IV Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura

Noticias del III Certamen

21 marzo - 2007

51- El cruce. Por Cruzado
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“De nuebo: más choros son los encuentros en el tiempo”, enfatizó el Lolo; los demás alzaron las copas y dijeron “salud por todos los encuentros”. Ni por un momento dudaban de la democracia, neologismo a medio usar, algo gastado ya.

Se celebraba la reunión anual de los ex alumnos, consistente en una cena. Año tras año mermó la asistencia. Quienes no se habían largado a otras tierras, estaban bajo ellas, si no desparramados en cualquier hueco del país. De los veinte del primer año, ocho eran los regulares. Hoy vinieron tres.

El Lolo abandonó los estudios de filosofía a raíz de una depre que le comía el coco, inflamaba el cutis, y, sobre todo obligaba a pensar en la Amelia, siendo que ella miraba a través de él igualito que cuando vitrineaba por joder.

Pepe Horchata, apodo irónico en vista de los hervores sanguíneos al ver perder al Colo-Colo ante la “U” y cuando intercambiaba pareceres con la policía, donde indefectiblemente llevaba la peor parte, trabajaba en la exportación de camarones deshidratados y vivía a lo grande después de varios lustros de andar a palos con el águila y no ver una. Horacio, el Cola de Chancho, por la tradición de llegar tarde a lo que fuera, vivía de préstamos, cuando no de lo que aportaba la fortuna y de trabajitos que salían y se perdían a idéntica velocidad, sin tomarse la molestia de avisar cuándo volvían. En el Cerro Alegre se desarrollaba su existencia, ni por ésas al compás de la alegría.

“Mira, ñato, los encuentros geográficos no garantizan nada. Bos y ella pasan por aquí, bos la mirai, ella no te be. ¿Estamos? Los encuentros en el tiempo, en cambio, coordinan las almas. ¿De qué te sirbe tenerla a centímetros si seguís siendo inbisible? ¡No sirben!”, peroró el Lolo. ¡Chis! ¿Y quién está sirbando?”, acotó Pepe Horchata muerto de la risa.

Pasadas las diez se abrieron los caminos. Pepe Horchata y el Cola de Chancho se alejaron dibujando zetas de tanto ponerle entre pera y bigote. El Lolo los contempló un rato. “Hasta el año que viene”, articuló la mera agitación de labios.

“Darling, wake up! It’s about time to…”, anunció una voz entusiasta camino de la cocina. De una nevera color crema, sacó tres lonjas de tocino, dos huevos, un tomate y dos salsichas enrojecidas. Arthur entró al baño, abrió la claraboya, hizo los ejercicios para mantener tiesos los abdominales, más que nada en su sitio, verificó el tono muscular de los bíceps y determinó lucir barbita. El espejo de marco dorado esparció su cara en una sala amplia, dotada de bañera en forma de concha de ostión, fuera de spa, en la cual solía retozar horas en tiempos de estrés. A la salida se hallaba el ropero verde claro, donde un surtido de trajes aguardaba la hora de ser usado. Del rincón destinado a los zapatos, levantó el par que iba a tono, se vistió tarareando la última de Elton Jones y viró la cabeza al oír que Rose Mary, su mujer, le recordaba la cena en casa de Helen.

En otro tiempo soterraba esta mañana de invierno en que el Lolo, hasta las narices de todo, de él mismo en primer término, si hoy mismo acortaba el calvario, sábado viciado por presencias indeseables y ausencias crónicas, como lo pueden ser la falta de pan, de algo que ponerle encima, té, azúcar, gas, y electricidad, en que se preguntaba la forma de engañar las tripas. Menos mal que anoche cenó por tres. Ya no se atrevía a dar nuevos sablazos, para ser exactos le debía a medio mundo. En cuanto al teléfono, estaba de adorno.

Antes de despedir a Arthur, Rose Mary, la rubia de apetecible figura, revestida en bata de seda roja, le encargó traer un garfio fuerte, del cual pensaba colgar la planta exótica que había adquirido hace poco en el mercadillo de Paddington. Vista a la ensenada tenía el departamento de tres ambientes, producto de una hábil transacción, ante todo de la imposibilidad de cancelar deudas el dueño anterior, quien acabó sus días en un asilo para menesterosos.

En una tienda, que los vidrios del exterior anunciaban discretamente, se leía en negro y dorado “Real State Arthur Rogers”. Saludados los vecinos, sacó el manojo de llaves, destrabó las cerraduras, encendió las luces y accionó la contestadora automática al paso que volvía a tarear la melodía de esta mañana. A las diez envió a Charly al centro comercial en North Sydney y le encargó dos garfios de acero, además de dos metros de nylon resistente.

Si no fuera por la Amelia, compañera de curso y amor platónico en uno, durante tres años de filosofía, a quien enviaba mensajes de amor por las noches y miradas lánguidas en la sala, ya hubiera puesto fin el Lolo a una vida compuesta de golpes chicos, medianos y grandes.

Puso fin a la esperanza divisarla del brazo de un personaje moderno, ver la hinchazón del vientre, sacar la cuenta que, de aquí a tres meses, era madre y recalentar el proyecto. ¿Qué perdía después de todo? ¿La vida? Hace tiempo que no le pertenecía. Fuerzas superiores a él, se la arrastraban día y noche. Al menos esta determinación estaba aún en sus manos. Adiós mundo jodido y jodedor. Nada perdía con morir por decisión propia. Si el presente se agrietaba, y por las raspaduras únicamente afloraba el pasado, la mano de estuco siguiente, destinada a cubrirlas, iba a arreglar la situación hasta surgir las próximas fisuras. Hoy mismo se apertrechaba de un buen garfio y dos metros de cuerda “made in afuera”. Al puerto fue a comprarla. En palabras del vendedor, colgaba una vaca y no se rompía.

A las once llamó Susan. Entre otras cosas quería saber qué tenía planeado para esta tarde. Quedaron al mediodía en el restaurante de siempre. A las doce y media se apersonó en su oficina la joven castaña de figura atlética, apóstol de la alimentación macrobiótica, salvo cuando la invadían las ganas de almorzar en compañía de Arthur en el Taj Mahal. Lo primero que hizo fue indicarle en el reloj de pulsera que ya eran más de las doce y media. Deshecho en disculpas, se dejó abrazar por la chica que había apagado el letrero de neón, volteado el letrero a “cerrado”, echado llave por dentro, apenas hubo transpuesto el umbral. En virtud del apuro de ella, se dejó conducir al saloncito de los clientes bien forrados y la complació por detrás y por delante, movidas que arrancaron chillidos gozosos en la joven. Acto seguido, se vistió y un poco de agua fresca por aquí, una manito de perfume por allá, devolvieron la sobriedad. “Entonces, nos vemos mañana”, añadió Susan, más esperanzada que ayer, al marcharse.

El Lolo se subió a la escalera de madera vieja que le había facilitado el maestro Artemio, el pintor del barrio, verificó que la extensión a la casa del maestro estaba en orden, comparó broca y diámetro del garfio y perforó el cielo raso. Una vez introducido, lo atornilló a tope en el agujero, deslizó la cuerda importada, e hizo un lazo, donde introdujo el cuello. No fue necesario librarse de la escalera, visto que se rompió un peldaño y quedó colgando. Si era cierto lo que contaban, de a una veía las instantáneas de una vida cretina, procesión de cosas que se dijeron y se descartaron no bien volvieron a cerrarse esos labios que mejor se nutrían de asuntos baratos, y mediocridades a gusto del consumidor moderno.

Cuando Arthur recibió la llamada del banco confirmando el otorgamiento del crédito que ascendía a diez millones de dólares, supo que era una persona importante. Propietario de veinte inmuebles, representaba además los intereses de 30 VIP’s. Día exitoso, en que alquiló diez penthouses, y vendió dos casas junto a la playa. A las diez era la parrillada en cada de Helen y Jim. Antes sí debía perforar el cielo raso y empotrar un garfio resistente en casa; después de la fiesta ni pensarlo.

Sabía que Helen se iba a hacer la tonta al verle y aguardar el momento propicio. En la última fiesta se la mandó al pecho en la alacena del sótano. Dijo ella que la bujía no quería funcionar, tenía mucho miedo y Jim estaba pendiente de la parrilla. Arriba, recostados en el césped, estaban los invitados en honor a una transacción de Arthur que hizo crecer la cuenta bancaria de Helen y las ganas de pertenecerle donde le bajara el entusiasmo. Ni alcanzaron a cerrar la puerta.

El Lolo se vio en la cuna, oyó pelear a sus padres, vio a su padre llevar a su tía a la cama, después fundirse con la plata, conforme su madre lo abandonaba en casa de una pariente lejana que se moría de las ganas de tener niños. El jardín infantil, la primaria y secundaria, la vez que dio el bachillerato, las pololas iniciales, después las actividades izquierdistas en la universidad porque anhelaba vivir en un mundo mejor, el hombre nuevo, desfilaron ante sus ojos. El colmo de la ridiculez, si no una tomada de pelo, fue verse junto a una rubia despampanante, tomar conciencia de que era su mujer, que le llovían las mujeres, vivía en un departamento de película con vista al mar, y no en una pocilga, de la cual lo lanzaban a la calle el día menos pensado por deber tantos meses, y que estaba más solo que la una. Hasta la muerte se burlaba de su situación.

Rose Mary acercó la escalera de aluminio, le pasó el taladro, el juego de brocas, desenrrolló la cuerda. Cuando Arthur perforaba el agujero, sonó el teléfono. Como hacía sol, decidió atenderlo en la terraza. En tanto Rose Mary se entregaba a los cotorreos vespertinos, atornillaba Arthur el garfio, deslizaba la cuerda por él, formaba un lacito. No fuera a enredarse de nuevo, la depositó encima del hombro y dio el primer tirón. Faltaba consistencia. Algo había en la rosca del garfio que no funcionaba de la forma prevista. Subió unas gradas y dio el segundo apretón seguido de un tirón. Tampoco quedó satisfecho. Resolvió afianzarlo hasta no más. En ese momento vio a un ser ajeno a sus experiencias en vías de perder la vida. Lejos se veía, sin embargo, demasiado cerca de él, sensación tanto más abstrusa, cuanto que él era rico, y ése bicho suspendido del cielo raso, era más pobre que las ratas.

No podía ser real lo que estaba viendo. Seguramente tomó mucho vino al almuerzo, después al firmar el convenio, ya que él era un australiano nacido en Sydney, de padres ingleses, titular de siete cuentas en los bancos principales, y el tío ése, lo más probable un inmigrante del sur de Europa o un sudamericano, no tenía donde caerse muerto.

Realidad o fantasía, la cosa es que realizó un movimiento de seguro torpe, o, poco afortunado, y el lacito que iba a sujetar del techo la planta exótica, por esos caprichos de la vida oprimía ahora su garganta impidiendo el habla y recuperar terreno, ya que sin querer había dado una patada a la escalera y su cuerpo oscilaba de izquierda a derecha.

Al cabo de unos minutos se rompieron ambas cuerdas, Arthur y Horacio regresaron a la vida. Mientras la versión australiana pensaba interponer mañana mismo una demanda por fraude, desinformación y poca calidad del producto, la chilena agregaba este fracaso a una lista demasiado extensa como para hablar de lista. Total, uno más, uno menos, qué importaba a estas alturas.

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