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16- Tránsito. Por Madera de Haya

  Lo barruntó tan pronto como despegó los párpados para acabar de volver al mundo de la conciencia. Lo notó en el haz de rayos solares que se colaba por un lateral de la cortina de la ventana, que tenía una intensidad desmesurada, singularmente aurífera, y en cuyo seno las motas de polvo parecían danzar al etéreo compás de un parsimonioso vals. Más...Lo percibió también en lo aterciopelado y calmo del silencio de su habitación, que con frecuencia sentía escabroso e inquietante. Y, en fin, advirtió que empezaba una jornada muy especial, un día tal vez único, en el insólito sabor que había en su boca: ni bilioso, ni agrio, ni arranciado, ni medicamentoso, ni pútrido, sino tan grato y reconfortante como el de la miga tierna del pan de anís.
  Y que fuese precisamente aquel deje, rescatado de los parajes más remotos del recuerdo, el que llevaba enviscado al paladar, no tenía ninguna explicación razonable. Hacía muchos años que no probaba el pan de anís. Aparte la nunca desechable posibilidad de un olvido, habría asegurado que tal sabor era patrimonio único de los inicios de su infancia, aún en el íntimo y recóndito universo del pueblo; una memoria tan lejana que los detalles le habían sido ya desahuciados por el tiempo, y de la cual las imágenes que perduraban en él, apenas perfiladas, como trazadas con una acuarela cada vez más aguada, eran tan solo de entornos, de ambientes. Y si bien se le había conservado, dentro de la nebulosidad coloreada –en este caso, de un afable azul añil– de la memoria, la viveza de los perfiles de algunos olores: la melosidad del de los melocotones acabados de cosechar, la acritud del hediondo de los estercoleros, la calidez polvorienta del de la era recién trillada…, esto no le pasaba con los sabores, a menos que se los reviviese el hecho material de la comida. Sin embargo, de forma sorprendente e inaudita, aquella mañana el regusto de la miga tierna del pan de anís le embalsamaba el paladar.
Sin que la índole enigmática de la circunstancia le hurtase ni un ápice de la inefable sensación de bienestar que le embargaba, se levantó, y al dar, descalzo, el primer paso y cruzar la banda intrusa de rutilante luz solar, desbarató el desvelado vals de la tenue polvareda llevándose consigo a infinidad de bailarines; pero el desbarajuste ocasionado fue extremadamente fugaz, puesto que cualquier danzante desplazado iba siendo, de inmediato, al recomponerse el relumbre, sustituido por otro idéntico en apariencia y habilidad, y tal hecho –en el que en cualquier otra ocasión apenas hubiera reparado, por considerarlo un fútil fenómeno de la Física–, en aquel momento le sedujo, y, seguramente por una cabriola de un magín ya en especial excitación, incluso le enterneció. Y, conmovido, metió los pies en las zapatillas forradas de una lana más dulce al tacto aquel día, y más mullida, y más cálida.
Ya frente al espejo del cuarto de baño, el carácter excepcional de la jornada seguía confirmándose. El cabello no aparecía grasiento, aplastado, arremolinado mostrando clapas de piel blanquecina de apariencia insana, con rebeldes penachos aquí y allá como colas sucias de diminutos pavos reales negruzcos y con surcos irregulares remedando cauces de riachuelos secos de riberas sebosas, sino que lucía suelto, vigoroso, brillando lo justo para revelar salud y aseo, y hasta incluso airosamente alborotado. Mostró, entonces, a su doble del espejo el frontis de la dentadura como un can amenazador y –¡maravilla!– ni un tilde marrón, ni un rastro amarillento, ni un asomo de caries se veía entre las piezas, blancas e impecables. Las cepilló con cuidadosa energía y, una vez enjuagadas, el mentol del dentífrico se rindió, de nuevo y de inmediato, al sabor señoreante que parecía guardar la clave de aquella evolución a una nueva y placentera realidad, de aquella sucesión de prodigios: a miga tierna de pan de anís.
  A medida que se sucedían las pasmosas manifestaciones, se le iban llenando el cuerpo y el alma –o lo que sea eso otro que se siente sin percibirse– de complacencia y de una alegría sedada, no eufórica, lejana al alborozo, aunque consustancial al bienestar. Y, bajo el agua tibia de la ducha, comprobaba admirado que ya no le colgaban fláccidos los pectorales cincuentones de pellejo peludo encanecido cuando los embadurnaba con la esponja enjabonada, ni temblaban como gelatinas la barriga y los pliegues de sus laterales, ni a las nalgas las notaba descolgadas y exhaustas como caricaturas de tetas de meretriz decrépita. Aquellas carnes ya caducas parecían haber recuperado, si no la entereza de sus veinte años, sí la apariencia aún orgullosa de los treinta, antes de que las abatieran el sedentarismo y la glotonería de su propietario.
Se afeitó sin que le incomodase ni el más leve aviso de irritación, y al librarse después a las caricias aduladoras de la gama cosmética acostumbrada: masaje facial, desodorante, colonia…, sintió más frescas las sensaciones, más fragantes los aromas y más agradecida a la epidermis. Todo era extraordinario aquel día; todo mejor, rejuvenecido y amable. Y algo le decía, tan queda como rotundamente, que aquel mágico principio de jornada era tan solo el pórtico de un nuevo ámbito existencial, el inicio del tránsito a un estado excelso y tal vez definitivo.
Y arrancó de cuajo el brote de intención de analizar el fenómeno. Una rara y hasta entonces ignorada sabiduría instintiva le advertía de la imposibilidad de ciertas averiguaciones, y le recomendaba abandonarse a la bonanza del momento y dejar para el Olimpo la comprensión de los enigmas, de su sentido y de su motivo. Desdobló una camisa en la que apenas quedaron arrugas: apareció casi impecablemente planchada, y su tela impoluta le envolvió el tronco y los brazos dúctil y amorosa. Con un confortable pantalón de pana enfundó las piernas, tras colocarse unos cumplidos calcetines que subían hasta las rodillas. “Esto sí son, en realidad, medias –se dijo–. Lo que llevan las mujeres y que les llega hasta arriba de los muslos no son medias, sino enteras”, y sonrió, sorprendido y ufano por aquella nimia agudeza, porque nunca se había visto salpicado, ni siquiera de forma esporádica y mínima, por la purpurina del ingenio, nunca había sido, ni en azarosa y exigua circunstancia, un hombre ocurrente.
Al calzarse, notó la piel de los zapatos blanda y protectora, y sus suelas dóciles y hasta esponjosas. Poco a poco, un sentimiento de cambio, de mutación, que trascendía desconcertantemente las sensaciones físicas, iba calándole; era una incomprensible evidencia de que el orden de su universo particular había alcanzado   –o, más precisamente dicho, se disponía a alcanzar– un punto de armonía impensable para un hombre como él y tal vez para cualquiera de los humanos. Todo se transformaba para bien; y aquella extravagante novedad, en buena lógica, debiera haberle no solo incomodado, sino alarmado –por pura incapacidad para comprenderla–, si el deleite que experimentaba en la metamorfosis no hubiera sido tal que le impedía incluso pensar en buscarle algún pero al prodigio. La esencia de aquel augurio –porque él comprendía que de eso se trataba, de un augurio, aunque no pudiese intuir ni siquiera a dónde apuntaba su referencia– actuaba sobre su mente como la más calmante, benéfica, satisfactoria y portentosa de las drogas.
  Cuando abrió la puerta al mundo exterior, la ciudad pasó también a formar parte de la mutación, y no desentonó en absoluto. La fachada de la casa que se alzaba frente a la suya no era ya de un color gris pena, sino de uno perla preciosa, y en lugar de verla sucia y desconchada, maltrecha por el tiempo y el abandono, se le mostró decorada con una rica variedad de tonos y trazos que parecían escogidos y diseñados por una mente y una mano artistas; los sufridos plátanos urbanitas le ofrecían un amplio y hermoso muestrario de verdes, ocres, argentosos y ambarinos, y las rejillas que abrazaban en su base a los troncos lucían bruñidas sobre un fondo de tierra limpia y húmeda. En la calle, recién barrida y regada, aún no se veía ni un alma. Caminó hasta la esquina, y en la amplitud del cruce le llegó el aliento extraviado de un aire puro e impropiamente montuno. Lo aspiró, agradecido una vez más al milagro, mientras cruzaba…, y entonces surgió, como por ensalmo, la furgoneta: malévola, infernal, como un rinoceronte encabronado, como una furia rugiente, embravecida y letal. Se desplomó ya antes del atropello. El bramido estrepitoso y repentino le sorprendió brutalmente en su desprevenida placidez, y no pudo soportar una acometida sonora tan inesperada como violenta. Estalló, en su interior, igual que una lámina del mejor cristal al embate de un contundente mazo. Después, ya roto por dentro y tumbado en el suelo, llegó la ferina agresión corporal. Primero, proyectado; luego, atrapado y arrastrado; y, finalmente, despedido por detrás de la bestia mecánica desbocada, envuelta toda la escena en el relincho macabro de una frenada tardía e inútil.
  Pero, tras un instante de una insonoridad profunda, hueca como la nada, y de una inverosímil, por lo dilatada, fugacidad –una fugacidad a cámara lenta–, el prodigio se continuaba manifestando: el cuerpo del accidentado quedó decorosamente tendido en el flanco ya soleado de la calzada, sin apenas desperfectos aparentes, con la cabeza apoyada en el bordillo y las manos sobre el pecho, como si durmiese un plácido sueño tras haber recompuesto, en su interior, el cristal hecho añicos de la serenidad. Sólo la beta de sangre que le asomaba por una oreja delataba el fatal quebranto.
La furgoneta había quedado detenida en mitad del cruce. A través de las lunas se podía ver el dibujo de un hombre agarrado con las dos manos al volante, momentáneamente paralizado por el espanto. Por efecto del frenazo se habían abierto las puertas traseras del vehículo, y unas grandes cestas de plástico de color azul añil, al volcarse, habían mandado calle abajo docenas de bollos orondos y dorados. Invadía el ambiente un aroma cordial, doméstico y apetitoso de pan de anís.