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61- Eterna. Por Nina Martín

El caniche blanco, animal de pura raza solemne y altivo, la miró con indiferencia desde el sillón de gobelino ocre sobre el que reposaba reclinado sobre un almohadón de plumas. Una vez más, la mano que a veces le acariciaba la cabeza había prendido la luz que enmarcaba el espejo y cuya intensidad lo obligó a entrecerrrar los ojos. Monique lo observó de reojo, celosa de su confianza. Lentamente giró la cabeza hasta encontrar su reflejo en el espejo. Envidió al animal porque contrariamente a él, ella no lograba controlar la necesidad, el impulso de observarse y estudiarse en cada espejo, en cada vidrio donde aparecía su figura, su cara, y le recordaba “ésa sos vos”. Pero esa imagen, la melliza que se empecinaba en surgir siempre que ella lo deseara y a veces aunque no la hubiera buscado, no disminuía sus dudas, sus miedos. Por el contrario, su crueldad aumentaba proporcionalmente a sus inseguridades.
Monique se había sentado frente al espejo que aumentaba cada orificio, cada poro, cada surco y arruga en su piel, por quinta o quizás sexta vez esa mañana, y recorría lentamente con su mirada cada detalle, las finas y angostas grietas que cruzaban su frente y creaban caminos que hablaban de los recorridos que hizo su vida, los párpados que caían sobre la circunferencia de los ojos que estaban perdiendo el brillo y que se iban hundiendo en la órbita como si estuvieran por desaparecer dentro del cráneo, la nariz que se alargaba cada día, un Pinocho que no había mentido, los dientes que una vez habían sido blancos como espuma y ahora parecían cubiertos por una paja amarillenta, opaca. Odió ese reflejo. La nube acuosa cubrió el almendra de sus ojos y se deslizó lentamente sobre la piel pálida, alguna gota desviándose hacia la cicatriz casi invisible, vestigio de una cirugía olvidada. Monique cerró los ojos y apretó los párpados, como si al cerrarlos con fuerza pudiera proteger a su conciencia de lo que entraba por ellos, erigiendo paredes que protegerían al castillo que era su mente de los ataques que infligía el espejo que no perdonaba ni mentía. La imagen la enfurecía y entristecía. Cada día, cada hora, veía una cara más vieja, más lejana de la que ella tenía grabada en su recuerdo. El espejo era su peor enemigo. Ante él se sentía impotente, incapaz de luchar; en esa batalla ella había sido vencida desde el comienzo.
Viró sobre su butaca y observó al animal que dormía plácidamente con el hocico metido en el recoveco del almohadón, ajeno a lo que lo rodeaba. Se paró tratando de mantener su espalda recta, la cabeza en alto. -¿Cómo se hace para no cambiar?- preguntó en voz alta. Extendió una mano para acariciar la cabeza del perro pero al ver las venas prominentes sobre su piel arrugada metió ambas manos rápidamente en los bolsillos del pantalón negro ajustado. Cuando la punta de sus dedos tocaron las prominencias óseas de su pelvis sonrió satisfecha, orgullosa por haber logrado eliminar todo vestigio de grasa, de debilidad de carácter. El rugido que nació de su vientre chato fue un pedido que necesitó ignorar; no toleraba ni la gordura ni las arrugas. Saltó por quince minutos frente a la heladera hasta que conquistó el llamado del hambre y exhausta entró a la ducha. Suspiró satisfecha al sentir el vahído ocasionado por la falta de alimento. Mientras secaba su piel fina sus ojos adictos buscaron los espejos que cubrían todas las paredes del baño, pero el vapor los había cubierto y no se vio. Atrapada entre esas nubes y la opacidad de los espejos llegó a sus ojos una imagen que provenía de su memoria, como si la desaparición de los espejos hubiera dejado en libertad esa figura del pasado que era ella en su juventud y no en el presente. Apenas cubierta por una toalla salió del calor del baño al frío del dormitorio y tiritó ante el súbito cambio de temperatura mientras gotas de agua caían sobre la alfombra mullida. Con todas sus fuerzas arrancó de la cama de roble las sábanas de seda rosa pálida y alzando sus brazos las tiró por encima del espejo eliminando así su imagen mientras la toalla caía al lado de las patas talladas de la cómoda. Fue de habitación en habitación, inspeccionó rincón tras rincón y baño tras baño, y cada espejo que encontró fue cubierto hasta que logró esconderse de su mirada. Cuando finalizó su tarea cerró los ojos. Se sentía aliviada y estaba convencida que así, al no verse más, evitaría el dolor y la humillación que sentía cada vez que se enfrentaba con esa mujer que había perdido la belleza a causa de un envejecimiento que no podía detener.
Monique se paseó por el apartamento tratando de retener en su mente la imagen que recordaba cada vez con más dificultad, la de su cuerpo joven, la de su cara lisa, la piel tersa y brillosa, los ojos luminosos. Necesitó acudir a todas sus fuerzas para no correr a cada espejo y sucumbir a la necesidad de escudriñar cada rasgo, cada milímetro de su piel, pero la memoria no lograba darle la nitidez y precisión de detalle que necesitaba para obtener la paz que la eludía. La cara en su memoria era vaga, los rasgos borrosos y, muy a su pesar, las imágenes recientes se sobreponían y ocultaban a la mujer joven. Los esfuerzos en traerla al presente eran derrotados por lo que había visto en los últimos días y horas. Frustrada por la creciente necesidad de descubrir los espejos y por lo impreciso de su memoria, decidió revolver las cajas con fotos de su juventud y observarlas hasta memorizarlas. Debía incorporar cada detalle como si fuera la fotografía de una extraña. Arrastró a lo largo de la alfombra una caja que contenía fotos y fue descartando las de su niñez y adolescencia. Las fue desparramando sin cuidado hasta que encontró las que creyó la mostraban cuando llegó a la cumbre de su belleza, cuando obtuvo la perfección de la flor al abrirse y antes de comenzar a secarse, una etapa tan breve que es casi imperceptible. Extrajo de la caja tantas fotos como espejos había cubierto y con alfileres las fijó en los mantos que ocultaban la verdad. Cada mañana al levantarse se miraba en la cara que ahora vivía en el baño, se vestía frente a la que ocupaba el closet, hasta colocó una sobre el espejo retrovisor del auto. No podía arriesgar a verse aunque fuera accidentalmente. El esfuerzo que hacía en no encontrarse la agotaba. Cada vidrio o espejo era su enemigo, el vidrio de la puerta del horno, la cara de un reloj, el brillo de la madera.
Desesperada por haber sido atrapada dentro de una trampa que no la protegía creyó que moriría asfixiada por la ansiedad que la consumía. Evitar espejos y vidrios era todo lo que podía hacer si intentaba salir del apartamento. Los fantasmas escapaban de los espejos y vencían las imágenes débiles que ella había tratado de memorizar en vano.
Finalmente decidió que su cara sería transformada en la que había sido una vez. Armada con las fotos que decidió eran fieles a lo que fue en la cima de su belleza y juventud, fue de especialista en especialista buscando recrear la perfección de lo que había sido. Los espejos siguieron cubiertos durante el largo período a lo largo del cual ella se iba transformando en busca de la nariz perfecta, los ojos brillosos y la piel luminosa. La etapa de transfomación pareció ser interminable, navegaba lentamente hacia el pasado y debía detenerse en el instante perfecto. Resistía la tentación de observarse, sólo escuchaba con deleite los comentarios de quienes la habían acompañado a lo largo de su metamorfosis: “¡Se te ve tan joven!” “¡Estás igualita, pero más joven!” “¡Igualita a cuando te conocí!” Cada exclamación aumentaba la certeza de haber logrado lo que le daría la paz y eliminaría el vacío y la angustia que la trastornaban.
El día llegó en el que fue informada que había completado el proceso; ella y la foto eran una, la misma. De entre sus ropas encontró el vestido que había usado décadas atrás, el día en el que la fotografía había sido tomada. Con certeza se lo puso, se paró frente al espejo de pie que reflejaba la totalidad de su figura, de un tirón lo descubrió y la sábana cayó a su lado. La sonrisa que sus labios habían formado en anticipación desapareció bruscamente y una mueca de sospecha e incredulidad la reemplazó. Se dio vuelta bruscamente convencida en ese instante en que la mente ve la realidad pero cree en la mentira que había algún error, alguna equivocación, y buscó a la otra, la que se veía reflejada en el espejo, como si ella fuera invisible. Pero no había nadie detrás de ella. Estaba sola en la habitación, sola con el espejo y la mujer que no reconoció. Se acercó hasta que la punta de su nariz tocó el frío del espejo y con su mano tocó sus ojos y sus labios y una mano tocó los ojos y los labios de la mujer del espejo. Necesitaba cerciorarse que esa mujer era ella, porque la mujer que la miraba asustada con los ojos entrecerrados, el ceño fruncido y los labios apretados con expresión de pánico no era ella. Ella nunca había visto a esa mujer, una impostora que había robado su vestido. Corrió de pieza en pieza arrancando las telas que cubrían cada espejo, buscándose en cada uno de ellos, pero sólo encontraba a la misma mujer asustada y desesperada. El llanto venía desde la imagen, ella lo oía y veía a la mujer abrir la boca y emitir gritos, pero ella no decía nada. Debía hacerla callar, odiaba su cara, sus gritos, su expresión de miedo y pánico. Odió a esa mujer. Ahora cada vez que la mujer gritaba ella le tiraba con algo, una radio, un reloj, un libro, hasta que la imagen se rajaba en miles de pedazos y cuchillos afilados caían alrededor de sus pies. Cuando creyó haberla destruido, agotada y confundida, sintió cierta satisfacción, convencida de que no la vería más. Había matado a la extraña del espejo y ella era joven otra vez. Rió con ganas, bailó y saltó hasta que la mujer reapareció burlándose de ella y riendo desde la nebulosa de un vidrio. Presa del odio hacia esa extraña que había creído derrotada se avalanzó sobre ella atravesándola con todas sus fuerzas y cayendo al vacío. Cuando los peatones curiosos se acercaron a su cuerpo inerte alguno se preguntó quién sería la mujer joven de la foto que esa mujer madura murió apretando en su mano.