clientes restantes deb\u00edan abonar sus consumiciones en el acto. Intentando evadirse de aquellas pisadas l\u00fagubres, Jon\u00e1s hab\u00eda pasado el tiempo pidiendo una bebida tras otra, y cuando hubo de sacar el billetero se vio totalmente curda y sin un duro. Antes de huir, el desarrapado le hab\u00eda restituido c\u00edvicamente la cartera despu\u00e9s de reba\u00f1arle los \u00faltimos cuartos al ver que se aproximaban los empleados del ayuntamiento, y Jon\u00e1s no hab\u00eda ca\u00eddo en comprobar si a\u00fan llevaba dinero. El propietario, un caribe\u00f1o con patillas de hacha, camisa de flores y chaleco de cuero, interpret\u00f3 la expresi\u00f3n desvalida de Jon\u00e1s mientras \u00e9ste se rascaba los bolsillos:<br \/>\n\u2014Nos quedamos limpios, \u00bfEh, amigo?<br \/>\nDe nuevo se encontr\u00f3 solo en la calle. El jay\u00e1n lo hab\u00eda sacado del local agarr\u00e1ndole por las solapas, y aunque se libr\u00f3 de las dos guantadas reglamentarias por la edad, qued\u00f3 bien advertido de no volver a pisar el garito. Estaba a escasa distancia del viejo edificio sin ascensor donde hab\u00eda vivido con su esposa desde el d\u00eda siguiente a su boda, y ahora era consciente de que los pasos no hab\u00edan sido imaginados y pod\u00edan regresar en cualquier momento. Deb\u00eda llegar cuanto antes a casa, pero se encontraba tan mareado que empez\u00f3 a caminar tanteando lentamente las paredes para no caer de bruces al suelo.<br \/>\nDe todas formas, no tuvo que esperar demasiado. El sonido de las pisadas de sombra pronto volvi\u00f3 a precipitarse sobre sus o\u00eddos. Lleg\u00f3 definitivo y atroz, y en la lucidez de la borrachera Jon\u00e1s comprendi\u00f3 que no hab\u00eda escapatoria: era el heraldo f\u00fanebre del destino que ven\u00eda a dirimir aquel asunto entre los dos. Se sinti\u00f3 m\u00e1s desvalido y al mismo tiempo m\u00e1s seguro de s\u00ed que nunca, y por primera vez en su vida decidi\u00f3 no resignarse a la voluntad de los dem\u00e1s. Jon\u00e1s logr\u00f3 sobreponerse a la melopea cuando ya las pisadas resonaban a su lado con un fragor de v\u00e9rtigo, y con las \u00faltimas fuerzas que le quedaban alcanz\u00f3 el zagu\u00e1n del edificio. Mientras sub\u00eda las escaleras con oleadas de sangre lati\u00e9ndole en la sien, se cruz\u00f3 con el vecino que cada ma\u00f1ana bajaba con la carterilla de representante de chacinas, pero ni siquiera pidi\u00f3 auxilio esta vez. Lleg\u00f3 hasta su casa, abri\u00f3 la puerta y entr\u00f3. All\u00ed le esperaba. Jon\u00e1s intent\u00f3 salir y escapar a la calle, pero eso ya no estaba en el gui\u00f3n. Sinti\u00f3 una r\u00e1faga oscura y un golpe seco en su cuerpo. A continuaci\u00f3n se desplom\u00f3 y qued\u00f3 tendido bocabajo. Horas despu\u00e9s, los vecinos avisaron a la polic\u00eda alertados por un reguero gris\u00e1ceo que bajaba desde la buhardilla por la moqueta de las escaleras. Cuando la polic\u00eda derrib\u00f3 la puerta, el cad\u00e1ver de Jon\u00e1s presentaba una extra\u00f1a y desafiante sonrisa de satisfacci\u00f3n en medio de un enorme charco de aguas de ceniza.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u00a0 Era la tercera vez esa noche que Jon\u00e1s o\u00eda ruido de pasos en la sombra mientras caminaba, triste y solo, por las calles desiertas de la ciudad. 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