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10- La sonrisa de los hipócritas. Por Fortunata y J.

 A mis setenta y nueve años soy vieja; otras querrían estar como yo. Lavo mis blusas, me aseo a diario, salgo a comprar todas las mañanas, hasta tengo móvil. Nos mandamos mensajes con mi nieta, y cuando usa esas abreviaturas que parecen jeroglíficos ni su madre la entiende. Toda la vida haciendo caligrafía, poniendo comas, haches, acentos, y ahora desaprender: a mis años, cuesta.
Mi hijo se extrañó el otro día cuando vino a comer, me encontró con una zapatilla de cada color. Me confundí al ponérmelas, sí, lo reconozco. La primera vez que me equivoco en cuarenta años. No es tan grave, pero sé que le impresionó. Como a mí. No dijo nada. Por eso mismo sé que se asustó: los silencios dicen más que las grandes palabras.
Leo muchos libros. Me gusta más que ver la tele, con tantos gritos y noticias desagradables. Con los libros entro cada vez en una nueva aventura, como de niña cuando correteaba por el patio, perseguía a las gallinas, me escondía detrás del pozo, subía a la tapia o aprendía a montar en bicicleta. Paso las páginas y mis recuerdos viajan como por un desordenado álbum de fotos. Aparece el día de mi boda, el nacimiento de mi nieta, mis compañeras de colegio…Me quedo transpuesta en el sofá, y despierto al caer el libro al suelo. Y me voy a la cama.
Ahora sólo necesito una pastilla para dormir y refugiarme entre las sábanas. No huelen a sudor ni a sexo. Están limpias, ni frías ni calientes, suaves como mi camisón, como fue un día mi piel. Minuto a minuto se oscurece todo, y descanso una noche más.
¿Mañana? Mañana ordenaré el armario del trastero. Quitaré telarañas, ahuyentaré fantasmas, destaparé vetustas cajas, y fregaré el suelo: con fuerza, con lejía, abrigada por mi soledad.
Por la tarde me toca visita al hospital. El hospital, la iglesia y el cementerio me resultan tan familiares como a mi nieta las discotecas, la universidad o los preservativos.
En el bolso escondo una muda limpia porque sospecho que pronto mis viajes de entrada ya no tendrán salida. Los hospitales son níveos, limpios, asépticos, como la sonrisa de los hipócritas. El que quiera morirse que espere unos días, que agonice como un insecto, que implore minuto a minuto, que rece mucho. Yo cada vez rezo menos.

***

 Ya estoy aquí en el hospital. Qué fácil resultar entrar, pero salir…
Las ventanas están tan cerradas que no puedo dejar en el alféizar migas de pan para que picoteen los pájaros, como hacía hasta ayer en mi casa. Por no haber, no hay ni moscas. Es todo tan moderno, tan hermético, con pantallas y gráficas que no entiendo. Los médicos dicen que tienen que hacer más pruebas para poder diagnosticar. Tengo el brazo izquierdo sujeto por unos tubos como si estuviera medio secuestrada. Me da pereza levantarme al baño, con este aparato, como un bastón metálico. Aquí todo es metálico. Metálico y funcional, y limpio.
Por ahora me apaño bien, sola. La cama de al lado está vacía, en cualquier momento puede llegar algún lesionado, o moribundo, o una simple despistada que pasaba por aquí. Como yo, que ayer me recostaba en el sillón de mi casa, y de buenas a primeras vino la ambulancia, me recogió, y ahora miro el techo de esta sala tan grande, toda para mí, como un gran salón, con sus cristaleras, sus persianas graduables, los fluorescentes, las paredes blancas. No me consuela ver en la tele que en otros lugares no tienen estos hospitales, porque me gustaría volver a mi casa, aunque de momento me toca esperar, por si vienen a visitarme mis hijos.
No me apetece ni llorar, serán las pastillas, que me relajan, me aletargan como si hubiera tomado una copa de vino. No, supongo que debe parecerse más a fumar un porro, a estar como flipada, ida, colgada, estar y no estar, ese vivir sin vivir en mí que me enseñaban las monjas, pero de eso hace demasiado tiempo.
Me entra sueño, me canso y todo se oscurece; mi cuerpo flota, anochece, me sube la fiebre…se va la luz, ya no huele a desinfectante, se hace tarde, muy tarde…la primavera queda lejana, los párpados bajan mis persianas al mundo, tiemblo, me bombea el corazón, ya no siento ni frío ni calor, sudo pero no me mojo, sin humedad mi cuerpo desliza por las sábanas: blancas, sucias, efímeras. Mortales como yo.