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60- Viajes. Por Estrella de mar

Aún antes de nacer, Matías ya había dado señales de su, llamémoslo, capacidad. Su madre orgullosa, con una sonrisa en los labios, se llevaba las manos a la inmensa tripa y decía; se mueve tanto que parece querer volar. Y aunque aquel era un comentario bastante extraño, ella lo decía con tanta frecuencia que llegó a parecerles trivial a todos, incluido el padre de Matías, un hombre comedido y poco dado a los excesos literarios. Incluso cuando el pequeño Matías nació -gordito, sonrosado, un bebé precioso-, su madre, sin saber muy bien porqué, lo llamó “mi pajarito” durante un tiempo. Pero pronto reemplazó aquel apelativo cariñoso por otros igual de ñoños, como “mi bebito” o “mi granujín”.

Matías guardaba un recuerdo difuso de la infancia. No podía decir cuándo fue la primera vez, pero sabía que sucedió una noche después de que su madre le leyera un cuento. Allí estaban aquellas palabras agradables que le remitían a un mundo ordenado y seguro. El tacto suave de la almohada en la mejilla. El aire cálido que exhalaba y, atrapado por las sábanas, calentaba su nariz. Ante aquel cúmulo de sensaciones placenteras, Matías cerró los ojos y sintió que entraba en un túnel. Se trataba de un lugar oscuro y silencioso, que le hizo pensar en el interior de un árbol. Pero aquel túnel le llevaba a alguna parte; era un camino. Luego, asombrado, se vio a sí mismo tumbado en la cama, dormido. Y también vio a su madre que, tras besarle en la mejilla, salía de la habitación sin hacer ruido.

A los siete u ocho años empezó a practicar. Pensaba en cosas que le gustaban mucho y estudiaba cuáles le facilitaban el viaje. Fresas con nata. Baño caliente con mucha espuma. Caramelos de limón. Sí, aquellas imágenes tuvieron su éxito un tiempo pero pronto fueron superadas por “visita a la peluquería”. Estas últimas palabras introducían ya una situación, por eso eran más fuertes. La peluquería era un lugar curioso, lleno de mujeres que charlaban y reían por causas que él no entendía. Marta, la peluquera, le sentaba en un altillo y le mojaba el pelo. ¿Está bien el agua? Le preguntaba la mujer y él movía ligeramente la cabeza porque las palabras se le quedaban atoradas en la garganta. Marta utilizaba un champú que olía a flores y al caer sobre su cuero cabelludo le producía un escalofrío. Los dedos de Marta eran mágicos y no sólo lavaban sino que masajeaban y acariciaban con destreza. Sí, aquella experiencia le dio muy buenos resultados hasta que halló otra nueva.

Conoció a King Kong un día que reponían en la tele la vieja película en blanco y negro. Aquel monstruo, El Rey, le producía un terror profundo, pero no podía dejar de mirarlo. Sentía algo nuevo, inquietante, cuando King Kong cogía a la chica rubia en su mano, pero no sabía explicar el origen de aquella turbación. Matías todavía era pequeño para entender lo que era el poder o la sumisión, pero percibía ya un erotismo particular. Se obsesionó con aquella mujer, la bella, que huía de la bestia enamorada y revivió cientos de veces aquellas escenas.

Pero King Kong también pasó a la historia, desbancado por una experiencia trivial y sugerente como era “la falda de Irene”. La falda en cuestión era corta e Irene se la subía un poco más de lo necesario –dando una vuelta a la cinturilla, conseguía alzarla uno o dos centímetros- para enseñar sus rodillas huesudas. Cuando se sentaba, la falda le permitía mostrar sus muslos y al mínimo descuido se entreveía el tejido blanco de sus bragas. Matías no sabía explicar muy bien qué le sucedía. Las bragas en sí no eran un bien tan preciado –tenía las de su madre localizadas en un cajón- pero el juego de ver algo que no debía ver, y sobretodo el hecho de que Irene enseñara algo que no debía enseñar, era muy interesante.

Matías crecía y se había convertido en un profesional. Había ejercitado su don durante años y era capaz de salir con facilidad. Una experiencia placentera y, zas, se iba al otro lado. Y allí observaba cómo su cuerpo giraba en la cama aquí y allá, se destapaba o hablaba dormido. Pero pronto volvía, cansado y aburrido, porque observarse a sí mismo era algo tan tedioso como mirarse en un espejo. Lo único que hacía que sus experiencias fueran preciosas era el hecho de saberlas únicas. No conocía a nadie que tuviera una capacidad similar. Cuando lo había comentado, siempre había recibido la misma respuesta: estarás soñando, eso que cuentas es imposible. Y si alguna vez había oído hablar de algo así, en películas o en algún libro, siempre lo calificaban como un hecho fantástico e increíble.

Su experiencia, como a él mismo le gustaba llamarla, mejoró considerablemente con las caricias. Matías había llegado a la adolescencia. Se tocaba por las noches, en cuanto cerraba la puerta –su madre ya no se atrevía a entrar sin llamar- y se acostaba. Su cuerpo había cambiado; había aparecido el vello, el maldito bigotillo, habían surgido olores nuevos –además de los pies, su sexo y sus axilas olían a rayos- y todo él estaba sometido al trajín de las hormonas. Matías se masturbaba a diario y recurría a imágenes que le excitaban. Irene había pasado a la historia –a ella también le había salido bigotillo y salía sólo con chicos de cursos superiores- pero había conocido a la doctora Sanz. La doctora le había atendido en urgencias a causa de un esguince producido al despejar un rebote en un partido de baloncesto. La doctora le había examinado la muñeca y había decidido escayolarle durante veinte días. Matías volvió a casa con la mano derecha inutilizada, pero con el recuerdo maravilloso, que pronto se convertía en obsceno, de la sonrisa de la doctora. No era lo mismo tocarse con la izquierda pero era tal la potencia de su fantasía, que pronto lograba culminar. Se imaginaba a solas con la doctora, cómo ella se desabotonaba la bata blanca y le tumbaba suavemente en la camilla. La mujer se subía encima de él a horcajadas y mientras se acariciaba los pechos le pedía que moviera los dedos para saber hasta dónde llegaba la lesión. Ahí, en ese preciso momento, Matías no aguantaba más y el semen se derramaba por sus muslos. Era entonces cuando sentía que salía propulsado fuera de sí. Pero algo había cambiado. Ya no se trataba del viaje por el túnel, sino que era arrastrado por una fuerza tumultuosa, al igual que le había ocurrido una vez en la playa cuando fue sorprendido por una ola. Además aquel movimiento enérgico le daba fuerza para trasladarse por el techo y así su conducta dejó de ser pasiva. En poco tiempo consiguió dominar el traslado por el espacio reducido de su habitación.

Pero fue tras su primer coito, cuando consiguió lograr mejoras importantes. No había duda; cuanto mayor era el placer, mejor era el resultado. Laura, Laura… Su pecho era pequeño pero atrevido, su sexo caliente y acogedor. Subirse en Laura y cabalgar sobre ella era sublime. Tenían relaciones en el coche del hermano de Laura, que solía estar aparcado en el garaje. Luego revivía cada sensación; el roce de sus cuerpos, sus labios dulces, el mechón de pelo cobrizo que le hacía cosquillas en la nariz. Y fue en una experiencia basada en la recreación de los pezones encrespados de Laura y el sonido quejumbroso de su garganta, cuando consiguió salir de la habitación. Se sorprendió al encontrarse en el pasillo y, asustado, quiso volver a su cuarto. Tras varios intentos consiguió colarse por la rendija de la puerta. No era muy difícil pero tenía que entrenar. Y vaya si entrenó. Los encuentros con Laura eran ricos e instructivos y por la noche le servían para explorar. Al principio realizó tímidos viajes por su propia casa. A pesar de ser un territorio bien conocido, el recorrido en esas condiciones resultaba sorprendente porque nadie imaginaba que podía estar allí. Todo era igual pero distinto.

El dominio de la capacidad de movimiento le hizo arriesgarse a otro tipo de expediciones, esta vez a los mundos de la intimidad ajena. Entraba en casas desconocidas, cotilleaba las pertenencias de sus vecinos, recorría sus armarios y cajones. Sentía predilección por las jóvenes que dormían con camisones minúsculos y escribían diarios cursis. También le gustaban los hombres grandes que se volvían pequeños en los brazos de sus amantes y los perros que movían el rabo, confundidos, cuando él pasaba a su lado. Volvía a su cuerpo exhausto y emocionado. Y esa fue su trayectoria hasta que conoció a Isabelle, la chica de ojos acuosos que le partió el corazón.

Hacía tiempo que había dejado su relación con Laura. Lo pasaban bien, pero no sentían nada especial el uno por el otro. En cambio Isabelle era otra cosa; no se trataba sólo de un entretenimiento o una tentación. El enamoramiento le idiotizó y le hizo escribir poesías y dibujar corazones. Se sentía arrebatado, flojo, débil, tocado. La perseguía a escondidas y un día la abordó y le dedicó el peor discurso jamás pronunciado. Ella sonrió. Él le había caído en gracia. La acompañaba a su casa, quedaban para ir al cine y comían hamburguesas en el Burger. Meses después del inicio del noviazgo, Isabelle le propuso hacer el amor –consideraba a Matías un poco parado-. Él se encargó de organizarlo todo. Días después Matías le comunicó a Isabelle que el hecho tendría lugar en su propia casa, el sábado siguiente. Sus padres pasaban fuera el fin de semana e Isabelle sólo tenía que inventar una mentira creíble.

Llegó el día señalado y Matías abrió la puerta dominado por la angustia. Le preguntó a Isabelle si quería tomar algo pero ella le besó profundamente y allí mismo, en la entrada, empezó a desnudarse antes sus ojos extasiados. Matías la condujo a su habitación donde Isabelle dejó el resto de su ropa esparcida por el suelo. Cuando acabó, empezó a quitarle a él sus vaqueros. Parecía contenta y decidida. Matías nunca antes había sentido algo así. Su corazón bombeaba con fuerza y sentía una extraña presión en las sienes. Aquella atracción era diabólica. Rodaban por el suelo y buscaba a Isabelle deseando hacerla feliz e infeliz, deseando hacerla daño y matarla y besarla. En su cabeza se repetían todas las palabras, las imágenes, las fantasías de su vida. Isabelle untada en fresas con nata. Isabelle humedeciendo sus ingles con el champú que olía a flores. Isabelle en las manos de un gigante o enseñando las bragas en el colegio. Isabelle desnuda bajo una bata blanca, ofreciéndose ansiosa en un centro de la seguridad social o follando en los asientos traseros de un coche. Matías chirriaba sus dientes, sentía un látigo dentro de su sexo. Entonces, cuando no podía más, cuando el placer le dolía, le quemaba, le partía en dos, salió despedido como una bala contra el techo. El impacto fue brutal y perdió la consciencia.

Confundido, vio que Isabelle gritaba desesperada. La observó con dificultad, se sentía mareado. Todo era confuso. Ella tenía el pelo revuelto y las mejillas aún sonrosadas. Quiso consolarla pero no pudo. No logró secarle las lágrimas ni acogerla en su pecho. Una mujer uniformada cubrió a Isabelle y le dio un tranquilizante. Escuchó jaleo en la habitación de al lado y al acercarse vio cómo unos hombres se llevaban su cuerpo. No habían conseguido reanimarlo.

Cuando todos se fueron, él se quedo flotando junto a la lámpara sucia de polvo.

Afuera empezaba a llover.