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37- Crónica del desamor. Por Olduvai

 Ahora que me ha abandonado tengo un vacío muy grande en mi vida.
No es pena. Es que todas esas actividades que inventé para estar con él, me han dejado mucho tiempo libre que invierto en ir a pasear al mercado de las flores.
Nos habíamos arriesgado mucho en nuestra infidelidad. En nuestra felicidad.
Alquilamos un ático en una ciudad equidistante de las nuestras.
Allí nos veíamos cuando podíamos establecer una excusa creíble para nuestras respectivas familias.
El no se pudo lleva su piano; yo le regalé un sintetizador portátil.
Me gustaba que me tocara después del amor.
Él me regaló un caballete. Los pinceles y el maletín de pinturas los llevaba siempre en el coche. Eso no despertó sospechas en mi casa. Mi familia siempre quiso ignorar que yo tuviera otras inquietudes que no fueran las domésticas.
En el ático yo mezclaba colores sin ninguna limitación, fundida con la música de su piano.
Él desleía acordes en el aire, inspirado en el aroma de mis ocres y rojizos.
Sus gamas y mis gamas lo llenaban todo.
Al poco, el sexo se hizo innecesario.
A veces pasábamos las tardes en mutua compañía, pero perdidos en nuestras respectivas lunas.
Perdidos en nuestras respectivas lunas. Pero en mutua compañía.
Otras veces tendíamos un puente entre mi individualidad y la suya: él se permitía emborronar un lienzo mientras yo aporreaba las teclas sin ninguna armonía.
Era lindo. El ático. Y nuestro modo de vida también.
Un día su mujer (la de verdad) se puso enferma. Se encontró un bulto en el pecho.
Él pensó que era su manera de retenerle en sus días de escapada al ático, cuando presuntamente se marchaba a Londres o a París a dar una conferencia.
Ella estaba asustada. Él no le hacía mucho caso. Solía pasar de puntillas sobre todas las cosas.
Su casa se desmoronaba. La mía seguía feliz.
Yo regresaba de nuestros encuentros más animada a soportar el alzheimer de la abuela, la sordera del abuelo, el tedio insufrible de mi marido y los desajustes hormonales de nuestro hijo adolescente.
A ella, a su mujer, a la de verdad, (porque lo nuestro era bonito, pero no dejaba de ser fantasía) le diagnosticaron un cáncer.
La hospitalizaron.
La medicaron.
La radiaron.
La amputaron, por fin, un pecho.
Metástasis, dijeron.
Y yo, ingenua, pensé que el hombre que habíamos compartido ya iba a ser solo para mí.
Pero él se volvió escrupuloso.
Tenía remordimientos y sentimiento de culpa.
No podía, dijo, seguir con su amante mientras su esposa se moría de dolor, sola.
Ya veis, en el fondo, no era mala persona.
Me dijo que lo nuestro tenía que terminar. Fue una bonita mañana en la que el sol iluminaba las cortinas blancas de nuestro ático. Los tulipanes amarillos que cultivábamos en la ventana contrastaban vivamente con el cielo azul de aquella mañana en la que me abandonó.
Se marchó cerrando la puerta con suavidad.
No se llevó nada.
(Este ático nunca ha existido. Yo no he estado aquí—me pareció que quiso decir)
Me corresponde entregar las llaves al casero, pero eso será a fin de mes. Hasta entonces, vendo:
– un sintetizador
– media docena de cuadros de tulipanes
– algo de lencería
– una carpeta con partituras
– dos tazas para café y un molinillo de los que ya no se ven
– dos albornoces a juego
– las lágrimas que se me agolpan en el pecho y que no puedo llevar a casa

Su cepillo de dientes, por ser algo muy íntimo y personal, lo he tirado por el wáter.
Creo que el resto de nuestra breve vida en común lo puedo llevar a casa sin despertar sospechas.