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53- Ana María «la lobera». Por Toribia de Liébana

Llanes, Asturias, siglo XVII.
Dicen que cuando uno va a morir ve pasar toda su vida ante sus ojos. Y es cierto.
Aunque he llegado lejos, mucho más de lo que esperaba, ahora es el momento de retroceder. Hasta cuando una pastorcilla de siete u ocho años…
No, más todavía. Esos eran casi mis primeros recuerdos conscientes. Pero hay otros anteriores que me contaron, que simplemente sé:
Una familia muy pobre, la mía. Seis hijas ya anteriores, de las cuales dos habían muerto antes del año, pero eso por desgracia, era tan común…
Por tanto, yo hacía la séptima. Y mi padre era el séptimo hijo, con seis hermanos antes, todos varones. Empezaba a marcarse mi destino.
El parto se complicó. Mi madre sangraba y se moría, y yo no lograba nacer. En ese preciso momento, como llamada por una fuerza superior, apareció Catalina González, la “bruxa” (bruja), una vecina que ciertamente no gozaba de buena fama, pero de partos y plantas medicinales sabía mucho.
Mi madre acababa de exhalar su último suspiro y yo me agitaba en su vientre, aún viva pero no por mucho tiempo. Entonces Catalina habló a mi padre con autoridad: –Voy a salvar a esta niña–. Pero él se opuso vigorosamente: –Acabo de perder a mi esposa, ¿y me quieres cargar con una boca más que alimentar?
Ella le convenció: –Yo seré su madrina, y os ayudaré, a ti y a tu familia. A cambio, algún día, no tardando mucho, me llevaré a esta niña, a quien tú querías dejar morir. Sabes que no tengo descendencia, ni herederos. No es poco lo que he ido juntando, y será para ella.
Por cierto, nadie se extrañó de que finalmente fuese niña, como predijera Catalina.
Mi padre accedió y Catalina cumplió su palabra. En casa no volvió a faltar comida, ropa, calzado, leña… lo cual no era poco ni mucho menos.
Fui creciendo, pero sentía que no encajaba en mi propia familia. Mi padre no podía darme su cariño, por varios motivos. Sabía que pronto me perdería. Además, había amado verdaderamente a mi madre y no podía perdonarme que la hubiera matado al nacer… Como si hubiera sido mi culpa. Caprichos del destino, yo era la que más me parecía a mi madre, incluso más que mi hermana mayor, la primera, que también mucho se le parecía.
Mi primer recuerdo consciente: yo, con siete u ocho años, cuidando del rebaño. Y de pronto, unos ojos brillantes, un gran lobo que lobo que salía, y, curiosamente, una niña sin cariño, valiente, que le miró fijamente a los ojos, sin miedo; poco tenía que perder. Y el lobo, que acababa bajando la mirada y yéndose. Una de mis hermanas, que justo llegaba, testigo de la escena, se lo contó a mi padre. Y Catalina, que como dije visitaba a menudo a mi familia, se enteró, y dijo: –Ya es el momento de llevármela. –Sin más. No me ligaba mucho a mi familia, pero aun así… Catalina no era buena. Lo que quería era mi poder. Eso lo dejó claro desde el principio: –Sí, eres la séptima hija de un séptimo hijo, tienes los ojos zarcos de tu madre (otro signo), y, ya está empezando a despertar tu poder de “lobera”.
Mucho aprendí con Catalina. De plantas y curandería. También a dar miedo. No me gustaba, pero yo era ahora casi de su propiedad. Y me animó a desarrollar mi faceta de “lobera”. No me costó localizar a la manada, ganarme su confianza, hacerme un hueco en su jerarquía y, poco a poco, empezar a mandar sobre ellos.
Ahora llegamos al papel en esta historia de la Iglesia, y de los llamados “vaqueiros de alzada”. Yo, por supuesto, había sido bautizada, y justo antes de que Catalina se hiciera cargo de mí, había recibido la Primera Comunión, otra cosa era inimaginable. Pero Catalina, por razones obvias, no mantenía buenas relaciones con la Iglesia: y sí, en cambio, con los “vaqueiros”: pueblo maldito, nómada, despreciado, extraño, que incluso tenía su acceso y su lugar particulares en el Templo. Catalina no era una de ellos, pero les conocía bien: simpatizaban, confiaban; ella pasaba en su compañía largas temporadas, y por tanto yo, a partir de los siete años, también.
Aprendí sus curiosas costumbres y su magia. Fui haciéndome mujer y, aunque no me gustaran Catalina ni mi vida, al menos tenía más que la mayoría de las mujeres que conocía: respeto, y que nos dejaran en paz. También temor y cosas malas, claro.
Todos sabían por qué los rebaños y propiedades de mi familia, o de quienes trataban bien a Catalina, prosperaban, mientras que los lobos y otras desgracias se cebaban, en cambio, en quienes se nos enfrentaban. En ese sentido, fueron buenos tiempos, no nos faltaba de nada. Pero yo nunca quise eso. Lo que verdaderamente hubiera querido tener era instrucción, cultura, independencia. Saber leer y escribir. Tener un pequeño negocio. Un sueño prácticamente imposible.
Empezaba a ser mujer, y comenzaban a interesarme los chicos. Pero ¿quién querría tener algo que ver con alguien como yo? Aunque fuera, según me decía un espejito que teníamos Catalina y yo (objeto raro y valioso por entonces), guapa, con mi piel blanca, mi pelo muy negro y mis claros ojos azules.
En ese sentido Catalina era una amargada (¿algún antiguo desengaño?), y me había enseñado a desconfiar de los hombres. Pero no lo suficiente, como se verá.
Mis únicos amigos auténticos eran los lobos, sobre todo una camada de siete, que habían ido creciendo a la vez que yo, y que eran, digamos, mis hermanos de manada, mi “guardia de corps”. Cuando cumplí catorce años, los acontecimientos se precipitaron:
De la noche a la mañana Catalina simplemente desapareció. Me imaginaba lo que había pasado. En aquellos últimos tiempos ella había apretado demasiado las tuercas, pidiendo, amenazando y cumpliendo esas amenazas. No sería hasta años después, con ayuda de mis amigos los lobos, cuando descubriría su cadáver, sus huesos, porque llevaban su ropa, pequeñas joyas y objetos personales, en el fondo de un barranco. No creí ni por un momento que se tratara de un accidente. Catalina conocía demasiado bien aquellas montañas, y muchos gente tenía motivos para hacerlo.
Heredé sus bienes y su negocio. Era muy joven, pero psíquicamente muy fuerte. Qué remedio. Mi padre y mi familia nunca me habían dado cariño, y Catalina sólo había visto en mí una sucesora, una discípula con poder que podía moldear y usar a su antojo, aunque de rebote ahora revirtiera en mi beneficio. Pero no sé qué hubiera ocurrido si ella no hubiese desaparecido de esa manera: yo tenía mucho carácter y cada vez me dejaba manejar menos.
Transcurrieron unos quince años, relativamente tranquilos. Me seguían temiendo y respetando y yo, por mi parte, no abusaba de m poder. Varias generaciones de lobos se sucedieron, aunque seguía teniendo mi grupo de “siete favoritos”.
Entonces de nuevo las cosas se precipitaron: Gracián, el soltero más codiciado, hijo único y heredero de la familia más rica, con más tierra de la zona, apodada “los soberanos”, y muy guapo además, coincidió conmigo, casi por casualidad, y se prendó de mi belleza salvaje.
Tengo que reconocer que le correspondí. Fue mi gran y único amor… y error. Me gustaba pensar que por una vez yo, la marginada, la despreciada, había conseguido al hombre más rico, guapo y deseado y, por añadidura, unos años más joven que yo. Pero había un problema, y grande: Gracián estaba prometido con una joven de un lugar mayor, de buena familia, incluso aristocrática, pero venida a menos, más joven que Gracián, teóricamente virginal y pudorosa, educada en un convento, Magdalena.
Me sentí dolida y engañada cuando Gracián no estuvo dispuesto a dar la cara por mí, cuando le sugerí hacer frente a todo, o bien irnos juntos a otro lugar, empezar de cero. Pero él no me quería bastante o no tuvo valor.
Yo le servía como amante, le atraía, no quería renunciar a mí, pero tampoco estaba dispuesto a renunciar a sus riquezas, a una esposa noble y seguramente sumisa… el muy cobarde. Otra en mi lugar, vistos mis antecedentes, quizá se hubiera conformado. Yo no.
Además… no me había bajado la regla. Y cuando le comuniqué mis sospechas, al desgraciado no se le ocurrió otra cosa que decir: –Tú sabes de estas cosas, bien puedes deshacerte de él. –Le eché tal mirada que bajó los ojos, como el lobo hacía ya tanto tiempo, y se fue. Nunca le volví a ver vivo. Mi pecado fue de omisión. Sabía que ejemplares de grandes machos de lobos solitarios, peligrosos, que no me “conocían”, sobre los que no tenía mayormente aún “poder”, rondaban por la región. Lo que es más, sabía que andaban por la zona que Gracián solía recorrer a caballo, y no le advertí. Su caballo y él aparecieron medio devorados, y la desconsolada Magdalena se quedó compuesta y sin novio.
Pero esta vez había ido demasiado lejos. Ambas influyentes familias movieron todos los resortes que pudieron, y hasta aquel lugar de belleza agreste pero dejado de la mano de Dios llegó la Inquisición, algo nunca visto. Pronto me encontré encerrada en una oscura celda, sucia, mal alimentada, temiendo por mi vida y la de mi futura hija. Sí, sabía que sería niña.
No tardaron en juzgarme: como bruja, como lobera. Y la sentencia fue la esperada: la muerte en la hoguera. Sin siquiera esperar a que diera a luz, aunque mi hija fuera inocente, sino bastante inmediata.
Al capturarme habían tenido que matar a mis siete lobos favoritos, mis guardaespaldas. Pero me quedaba un as en la manga. Cometieron el error de trasladarme, porque querían quemarme públicamente en la plaza de un sitio más grande, Llanes. Por discreción, y para que llegara a tiempo, no se les ocurrió otra cosa que trasladarme de noche, y encima de luna llena, justo cuando mayor era el poder de los lobos y mi influencia sobre ellos. Les llamé y ellos sí me fueron fieles y acudieron, a decenas. Yo también luché por mi vida y la de mi hija. Y logré escapar. Pero, ¿ adónde ir? Durante meses, mientras pude, estuve con mi auténtica familia, los lobos.
Incluso pasé a otra provincia, Cantabria. Hasta que ya no pude más y me sentí con los dolores del parto. En una cueva di a luz sola a mi hija, Graciela, a la vez que mi loba favorita daba a luz a sus cachorros. Algo muy especial. Para mí el nombre secreto de mi hija siempre sería “loba”, mi “lobita”, y siempre tuvo una gran capacidad de comunicación con los animales y la naturaleza.
Pero yo quería para mí, y sobre todo para ella, un futuro mejor. Me imagino la cara de susto y asombro de la madre portera de aquel convento de Liébana al ver llamar a su puerta a una mujer de aspecto salvaje, exhausta, totalmente sucia, desarrapada y hambrienta (no había podido cazar últimamente con mis lobos), con un bebé de pocos días en brazos. La Iglesia, que había estado a punto de destruirnos, fue nuestro refugio. Me aceptaron, sobre todo cuando saqué de entre los harapos una bolsa de joyas que había recuperado de uno de los escondites de Catalina, para una eventualidad como esta; desde luego, fue muy bien recibida. Allí pude cumplir mi sueño. Aprendí por fin a leer y escribir, fui en enlace de las monjas con el mundo exterior, vendiendo sus productos. Mi Graciela tuvo una educación y, en su momento, se casó bien con un buen hombre que la quiere muchísimo. Seis nietos me dio, todos varones, de los que cinco han llegado a adultos, y ocho bisnietos de ambos sexos. El séptimo nació muerto, rompiendo así la cadena, pero mi hija sobrevivió bien. Tengo más de 80 años, toda una anciana, y ya puedo irme en paz.