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39- Cuando la Pasión crece con Espinas. Por Juan Español

Se lanzó a saltos escaleras abajo dejando atrás los moratones y los gritos, que intentó estrangular con el estrépito del portazo. Tomás salió a la calle en estampida, como una fiera que escapa de su trampa, pero unos metros más allá se detuvo en seco. Respiró. Era una de esas noches tranquilas de invierno, de niebla y silencio en las calles. Dejó que la lluvia le resbalara en la cara, apenas un segundo, y recordó que no había cogido las llaves, así que se apresuró de vuelta hacia la entrada justo a tiempo de interceptar la puerta para evitar que el automatismo la cerrase. Se quedó en el umbral, sin saber exactamente qué hacía allí, cuando reparó en el agrio olor que lo impregnaba todo. Era el asfalto nuevo de la calle, cuyas emanaciones se levantaban como un vaho y se mezclaban entre la niebla; pensó que lo habían hecho aposta, asfaltar, en ese malhumorado y gris día de su vida, en que el mundo entero estaba contra él, cuando aquellas partículas aromáticas ingresaron en su nariz con objeto de provocarle una tos insistente y ahogadiza, que culminó en un vómito pardo y pastoso. –Adiós a la pizza de anchoas- murmuró con irritación entre salivajos.
Aún no eran las dos. Lo sabía por las campanadas del reloj de la torre. Era lo único que agradecía del paisaje de cables, ventanas, tejados y antenas que recordaba desde la azotea. No subió, como había hecho en multitud de ocasiones, a fumar, a no pensar. Se adentró en el portal, y se sentó en el segundo escalón. Sacó un cigarrillo. Habría sacado algo más fuerte de tenerlo; llevaba tres meses sin meterse nada en las venas, pero esta noche habría roto el pacto de tener con qué. Un compromiso que tenía consigo mismo, de dejar todo aquello y regresar. No había tenido suerte desde entonces, desde que empezó a picarse la heroína, desde que empezó a fumar coca y maría, desde que terminó su empleo en el vivero, desde que le encontraron las plantas de marihuana, desde que… -¿quieres?- Le pareció escuchar desde el recuerdo en aquel mismo pasillo. Ella estaba sentada, donde él ahora, y Tomás llegaba a casa cansado, y solo, siempre solo.
Y así empezó su otra vida, sin saberlo, sin sentirlo, sin esperarlo ni desearlo; y en poco tiempo se le metió en el cuerpo, primero por la boca y los pulmones, después, por las venas, hasta que le ocupó todas las entrañas. Dijo que sí, que nunca lo había probado. Ella era una mujer menuda y bonita, la vecina del tercero, no sabía nada más. Vecinos de los que nunca coinciden en la escalera, que viven sus vidas sin ocuparse de lo ajeno, y ajenos al resto del mundo. Dijo que sí, porque no eran muchas las oportunidades que tenía de conocer chicas, y porque en ese momento recordó la insistencia de su madre cuando la llamaba al pueblo por teléfono; palabras de madre, sobre cuándo vería la hora en que su hijo buscaría una mujer para no estar solo en el mundo, que estar solo en el mundo era lo peor que podía pasarle, y que no imaginaba nada más triste que morir solo. Y él le daba largas con que no tenía tiempo, ni dinero, que quién iba a querer a un hombre como él, enamorado de las plantas y las flores… Y dijo que sí, compartieron unas caladas, y a los pocos meses se mudó al tercero. Él era un hombre afable, tranquilo, pero cuando las cosas cambiaron, cuando el dinero escaseaba, cuando Jaci le exigía su dosis, cuando no encontraba trabajo, se le instalaba en el pensamiento la inquina del mundo contra él, y se volvía violento. A menudo perdía el control, le costaba trabajo pensar, reaccionaba desorbitadamente por nimiedades.
No era la primera vez que sucedía; discutían, se golpeaban, un portazo, y uno de los dos salía a traspiés a la azotea o a la calle. Al rato volvía, diciendo que un día ya no regresaría más, que sería el último, se abrazaban y sellaban la reconciliación entregándose en la cama, haciendo el amor con prisas, con furor y ansia.
Tomás no sabía afrontar la vida que le había tocado. Recordaba a su madre hincada de rodillas para lavar los pies a su padre al volver del trabajo en el campo. Ese era el papel de hombre que había aprendido, y el papel de mujer que esperaba de Jaci. Jacinta, en apariencia frágil como una flor, tenía un genio terrible del que hacía acopio para estallar en cualquier momento en que viera torcerse sus planes y expectativas. Vivía de lo que daba la calle, mendigando en las estaciones de metro, robando propinas descuidadas en las mesas, recogiendo el cambio olvidado en máquinas de tabaco… y de vez en cuando se prostituía en los lavabos de algún local. Todo aquello le daba suficiente para malcomer, y para la droga.
No es que fuese una mujer fácil, se jactaba de un orgullo impertérrito, y siempre supo poner las cosas en su sitio, atajar los problemas antes de que se complicasen demasiado, sabía esquivar los golpes de la vida, pero con Tomás, fue diferente; no supo esquivar aquella primera patada en el estómago. Después, ya nada tenía importancia. No recordaba exactamente cuándo empezaron las palizas serias. Al poco de conocerse, entre bromas y riñas, con recíprocas galletas y manotazos, que luego convertían en detonante para asistir a su sesión desenfrenada de sexo. No en pocas ocasiones hubo sangre, en los labios, en las orejas, y Tomás la lamía entonces con procacidad, con las miradas clavadas como felinos acechando su presa, y se dejaban llevar por las pasiones, lejos de la realidad que los gobernaba.
Pero fue a más, a peor. Tomás se ponía como loco, henchida y roja toda la cara, empapaba la camiseta en sudor, los ojos inyectados por la rabia y los puños tan apretados que se clavaba las uñas en la palma. Era un león, atrapado por el chapapote de su vida, que luchaba por salir a flote y volar.
Volaban jarrones, tiestos, vasos, cajas o cualquier objeto que ella tuviera a su alcance, antes de que él acortara el espacio hasta la distancia que necesitaba. El golpe de la carne no suena como en el cine, Jaci lo sabía bien, y caía a plomo en el suelo y se hacía un ovillo, con la cara escondida bajo la solapa de la bata. Cuando Tomás terminaba, trepaba a la azotea, y ella lo recogía todo y se curaba las heridas.
No era fácil, a pesar de todo, lo quería. Quizá porque estaban solos, porque pensaba que era culpa de las drogas, y culpa de ella misma, que lo había metido en eso, y así lo excusaba de sus arrebatos. O quizá porque le traía su dosis y no la dejaba morir de hambre, o la cambiaba de ropa cuando se orinaba encima, y la mimaba si la abstinencia la hacía llorar, y porque traía plantas con flores, para ocupar los rincones vacíos de la casa.
Recordaba cuando se conocieron, abajo, en el portal, ella fumaba, y él entró cabizbajo y arrastrando los pies. Le pareció un muchacho encantador, con las zapatillas sucias de barro, los vaqueros gastados y la camiseta a medio remeter. Llevaba el pelo enmarañado, y acunaba como si fuese un niño, un tiesto cerca del pecho con unas flores incipientes de color malva. Algo dijo para llamar su atención, y acabaron fumando juntos y despidiéndose con un primer beso. Le supo a rosas. Rojas -le dijo- tu beso sabe a rosas rojas.
Rosas con espinas. Estaba hecha un ovillo en el suelo del cuarto de baño, semidesnuda. Con dolor, se arrancó con cuidado un fragmento de cristal que tenía hundido hasta el músculo en el brazo. Sin duda del mueble que ahora estaba volcado a un lado y los espejos desencajados y partidos. Intentó levantarse pero un dolor agudo en la pierna se lo impidió. Recordó el sonido grave del crujir de huesos. Como los cristales quebrados, su pierna estaba deformada y desencajada en algún sitio de la tibia. Lloraba, casi sin sollozo, en silencio, como si las lágrimas rebosaran de un manantial tras los ojos, de algún lugar remoto del alma que ahora recuperaba la conciencia. Se arrastró hasta la cocina. Sabía que Tomás volvería pronto, y sospechaba que esta vez, terminaría el trabajo. Lo había visto en sus ojos, en sus pupilas contraídas, concentradas en un punto finísimo en el centro del ojo, y en la mirada impasible a las lágrimas y lamentos. –Basta ya, basta ya…- musitaba sin fuerzas, con las palabras atascadas en la garganta. Pero a él no debía bastarle, y continuó golpeando con puños y pies al ovillo del suelo, y luego le dejó caer un armario, que estalló en mil cristales, y entre el resuello dijo algo como que iba a salir a respirar. Perra puta, quizá la llamó.
Cuando llegó a la cocina, Jaci alargó el brazo hasta un cajón, y extrajo a tientas un cuchillo, el más grande que tenían en casa. Se arrastró otra vez con premura, hasta el dormitorio, y se acurrucó detrás de la puerta. –Nunca más me tocarás, nunca más me tocarás –se repitió. No la cerró. Dejó una apertura de dos palmos. Suponía que toda su vida se resumiría en dos minutos de las noticias de la mañana. Si hubiera podido elegir, habría vivido. Trataba de recordar cuándo fue la última vez que estuvo riendo. Reír con ganas, con alegría, como esa risa imparable en el colegio que se disparaba en la complicidad, como un resorte ante la travesura de algún compañero y que les costaba un castigo sin salir al patio de recreo. Sintió una punzada de dolor. Sabía que algo andaba mal por dentro, que el mal no estaba alojado únicamente en la pierna. Tenía frío, el estómago encogido y duro, el pulso rápido, no dejaba de castañear los dientes.
Escuchó un fuerte golpe afuera, apretó con fuerza el cuchillo. Por primera vez no tuvo miedo.
No habían pasado más de dos minutos, aún le palpitaba el corazón con ira, y Tomás estrelló en el suelo el cigarrillo, que se deshizo en chispas diminutas saltando en las baldosas. Tenía la conciencia secuestrada por la rabia, que alimentaba su delirio con la saña de la venganza. Venganza por la pérdida, por la culpa, por todo aquello que cambió desde que la había conocido, por la vida que dejó atrás.
Dos golpes de campana remontaron el aire, y entre la lluvia vinieron a arrancar a Tomás de la atonía. Penetró en la oscuridad de las escaleras, subió el primer tramo como si calzara unas botas de plomo, pero luego aceleró con decisión y gruñidos de bestia, y se lanzó a saltos escaleras arriba, dejándose atrás la conciencia y el alma. Con la lengua entre los dientes, dio una patada con tanta furia que hizo saltar la cerradura. Dispuesto a terminar para siempre, se adentró por las habitaciones sin dar con ella.
Desde el pasillo, vislumbró el dormitorio entreabierto con la luz de la mesita encendida.
Al fondo distinguió el cuerpo de Jaci, medio escondido tras la puerta, y aplastado en el suelo como una sombra; una sombra sobre un gran charco de sangre. La conciencia se instaló de nuevo en Tomás. Cayó de rodillas. Gritó. Gritó su nombre por tres veces. Jaci, Jaci, Jaci!
Y distinguió entonces el brazo extendido, y el profundo corte en la muñeca, y el cuchillo de cocina ensangrentado.
No hubo más gritos. Se sentó junto a ella y esperó la llegada de la policía, con el corazón desierto de amor.